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Emil Cioran, el maestro de la desdicha – Víctor Roura

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Maestro de la desesperación (¿pero es posible, por Dios, que exista la maestría en la desesperación, esa desgarrada manera de asirse, en un momento dado o de modo permanente, a la vida?), Emil Cioran se distinguió siempre, dice la contraportada de su libro El crepúsculo del pensamiento (Nueva Imagen, 2003), “por elegir grandes enemigos: durante toda su vida luchó contra sí mismo, contra toda idea de civilización o progreso e, incluso, contra el pensamiento mismo”.

      A pesar de tales impulsos, Cioran —fallecido a los 84 años de edad el 20 de junio de 1995 en París— se ha convertido, gracias a sus vertiginosas, por fragmentarias, ideas en “el filósofo de los solitarios y los inconformes”, según se apunta en el volumen; empero, tal encasillamiento resulta efectivamente banal porque el pensador rumano-francés es, sobre todo, retadoramente reflexivo en los temas convencionales. Es decir, si su obra en general es caracterizada por una desesperanza gravitatoria y absoluta, ello no significa que, agudamente entrelineada, no haya motivos para una cavilación seria y exhaustiva.

     Por ejemplo: “Si decimos que el universo no tiene ningún sentido —decía Cioran—, no enfadamos a nadie; pero si afirmamos lo mismo de un individuo, no dejará de protestar y tomará medidas contra nosotros. Todos somos así: se trata de un principio general, nos hacemos a un lado y no nos molestamos en ser la excepción. Si el universo no tiene sentido, ¿hay alguien que escape de esta maldición? Todo el secreto de la vida se reduce a esto: no tiene ningún sentido; no obstante, cada uno de nosotros se lo encuentra”.

      Quizás lo que incomode de Cioran, si le buscamos una incomodidad por algún lado, sea su rotunda categorización de las cosas: “No estamos celosos de Dios, sino de su soledad”, y probablemente no compartamos su opinión, pero está impresa con tanta fuerza que podría, tal vez, perturbar e irritar, y más aún cuando habla sobre el pesimismo, al cual considera, Cioran, una especie de benigno sentimiento.

      Nadie duda, sin embargo, de la fuerza literaria de sus palabras: “La timidez es un desprecio instintivo de la vida; el cinismo, un desprecio racional. La timidez es una manera de ocultar un pesar: porque la audacia no es otra cosa que la forma que toma la ausencia de pesar”.

      La filosofía de Cioran, por la misma estructura escritural —hilada en breves pasajes narrativos (a veces aforismos, a veces epigramas), pensamientos afiebradamente cortos—, se convierte, así, en literatura indagatoria, de modo que, luego, nos encontramos con revelaciones redaccionales oscuras: “El tiempo es un sucedáneo metafísico del mar. Sólo pensamos en él para vencer la nostalgia”. O ésta otra, todavía más abstracta: “Sensaciones etéreas del tiempo donde el vacío sonríe a sí mismo”.

      Pero lo que ha hecho importante a Cioran en el mundo de la filosofía es su proclive inclinación a la resistencia de las ideas tradicionalistas, artificiosas, habituales: “¿Cuánto tiempo dura para un hombre una verdad? No más que un par de botas. Sólo los mendigos no las cambian jamás. Sin embargo, porque caminamos con la vida, es necesario renovarse sin cesar, porque la plenitud de una existencia se mide con la suma de los errores registrados, con la cantidad de ex verdades”.

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“Además de no importar a nadie, la actividad política es una expiación inconsciente”, decía Cioran, y prácticamente la ciudadanía estaría de acuerdo con esta premisa de no ser porque los políticos no leen a Cioran ni tienen la mínima consideración hacia su electorado, de modo que la frase, acertada pero volátil, explosiva pero sorda, transcurre indemne por los pasillos de la vida: “La sensibilidad con respecto al tiempo —proseguía Cioran— surge de la incapacidad de vivir en el presente. Nos damos cuenta a cada instante del paso despiadado del tiempo, que se sustituye con el dinamismo inmediato de la vida. Ya no vivimos en el tiempo, sino con el tiempo, paralelamente con éste. Al ser uno con la vida, somos el tiempo. Al vivirlo, morimos con éste, sin dudas ni tormentos. La santidad perfecta se logra por la asimilación del tiempo, mientras que la enfermedad lo disocia”.

      Para Cioran, un estado iluminado es el de la soledad: solo, el hombre se alumbra a sí mismo: “Si el hombre no supiera conferir un delirio voluptuoso a la soledad, desde hace mucho tiempo la oscuridad se habría incendiado. La descomposición más horrible en un cementerio desconocido es una imagen pálida del abandono en que se encuentra cuando una voz inesperada, procedente de los aires, o de la profundidad de la tierra le revela su soledad. ¡No tener a nadie a quien decirle jamás nada! Sólo los objetos; algún ser. La desdicha de la soledad procede del sentimiento de estar rodeado de cosas inanimadas, a las que no hay nada que decirles. No tiene objeto que por extravagancia ni por cinismo, Diógenes se pasee con una lámpara en pleno día para encontrar a un hombre. Sabemos muy bien que en la soledad…”.

      “Desdicha” es una palabra favorita de Cioran (“la desdicha es el estado poético por excelencia”), que incluso la sumerge —¡y con cuánto gusto y pesar!— cuando habla del amor: “Quedar solo con el amor entero, con la carga de lo infinito del eros; he aquí el sentido espiritual de la desdicha en el amor, aunque los suicidios no demuestran la cobardía del hombre sino las dimensiones inhumanas del amor”.

      Y, bueno, qué se puede decir ante esta frase tan contundente y verídica: ahí están Shakespeare con sus piezas dramáticas o Goethe con las penas de su joven Werther para corroborarlo drásticamente: el amor, y sólo tal vez el amor, es un asunto válido como para que el hombre abandone este mundo —más bien, el desamor producido por el demasiado amor.

      “Si los amantes no hubieran atenuado los tormentos amorosos con un desprecio teórico por la mujer, todos se habrían suicidado. Sin embargo, sabiendo lo que ella es, introdujeron, con lucidez, un elemento de mediocridad en lo insoportable. La desdicha en el amor sobrepasa en intensidad a las emociones religiosas más profundas. Es verdad que no ha edificado iglesias, pero erigió tumbas, en todas partes tumbas”.

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Cioran no temía a las intelectualidades superfluas: “Haríamos bien al eliminar bibliotecas enteras, en las que sólo encontramos tres o cuatro autores que ameritan ser leídos y releídos. Las excepciones de este género son los analfabetas geniales, que debemos admirar y, si es preciso, aprender, pero que, en el fondo, no nos dicen nada. Desearía poder intervenir en la historia del espíritu humano con la brutalidad de un carnicero provisto del ‘diogenismo’ más refinado. ¿Desde cuándo permitimos que nos pisoteen tantos creadores que no saben nada, criaturas terribles e inspiradas, desprovistas de la madurez de la dicha y de la desdicha?”.

      ¡Ay, Cioran, lo hemos permitido todo el tiempo!

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Last modified: 24 junio, 2025
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