Caminar sin prestar atención a su celular.
Permanecer sin una sola sonrísa delante del aparato digital.
No reírse de los comunicados recibidos en la cuenta personal ni, jajaja, de los graciosos memes oportunos que a diario se multiplican en las redes.
No estar incorporado a un fandom, ya que un fan es cosa del pasado.
Extrañar los discos compactos de música.
No tener suscripciones a las emisiones musicales como Spotify.
Salir de o llegar a con puntualidad en lugar de actuar en plan random.
No suspirar, si se es hombre, o no pegar alaridos, si se es mujer, cuando se escucha el nombre de Taylor Swift, o no haber comprado, ¡por Dios!, el calendario 2025 con diversas fotografías de la cantante.
No seguir los pasos hiphoperos del ardoroso Chris Brown, aunque haya casi masacrado a Rihanna.
No tener la mínima idea, ¡caramba!, de quién es Míster Big (y no nos referimos al hasta hoy incógnito también apodado Mr. Big que en 2002 asesinara a dos personas por un robo millonario de joyas).
No saber, ¡por Dios!, quién es la millonaria Vivienne Medrano.
No desear por lo menos una de las variadas mercancías de la tienda de Vivziepop.
Ignorar el parentesco entre Vivziepop y Vivienne Medrano.
No estar al pendiente de los sucesos de Helluva Boss o de Hazbin Hotel.
No añorar ser un príncipe goetia del Infierno.
Amar a una Stella desconociendo su aterrador significado.
No ignorar a Dolly Parton (mujerón country de 79 años de edad) desconociendo a la jovencita Sabrina Carpenter.

No adorar al rapero Ye, antes llamado Kanye West, no sólo por haber sido el marido de Kim Kardashian sino por todas las cosas locas que se le ocurren a sabiendas de que, ¡ay!, ninguna hermosa mujer lo rechazará en un futuro que puede ser mañana mismo.
No haber visto nunca el video musical de la encantadora canción “Butter”.
Desconocer a la banda Bangtan.
Atender las conciencias de los músicos (¿a quién rayos finalmente le va a importar si algún miembro de los Backstreet Boys era, o es, un adorado violador de fanatizadas muchachas?), ¿a quén diablos le interesa cómo son en su interior los ídolos coreanos Suga o J-Hope?
No consultar a San Google en las dudas primordiales de la vida.
No admirar a Juanga, sobre todo después de habernos enterado de que se hizo megamillonario sin haber leído en su vida un solo libro. (¡Criticarlo, a Juan Gabriel, sólo por cantarle al PRI sin entender que lo hacía, el pobre, para poder pagar sus gastos en la Hacienda pública!)
Buscar, jajaja, en los antiguos kioscos un periódico.

Asustarse, o no dejar de sorprenderse, al encontrar mariguana en todas las fiestas juveniles.
Afiliarse a un sindicato sólo para encontrar, jajaja, honorabilidad y justicia. (O acomodarse en un sindicato, jajaja, para no recibir canonjías, prebendas, cochupos o para no tratar, ja, de trabajar lo menos posible.)
No buscar en TikTok videos similares a, jajaja, Denise Dresser bailando —con las caderas en movimientos sinuosos— al compás de Maluma, Maroon 5 o Shakira, da lo mismo, o creer, jajaja, que gente como la académica Dresser representa la crítica social de un país.
Hablar de lo progresivo en la música, jajaja, progresiva.
Hablar de diccionarios de papel teniendo, ¡válganos el Señor!, a la Wikipedia digital.
No cambiar de teléfono (perdón, móvil) cada año.
Ir de compras a las tiendas en lugar de pedir todo en línea, ya por la vía telefónica o mediante la computadora.
No estar enamorado de una japonesa o de una turca o de una griega o de una peruana o de una tailandesa o de una coreana que se acaba de conocer en la Internet.
Intervenir discretamente en la corrupción: criticarla, sí; hablar de la corrupción como un mal social, sí, pero sin señalar, jamás, a ningún corrupto.
Ser deturpador de las benditas redes sociales.
No creer que estamos al mismo nivel de salubridad pública de Dinamarca o incluso un poco más allá.
Comer cualquier cosa sin advertir si tiene propiedades nutricionales, alguna proteína o si es pura chatarra.
No saber qué le dicen a uno cuando lo mencionan como cringe.
No entender los significados clarísimos de palabras como nadaqueveriento o troleador, o trolero, o troleado, o trolear.
Si se asiste a una reunión elegante con traje y corbata o de vestido largo sin calzar tenis.
No poner en una reunión ninguna canción de cualquier banda grupera.
No montar un canal en la web refiriéndose, jajaja, a diversas anécdotas personales.
Llevar desfachatadamente un libro bajo el brazo.

No comprender las deliciosas iras, enconos, diatribas, insultos, envidias, emponzoñaciones, majaderías, faltas de respeto y demás picardías entre los iconos hiphoperos o raperos.
Cuando se impugna la presencia, en medio del Súper Bowl, de enfadados raperos como Kendrick Lamar que se aprovechan en sus espectáculos para, dicen los extemporáneos, exhibir sus contrariedades con sus oponentes de la música.
Indignarse ante los arrebatos iracundos de empresarios como Taylor Swift contra otros empresarios que, como ella, sólo buscan el sembradío monetario, tan normal ahora.
No subir en las redes sociales un solo comentario de algo, ni decir jamás públicamente, ¡el colmo!, la hora en que uno se va a dormir o a cepillar los dientes.
¡No notificar en las redes sociales que uno está enamorado!
Contrariarse porque Rihanna, después de estar hospitalizada por la paliza recibida, regresara inmediatamente a los brazos de su amado golpeador.
Silbar en la calle una canción de los Beatles en lugar de estar consultando la pantalla digital.

Discutir, ¡bah!, sobre asuntos políticos, pues ya se sabe que la política es la política: uno debe adaptarse, que no integrarse, a ella.
¡Contratar servicio telefónico en casa cuando ya se posee un celular!
No tener anexado en el celular el correo electrónico.
Sentarse en una cafetería con una mujer… ¡para hablar con ella en vez de mirar cada quien en su respectivo celular los mensajes recibidos, o pertinente u oportunamente enviarlos!
¡Entregar un artículo a un portal sin preguntar cuánto se obtendría financieramente por tal reflexión escrita!
¡Amar sin esperar nada a cambio!
No saber qué son Cocomelon y LooLoo Kids.
Alabar programas infantiles, ja, como Tom y Jerrry.
Hablar de Willie Nelson, Mark Knopfler, Nick Cave, Leonard Cohen, Neil Young, Moby, Peter Wolf, Natalie Merchant, Peter Gabriel o Bob Dylan, pero ignorar los nombres de Daddy Yankee, Wiz Khalifa, Mark Ronson, PSY, Bad Bunny, Charlie Puth, Ed Sheeran, Olivia Rodrigo o el inimitable Bruno Mars.
¡Leer libros completos como Moby Dick en lugar de las provechosas breves síntesis vertidas en la Internet!
Hablar sin una sola palabra altisonante, o majadería, jajaja, como se le llamaba antes.
Si no tiene almacenada su vida en un aparato digital.
Considerar que las series animadas por Internet que advierten “exclusivamente para adultos”… ¡no las pueden ver los niños! (Si Stolas, el deuteragonista de Helluva Boss, padre de Octavia y esposo de Stella, adorado por los infantes, es gay, a los niños no les sorprendería que, finalmente, Stella fuera lesbiana.)
¡No haber caminado, ya no digamos consumido, por ninguna plaza comercial!
¡No haber filmado un solo video en TikTok!

¡Pensar, aún, que a los 40 años apenas se está entrando a la madurez cuando, en realidad, es el inicio de la etapa de la ancianidad!
No considerar a Michael Jackson el verdadero revolucionario de la música, por encima incluso de los… de los… cómo se llaman, de los… de los… ¡ah sí!, de los Becles.
Creer que el fallecimiento de Kurt Cobain en abril de 1994 fue la última muerte recordable del pop anglosajón cuando los asesinatos de 2Pac en septiembre de 1996 y de Biggie Smalls en marzo de 1997 son los puntos culminantes del entramado rapero que han conmocionado a la industria musical.
¡Admirar a Messi por futbolista en lugar de apreciar su visión empresarial ultramillonaria!
No consultar, por lo menos una vez, el trending topic del día.
Si posee carro, no escuchar una pieza, en volumen altísimo, de alguna banda grupera o de Juanga… ¡pero en cambio ir manejando mientras oye una canción de Yes, de Pink Floyd o, el colmo, de Los Beatles!
Asombrarse, aún, de las sonoridades de Bobby McFerrin, de Keith Jarret o de Karlheinz Stockhausen, que hoy serían (¿cómo dices que se llaman, perdón?) enteramente ignorados digitalmente.
No querer entender que hoy las mejores canciones son las que provienen de las series, animadas o no, transmitidas por la Internet.
No considerar a Shakira la ideal mujer no sólo del pop latinoamericano, sino mundial.
Desconocer la música pop de Corea o de Japón.
Mirar la aburrida televisión en lugar de divertirse con cualquier canal, jajaja, de YouTube.
Criticar a las asociaciones musicales producidas nada más por el mercenarismo como al grupo The Monkees cuando precisamente hoy bandas como Blackpink, irrefrenablemente exitosas, son fabricadas desde una oficina ejecutiva de espectáculos sin ninguna objeción mediática.
Enarbolar, no se sabe si con falsía, la postura del feminismo cuando ahora se asume naturalmente sin importar las degradaciones o las palizas a las que son sometidas, o se dajan someter, las mujeres, no en vano hoy son ellas las dominantes en la industria de la música, por ejemplo, llevándose a sus arcas millones de dólares con el respaldo de un público solidario que jamás, jamás, critica sus dones artísticos. Por algo, la crítica musical está difuminándose para ser reemplazada por los juicios afectuosos de adhesión.
Preferir a la Barbie que a Labubu.
[Bob Dylan cantó en 1964 “The times they are a-changin”, pero han tenido que pasar sesenta años para que los tiempos en realidad, después de la pandemia, estuvieran cambiando.]
(Agregue el lector en el espacio en blanco el o los incisos que se le han escapado al autor…)
AQUÍ PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “OFICIO BONITO”, DE VÍCTOR ROURA, PUBLICADAS EN LALUPA.MX
https://lalupa.mx/category/las-plumas-de-la-lupa/victor-roura-oficio-bonito



¡Divertidísimo!
Atte.
Una extemporánea.
Saludos a Víctor Roura, ws difícil seguirle desde la provincia. Saludos Victor, desde La Piedad Michoacán.
Agradezco sus excelentes comentarios. Te recuerdo como integrante del Club Defensores de la Madre Naturaleza. Lidereado por el gran Carlos Baca. En Havre 70.
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