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140 aniversario natal de Isak Dinesen – Víctor Roura

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Convertida en un escritor afamado, Karen Christentze Dinesen fue recordada en su 140 aniversario natal, conmemorado el pasado 17 de abril. Como sucedía entonces con las mujeres que escribían, firmaba Karen con el seudónimo Isak Dinesen para no tener problemas con las editoriales, creídas de que las mujeres no debían salir de la cocina o de las alcobas. Karen Dinesen falleció a los 76 años en su Dinamarca natal el 7 de septiembre de 1962. (Isak Dinesen se hacía llamar Karen Christence Blixen-Finecke porque se casó con Bror Von Blixen-Finecke en 1914 anulando su apellido para  resaltar el de su hombre: la escritora danesa, por circunstancias literarias, adoptó varios  seudónimos, aparte del Isak Dinesen en los países de habla inglesa, aunque también utilizó en un principio los nombres de Osceola y Pierre Andrézel.)

      Como sucedía, por ejemplo,  con las hermanas británicas Brontë: Charlotte (fallecida a los 38 años el 31 de marzo de 1855), Emily (quien partiera de este mundo a los 30 años el 19 de diciembre de 1848) y Anne (cuyo deceso a sus 29 años ocurrió el 28 de mayo de 1849): las tres conservaban sus iniciales firmando como Currer Bell, Ellis Bell y Acton bell; la francesa Amantine Aurore Lucile Dupin de Dudevant (fallecida a los 72 alis el 8 de junio de 1876) que firmaba como George Sand y la también inglesa Mary Anne Evans (quien muriera a los 61 años el 22 de diciembre de 1880) que había adoptado el nombre de George Eliot. El caso de la británica Jane Austen no llegó a darse con un seudónimo masculino si bien sus libros, para evitarse los prejuicios de la época, siempre los firmaba “By a Lady”: Austen falleció a los 41 años el  18 de julio de 1817. El caso de Sor Juana asombra en el orbe femenino ya que sus tres libros en vida los publicó con su nombre religioso: Sor Juana Inés de la Cruz, no anotando su nombre de nacimiento (Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana) aunque venciendo los recelos y las aprensiones masculinas. Sor Juana murió en la Ciudad de México a sus 43 años el 17 de abril de 1695.

      Paradójicamente, se sabe que históricamente fue una mujer, llamada Enheduanna, quien viviera en el siglo 23 aC en Mesopotamia, la primera persona en crear obra literaria propia: además de poeta y prosista, se cuenta que fue una princesa y sacerdotisa.

Las hermanas Brontë: 

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De julio de 1789, año en que hace explosión el movimiento que desembocaría en la Revolución Francesa, a septiembre de 1871, transcurrieron 82 años durante los cuales ocurren en esa escena europea cinco revoluciones: 1815, 1830, 1848, 1851 y 1871. Pablo Marentes, en su ensayo que es el epílogo de El festín de Babette, el hermoso cuento de Isak Dinesen en la edición de Porrúa del año 2000, nos explica que el 18 de enero de 1871 “fue proclamada la unidad alemana y se constituyó el imperio ale­mán, en Versalles”. Durante el cese al fuego, Thiers es nombrado jefe de gobierno. “Débil frente al enemigo alemán, (Thiers) aprovecha cualquier pretexto para castigar a los parisinos cuyo heroísmo y conciencia nacional habían quedado probados durante el sitio”. Abandonado por sus autoridades, “con las cuales no compartía el derrotismo ni los términos del armisticio, el pueblo de París, a dos meses del pa­voroso sitio que padeció, decidió constituir un gobierno que organizara la admi­nistración y defensa de la ciudad”.

      Surge, entonces, la famosa Comuna de París, organizada en diez comisiones que operaban como ministerios. Pero el 2 de abril, Thiers envía un ejército de 100 mil hombres que derrota a las tropas de la Comuna, entra en París y avanza sobre las barricadas. Se desata así la Semana Sangrienta, del 21 al 28 de mayo de 1871.

      “Los communards se defienden barrio por barrio. La arti­llería del gobierno de Versalles se impone. Organiza cortes marciales y somete a los miles de detenidos a juicios sumarios. Los communards son fusilados en masa. Miles más encarcelados o deportados. Muchos huyen a la provincia. Otros huyen al extranjero. No les queda nada”.

      Es en este contexto donde surge Babette Hersant, la protagonista del impecable cuento de Isak Dinesen. Llevado al cine en 1979 por Gabriel Axel, El festín de Babette es un canto a la libertad. Huyendo de París, Babette llega a Noruega, al pueblo de Berlevaag, a refugiarse en la casa de las hermanas solteronas Martine y Philippa, que mediaban los 30 años de edad, recomendada por un antiguo amigo, pretendiente frustrado de Philippa, el cantante francés de ópera Achille Papin. En la carta que portaba Babette como única seña de identidad, Papin les decía a las venerables damas noruegas que “madame Babette Hersant, igual que mi bella Emperatriz, ha tenido que huir de París. La gue­rra civil arruina nuestra ciudad. Manos francesas derraman sangre francesa. Los no­bles communards, defensores de los derechos humanos, han sido aplastados; los han aniquilado. Ai marido y al hijo de madame Hersant, conocidos peluqueros de señoras, los fusilaron. A ella la detuvieron y la acusaron de ser pétroleuse: así se conoce a las mujeres que con petróleo incendian casas. Casi no logra escapar de las en­sangrentadas manos del general Galliffet. Ha perdido todo lo que tenía y no se atre­ve a quedarse en Francia”.

      Les informa, asimismo, que Babette “sabe cocinar” pero se guarda en decirles que era, nada menos, la cocinera del famoso Café Anglais.

      Babette sirvió con diligencia a las hermanas, que en un principio no creyeron que la francesa supiera cocinar. “Sabían que en Francia la gente come ranas —narra Dinesen—. Enseñaron a Babette a hacer bacalao deshebrado y sopa de migas con cerveza. Durante las lecciones, Babette se mantenía imperturbable. Al término de una semana, Babette preparaba el bacalao deshebrado y hacía la sopa de migas con cerveza como si hubiera nacido y vivido siempre en Berlevaag”.

      Doce años des­pués, cuando las solteronas ya frisaban los 50, un día de verano el correo trajo una carta de Francia dirigida a madame Babette Hersant anunciándole que, por fin, el premio mayor de 10 mil francos se lo había ganado ella, que nunca dejó de participar en la lotería. Las hermanas, en lugar de alegrarse, se mostraron díscolas y envidiosas porque pensaron que, con dicha cantidad de dinero, lo primero que haría era abandonarlas para retornar, presurosa, a París.

      “Las hermanas ya no dispondrían de tiempo para dedicarlo a los enfermos y a los tristes. En verdad que los premios de la lotería eran asuntos perversos, reprobables, perniciosos”.

      Por eso ambas hermanas se sorprendieron cuando, una noche de septiembre, Babette les suplicó que le permitieran preparar a ella una cena francesa para celebrar el cente­nario del párroco, que ya no estaba lamentablemente entre ellos. Babette rogó que le permitieran realizar dicha celebración. ¿En doce años ella les había pedido algún favor, uno solo? Entonces no tenían por qué negarse.

      Invirtió todo su dinero ganado en la lotería para hala­gar a sus comensales, algunos de ellos verdugos de la Semana Sangrienta, incluido el propio coronel Galliffet, el mismo que asesinara a su esposo y a su hijo, que dis­frutaron, sin decirlo, sin confesarlo, la suculenta cena que les traía ciertos aires de nostalgia del inolvidable Ca­fé Anglais. Babette les preparó una exquisita Cailles en sarcophage no para complacer a los degustadores sino para honrarse a sí misma: “¡Soy una gran artista!”, repli­có Babette ante el desconcierto de las hermanas.

      “¡Tú misma peleaste en contra de ellos! —le dijo Philippa­—. ¡Fuiste una communard! ¡El general que nombraste fusi­ló a tu esposo y a tu hijo! ¿Cómo puedes compadecer­los?”

      Los ojos oscuros de Babette se trabaron con los de Philippa: “Sí”, dijo, “fui communard, ¡bendito sea Dios que fui communard! Sí, todas esas personas que he mencionado eran perversas y crueles. Hicieron que la gente de París muriera de hambre; oprimían y maltrataban a los pobres. Bendito sea Dios por haberme permiti­do combatir en las barricadas, ¡yo ponía cargas de pólvora en los fusiles de mis compañeros!”

      Pero Babette tenía un criterio verdadera­mente alto, peculiar, admirable: “Dense cuenta, señoras”, dijo, “que esos persona­jes me pertenecían, eran míos. El costo que requirió su formación y adiestramiento para que pudieran apreciar mi dimensión artística fue tan elevado que ustedes, mis modestas señoras, no se atreverían a pensarlo ni a creerlo. Podía mantenerlos con­tentos. Cuando realizaba mi mejor esfuerzo, los hacía absolutamente felices”.

 Escena de El festín de Babette

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La artista cocinera.

      Babette se entregaba en cuerpo y alma a la cocina, y una bue­na cocinera no podía traicionar sus propios principios, aunque sus comensales fueran unos asesinos.

      “El festín de Babette” era uno de los cuentos incluido en el libro Anécdotas del destino, que Dinesen publicara en 1958. Conformado por doce bre­ves capítulos en apenas 60 páginas, El festín de Babette, en esta traducción de Pablo Merentes de la Editorial Porrúa, es un confortable relato de la ignominia política que se revierte en una prodigiosa sensibilidad artística.

      Babette es un símbolo de la resistencia cultural francesa, pero también lo es, por su alcance narrativo, de la cultura universal.

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Last modified: 4 agosto, 2025
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