Curiosamente mientras más países participen, el mundial es menos mundial.
¿La razón? No hay nada más gratificante que ganarse un lugar. Ya sea a nivel personal o colectivo, pero esa es una de las grandes motivaciones humanas: ganarse su sitio, porque el sitio, si es uno que tiene valor histórico, pasa a ser un símbolo.
¿No acaso las selecciones se jactan de cuántas veces han participado en una justa mundialista como si se colgaran una medalla?
Acudir a un mundial era simbólico porque tan sólo el 15% de países afiliados a la FIFA lo conseguía.
En esta ocasión participa, redondeando, una tercera parte de los países inscritos.
Los lugares se abaratan y lo que antes era gloria deportiva, ahora es… ganga mercantilista.
Con más selecciones hay más partidos, pero esto, todos los aficionados del mundo lo percibimos, no es sinónimo de más futbol.
Es sinónimo de mayor comercialización.
En las pausas de hidratación los televidentes vemos comerciales, mientras que en los estadios se pone música a un volumen muy elevado, bailan animadoras, pasan a famosos en la pantalla…
¿Qué del futbol que tanto amamos hay en ello?
Las formas se pierden y en consecuencia… el ritual peligra.
El deporte es un ritual, claro. Sus tiempos y sus reglas le permiten un orden a la humanidad. Un orden en el que se mezclan la impredictibilidad del juego, la rivalidad histórica de ciertos colores, las proezas y las tragedias de equipos y jugadores… pero ahora que el ritual se mancha en beneficio de una mayor venta de refrescos…
Al transgredir el ritual, la FIFA lastima al futbol.
La FIFA no juega al fair play, para empezar porque una de las jugadas más sucias la cometió su presidente al entregar una medalla de la paz al actual presidente de los Estados Unidos.
¿Puede haber entrada más desleal a la humanidad?
Francisco Javier Gonzáles apunta bien: “Este mundial no invita, hay que invitarse solo”.
Pero…
¿Cómo invitarse a una pantomima?
Es falso que el mundial se juegue en México; es falso que se juegue en Canadá.
De 104 partidos, 78 se juegan en Estados Unidos.
El mundial “visita” a México y a Canadá, pero poco más.
¿Cómo invitarse a una mentira?
Supongo, buscando la verdad que hay en ella.
Porque todavía la hay.
La verdad con la que mi madre apunta todos los resultados en una hoja del periódico; con la que un amigo organiza una reunión sin siquiera saber qué es el fuera de lugar; el ánimo con el que los jóvenes organizan una cascarita en el parque enfundándose la playera de Francia o de los Pumas; la verdad con la que Messi y Mbappé se disputan la tabla de goleo de la historia de los mundiales; o la verdad con la que el portero de Cabo Verde mantiene el empate a cero ante la selección campeona de Europa.
Confío en que la verdad con la que los equipos jueguen dotará de belleza al torneo.
Aunque al final…
El trofeo quedará manchado al momento en el que el presidente de la FIFA, en un gesto similar al efectuado meses atrás al presidente estadounidense, entregue un trofeo lleno de verdad futbolística, con las mismas manos con la que entregó una falsa medalla en nombre de la “paz”.



