CRÓNICA: BRAULIO CABRERA/LALUPA.MX
FOTOS: BRAULIO CABRERA Y ROCÍO RUIZ/LALUPA.MX
En Yimpathí, las historias de migración interna se cruzan a diario. Marco Antonio, un michoacano de 57 años originario de Los Reyes, es un vivo ejemplo, como lo es Abigail, quien llegó de Tamaulipas; como lo es Jesús, quien proviene de Morelos. El primero llegó a Querétaro persiguiendo una oportunidad y la encontró de inmediato. “Ahora trabajo como guardia de seguridad en el ISSSTE. El primer día que llegué salí a buscar empleo y lo encontré. Aquí hay trabajo, nada más hay que echarle ganas”, relata con orgullo mientras termina su caldo de camarón y sorbe las cáscaras.

“En Yimpathí las reglas son estrictas, pero es por algo”, explica al hablar de la seguridad interna. Pone como ejemplo la prohibición de ingresar rastrillos: “En otros albergues sí se puede y se presta para que, si le caes gordo a alguien, te ataque cuando no te des cuenta. En la semana que llevo aquí, me he sentido muy bien”.

Sin embargo, la convivencia nocturna impone sus propias dinámicas, lejos de los peligros físicos pero cerca del insomnio comunitario. “Lo que sí pasa es que hay compañeros que nos hacen ruido sin querer, ¡porque cómo roncan!”, relata con humor. “Hay uno en particular al que tenemos que estar moviendo en la noche porque es asmático y hace bien feo; hasta pensamos que se está ahogando”.

Marco Antonio da gracias por la comida, por el techo y por la ayuda. “No crea que uno quiere quedarse aquí a vivir, por más bueno que sea”, confiesa con una lucidez que desarma. “No hay nada como llegar a tu casa, a tu cuarto, y poder descansar. Por eso son tan importantes las reglas aquí, porque hay que respetar a los demás. No sabes si el compañero se tiene que levantar en la madrugada porque va a ir a echar un colado y sólo va a poder agarrar unas pocas horas de sueño, o porque alguien dobló turno y viene muerto”.

“Iba a Guanajuato, a Michoacán, a vender mecate hasta que comenzaron las mafias”
Fue entonces cuando Narciso Andrés, el más anciano de la mesa, sorbe un camarón, voltea a verme y suelta al aire que si seguía tomando fotografías me rompería la cámara. Buscando disipar la tensión, inclino el lente hacia el suelo y prefiero preguntarle por su historia.
“Tengo 75 años y mi familia me dice que ya no salga, pero a mí no me gusta estar así nomás, porque toda la vida me he dedicado al comercio y al ixtle”, revela, olvidándose del enojo. “Antes se vendía mucho el mecate; iba a Guanajuato, a Michoacán. Así fue hasta que comenzó el escándalo de las mafias. Además, ahora el mecate ya no se vende como antes, ya todo es plástico y es bien malo”, lamenta el adulto mayor.

Con la misma naturalidad con la que soltó la amenaza, Narciso confiesa que el caldo de camarón es una de sus comidas favoritas; cuando se enteró de que eso cenaría, simplemente no lo podía creer.

“Yo soy comerciante, no vengo al albergue diario. Vengo de Villa Progreso, Ezequiel Montes; soy artesano del ixtle. Mi pueblo no es muy conocido, es un ranchito, pero de allá vengo”, dice con orgullo. “Algunas cosas las hago yo, otras son de vecinos o de la familia. Sólo tengo dos hijas, pero ya son señoras. En la casa está mi esposa, que cuida a nuestros animalitos y la milpa”, se suelta ya totalmente relajado.

En realidad, Narciso nació en Tetillas, una comunidad de Ezequiel Montes bautizada así en alusión a la silueta de dos montañas. Si bien a su edad su único vínculo vivo con la tierra es el ixtle, todavía recuerda que sus padres hablaban otomí. “Yo ya no hablo el hñähñu porque cuando mis padres lo hablaban me daba vergüenza”, admite con un dejo de nostalgia. “Recuerdo que les decía que hablaran bien, que no hablaran así. Yo ya no lo practiqué; lo olvidé”.

Eso fue lo último que dice Narciso Andrés antes de terminar su caldo, levantarse y dejar su plato con el resto de los trastes sucios. Lo sigo con la mirada, hago lo mismo y me despido del resto de los compañeros que aún limpian sus camarones. Camino pasillo afuera, hacia el vestíbulo, cuando me intercepta una de las guardias para decirme que ahora sí, por reglamento, debo bañarme.

El agua sale caliente en segundos, aliviando cualquier preocupación; el olor a rosas es tan familiar y reconfortante que lo olvido todo. Con cada gota se va la suciedad, se van las palabras. Al terminar el baño, me seco, me visto y me dirijo a la habitación.
La recámara es amplia, con tres filas de literas dobles a la derecha, una cama individual frente a la entrada y dos literas más a la izquierda; la mía es la de abajo, justo al lado de la puerta. En mi paquete de ropa de cama hay suficientes cobijas, pero el calor es tal que sólo saco la almohada y algo ligero con qué cubrirme.
A las 6:30 de la mañana, entra una de las guardias para despertarnos, pedirnos que guardemos todo y vayamos al comedor para el desayuno. La fila en la barra es menos larga que la de la cena, pues varios compañeros han salido temprano, antes de que amaneciera. El menú es café, guiso de carne deshebrada con nopales, frijoles y una pieza de pan. En el comedor reina el silencio; sólo se puede escuchar el roce de los cubiertos contra los platos vacíos.

Cuando termino de comer, dejo mis platos, le doy las gracias a las cocineras y me dirijo de nuevo al sillón del vestíbulo. En pocos minutos, casi todos los compañeros pasan por ahí rumbo a la bodega, listos para salir de Yimpathí. Unos pocos se detienen ante una mesa con ropa donada, buscando si algo les queda. Antes de las 7:30 de la mañana, el albergue se ha vaciado; en sus paredes sólo retumba el eco de los platos de plástico mientras los lavan.

En un par de pasos ya estoy afuera con mi mochila, despidiéndome de los guardias, la encargada y la administradora. La labor que hace este equipo no es sencilla, y por eso es tan admirable: todos los días se enfrentan a situaciones inverosímiles con actitud de servicio, firmeza y ternura.
“Yimpathí” significa “viajero” en hñähñu, y creo que esa palabra simboliza a la perfección a esta institución: el punto exacto donde se cruzan los caminos de quienes van de paso, quienes buscan oportunidades o quienes atraviesan una mala racha. Eso y más pienso al cruzar la reja de salida, mientras siento los primeros rayos del sol en el rostro, listo para comenzar mi día.

Yimpathí opera todos los días de 19:00 a 07:00 horas. Atiende en promedio a 50 personas por día y cuenta con capacidad para recibir hasta 180 usuarios. Su principal objetivo es ofrecer un espacio seguro para pernoctar a quienes no cuentan con un lugar donde pasar la noche, mediante servicios básicos que contribuyen a su bienestar temporal. Para solicitar información o apoyo, la ciudadanía puede comunicarse al teléfono 442 212 13 26.



