Autoría de 4:35 pm #Destacada, #Opinión, Víctor Roura - Oficio bonito

Antes del futbol – Víctor Roura

En su Historia general de las cosas de la Nueva España, fray Bernardino de Sahagún (supuestamente fallecido a la edad nonagenaria el 5 de febrero de 1590, ya en el siglo XVI, si bien todo indica que nació en 1499) escribió que “el juego de pelota se llamaba  tlaxtli o tlachtli que eran dos paredes, que había entre la una y la otra veinte o treinta pies, y serían de largo hasta cuarenta  o cincuenta pies; estaban muy encaladas las paredes y el suelo, y  tendrían de alto como estado y medio [el estadio o estadal en aquellos tiempos medía alrededor de unos tres metros y medio] y en medio del juego estaba una  raya que hacía al propósito del juego; y en el medio de las paredes, en la mitad del trecho del juego, estaban dos piedras como muelas de molino agujeradas por medio, frontera la una de la otra y tenían  sendos agujeros tan anchos que podía caber la pelota por cada uno de  ellos. Y el que metía la pelota por allí ganaba el juego; no jugaban con las manos sino con las nalgas herían a la pelota; traían para  jugar unos guantes en las manos, y una cincha de cuero en las nalgas, para herir a la pelota”.

      Con el descubrimiento, en 1995, de una cancha de juego en el Paso de  la Amada, Chiapas, que data entre 1400 y 1250 antes de Cristo, “se  puede entonces considerar —dice Eric Taladoire en su ensayo  publicado en la revista Arqueología Mexicana, número 44,  correspondiente a julio y agosto de 2000— que el ulama, el juego de pelota más representativo de Mesoamérica, es producto de una  tradición cultural de más de tres milenios, tomando en cuenta su  pervivencia actual”.

      Dicho hallazgo modificó de tajo la historia  deportiva, pues la cancha (o “taste”, derivación de tachtli, que significa “cancha”) fue construida “casi cinco siglos antes que las canchas que ya se conocían en El Ujuxté y Abaj Takalik, Guatemala”.

       Con ello, asimismo, Mesoamérica se convierte en el origen de este tipo de juegos, incluyendo a los mismitos futbol y beisbol (en una  pintura en Tepantitla, Teotihuacan, se ha encontrado el dibujo de un  hombre dominando la pelota con los pies y en Las Higueras, Veracruz,  fueron hallados fragmentos de un mural “con representaciones de  personajes —nos dice María Teresa Uriarte en el ejemplar citado—  que llevan unos objetos semejantes a bates de beisbol”), de manera  que los antecedentes tienen que ser reelaborados para evitar  confusiones e ignorancias tales como las registradas en los  diccionarios deportivos, que otorgan los méritos a ciudades no  americanas: “Antes de su nacimiento oficial en 1863, el futbol  conoció un largo periodo de gestación —leemos, por ejemplo, en la  Enciclopedia Mundial del Deporte de la Editorial Uteha —. Ya,  hacia el 2500 aC, en China, los soldados se entretenían en empujar  con el pie o el puño una bola de cuero llena de cabellos o de crin.  Existen, también, trazas de un juego análogo entre los indígenas del alto Atlas, los asirios, los egipcios y los japoneses. Más tarde los griegos jugaron al episkyros; los romanos en el primer siglo AC  introdujeron en la Galia y las Islas Británicas el harpastum, que  se practicaba con una vejiga de buey, sobre un terreno rectangular”.

      Ni se diga de las ofuscaciones de bestselerianos que, por acabar con  premura sus historias, dejan en el olvido las investigaciones serias con tal de proseguir su éxito literario. Ahí está la categórica Joanne K. Rowling, la autora británica de las aventuras de Harry Potter que han causado un revuelo en el mundillo editorial. En su primer tomo, Harry Potter y la piedra filosofal (Emecé, 2000), con la misma ligereza con que es tratado todo el libro, del mismo modo la escritora asevera, en la página 142,  que el “quidditch” es un juego de magos muy fácil de entender: “Hay  siete jugadores en cada equipo —dijo Wood, mientras le mostraba a  Harry una pelota rojo brillante—. Tres se llaman cazadores”. La  pelota se llama quaffle. “Los cazadores se tiran la  quaffle y tratan de pasarla por uno de los aros de gol —explicó Wood—. Obtienen diez puntos cada vez que la quaffle pasa por un aro”.

      Harry comprendió: “Entonces es una  especie de baloncesto, pero con escobas y seis canastas”. Quizás Rowling no lo supiera, pero el origen de su quidditch no es el basquetbol sino el ulama mesoamericano, jugado entre uno y siete  jugadores por equipo, tal como el quidditch, quienes trataban de  pasar, sin escobas mágicas, el balón precisamente por un aro, como le explica Wood al ingenuo Harry, que lo confunde, el aro, con la canasta.

      Y vaya que el juego de pelota era practicado: “Las más de las mil  500 canchas identificadas a la fecha —señalaba Taladoire—, están muy  por arriba de las 691 registradas en 1981; éstas se encontraban en  568 sitios, mientras que los mil 500 juegos de pelota registrados  actualmente se reparten en más de mil 250, desde los más famosos,  como Cantona, Puebla; Xochicalco, Morelos; o Chichén Itzá, Yucatán; hasta sitios menores como Petulton, Chiapas; Ixtapaluca Vieja, Estado  de México; o Gualterio Abajo, Durango. En comparación, las  instalaciones deportivas griegas o romanas del Viejo Mundo tienen un  número mucho menor, a pesar de la importancia que se les concede en  numerosos estudios”.

      Pero no sólo como juego tuvo (o tiene, ya que  igual hoy es practicado por distintas asociaciones estatales que agrupan a más de medio centenar divididas en “juegos”, “deportes” y “juegos de  destreza mental”, según nos informaba Marta Turok en la revista  Arqueología Mexicana y nos reportaba Miguel Alberto Ruiz en el reportaje incluido en las dos páginas anteriores) su importancia el  ulama (de hule, que era el material de sus pelotas), sino que incluso  rebasaba “su papel de rito o de deporte. El juego y su simbolismo no  siempre necesitaban el marco arquitectónico de la cancha para  existir”.

      Pueden consignarse múltiples hipótesis en relación con el  simbolismo del juego, indicaba Taladoire: “Rito de fertilidad,  ceremonial guerrero, significado astral o papel económico son sólo  algunas interpretaciones documentadas”.

      Una de sus variadísimas formas consistía en el sacrificio humano: los perdedores eran asesinados, en medio de la cancha, para la  supervivencia de sus dioses. Eran tan imprescindibles sus juegos que en lugares como Monte Albán, por ejemplo (tercer volumen de  Pasajes de la Historia, Conaculta / México Desconocido,  2000), “hacia el lado oriente, se encontraba un campo (gueya)  del juego lachi (tlachtli), donde los guerreros recreaban el  rito del movimiento (ollin) con una pelota, para preservar la vida y ganar las guerras. Era tan importante este rito que en el  plano de la ciudad se había señalado la construcción de cinco  edificios para el mismo fin”.

      Hasta en eso, el rito permanece con sus  variantes: hoy, el sacrificado es el árbitro (a veces, ciertamente, también los entrenadores), si bien nunca, aunque las ganas no faltan,  es descuartizado o degollado en el centro de la cancha… sino un  poco más tarde o al otro día en los medios especializados deportivos.

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Last modified: 22 junio, 2026
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