I
Porqué tanta literatura de “ficción”, si con sólo mirar y sentir un poco de la realidad que nos entreteje, ya con eso tenemos para escribir. Pero cada quien que navegue con sus propias “visiones civiles”, aquellas con las que quiere vivir.
Un libro en llamas es la extinción del conocimiento, lacera la libertad de aprendizaje y su acceso a la información. Un libro no sólo es un cúmulo de palabras visto a través de un impreso, éste representa el oficio de todos aquellos que se encuentran involucrados en las artes gráficas. Los impresos, la estampa, se van alejando día a día de lo que representa a la historia del libro a partir de la tipografía, que da inicio, entre muchas cosas, a la democratización, aunque lenta, del conocimiento, que permite el acceso a “la gente” a leer o poseer un libro. Y el libro es el trabajo que se realiza a través de los oficios que brindan las “artes gráficas”. Tanto esa industria como su trabajo artesanal, de taller, han sido vapuleadas, tiradas a la basura, ya sin trascendencia en las escuelas, en la formación de aquellos que se dedican al libro, a los impresos y a la estampa. Pero todo tiene una historia y no es gratuita.
Las oligarquías, los grandes capitales, junto con todos aquellos gobiernos en turno, iniciaron y continúan con diversas acciones para ir aplicando técnicas de control absoluto sobre los materiales gráficos, que permitían a quienes los trabajaban, a veces de forma artística, representar la realidad devastadora de cada época que les tocaba vivir. La matanza de 1968 fue la coyuntura a partir de la que se dieron cuenta de la capacidad revolucionaria que aún poseían las artes gráficas. Y ahí se inició, aunque lenta, de forma silenciosa, un proceso para acabar con esa forma expresiva: control de escuelas, despido de profesores, cambios en las leyes laborales, modificando nuestra forma de escritura a partir de los primeros años de la década de los 70 del siglo pasado, eliminando el dibujo de la formación básica, etcétera.
En la actualidad existe una diversidad de acciones de control, una de ellas es sobre la industria editorial. Claro, su primer objetivo fue eliminar las imprentas. Son pocas las que todavía sobreviven con esfuerzo, y se estima que a lo largo de los últimos años el 75% de esta industria han tenido que ver caer sus cortinas. Ello significó, además del desempleo de miles de personas, una puñalada artera a las artes gráficas. Lo subrayo: Silenciar a la tipografía. Echemos un vistazo, por ejemplo, al documental Los últimos, de los argentinos Pablo Pivetta y Nicolás Rodríguez Fuchs, quienes si bien se refieren al estado de las imprentas tipográficas en su país, exponen una situación que se puede extrapolar a lo que ocurre en la mayoría de los rincones del mundo.
II
Leemos lo que quieren que leamos, nos imponen a sus autores y autoras a través de “alfombras rojas”, de ostentosos premios y otros no tanto —según el sapo es la pedrada—, de las medallitas, de los honoris causa de los privilegiados y amigos del sistema. Controlan las ferias del libro con cobros excesivos por el derecho de piso —y ¿dónde queda ese dinero?—, prohibiendo a las editoriales independientes hacer uso de los foros, como sucedió en la pasada feria del libro del Zócalo 2024.
Noemí Luna, de Eterno Femenino, fue tajante: “Nos aniquilaron”. No existen, para estos mercachifles, el esfuerzo y la tenacidad de los editores independientes, que, además, deben dejar su respectivo pago por cada centímetro que ocupan sus libros. Así se enfrentan a una competencia desleal y volcada de intereses políticos y económicos.
Ese actuar es comparable a prender fuego al libro, aunque sea de manera metafórica, pues en esencia se anulan las posibilidades de los nuevos autores. Aunque digan profesar una “izquierda” sólo denotan falsedad, pues ahora se les otorga prioridad a sus “estrellas”, sean youtuberos o políticos afines a la 4T. Esto sólo expresa la continuidad de aquella herencia carroñera de ese PRI-PAN, que nos legaron los clubs de amigos, de las borracheras, de las “fiestas” a todo lujo (privadas), de los clanes, de las “mafias”: de los Monsiváis (y todos sus herederos), el grupo Hiperión, de los Camín, de los Pachecos, de los vestigios de Octavio Paz, de los Benítez, etc. y también de todos aquellos que fueron privilegiados por la fundación Rockefeller desde los años 50 del siglo pasado, con la creación del Centro Mexicano de Escritores (CME), establecido por la escritora estadounidense Margaret Shedd, “adscrito a los programas culturales de la embajada gringa…” (Sergio González Rodríguez, Los bajos fondos.).
En Lo que Cuadernos del Viento nos dejó, Huberto Batis menciona al Centro Mexicano de Escritores: “Una tarde fue invitado a darnos una conferencia Carlos Pellicer, quien se presentó muy serio para decirnos que había aceptado venir para ver qué cara tenían unos vendepatrias, sedicentes escritores, que aceptaban el oro yanqui… Nos quedamos estupefactos. Pellicer salió en seguida, una vez que nos dijo comemierdas; pero una secretaria lo interceptó para darle un sobrecito con su paga. Pellicer dio media vuelta al ver que le daban 500 pesos, se sentó de nuevo en la mesa con nosotros diciendo que acababa de ser ‘cañoneado irresistiblemente’, como cualquier pinche general revolucionario, y se puso a disertar maravillosamente sobre Salvador Díaz Mirón”.
Por el CME pasaron Ricardo Garibay, Enrique González Rojo, Rosario Castellanos, Vicente Leñero, Juan Rulfo, Elena Poniatowska, Tomás Mojarro, Carlos Monsiváis, entre otros. Estas becas por su capacidad de control fueron el ejemplo para aplicarlo posteriormente desde el Fonca y ahora su modalidad son los contratos de 11 meses, y adiós. Utopías y Pilares. La nueva visión cultural en la CDMX, por ejemplo. ¡Ya basta! ¡No más atole con el dedo!



xu1ne1