Ha sido un día tranquilo y finalmente te preparas para dormir. Te aseguras de haber cerrado la puerta, encender el calefactor y calentar agua en la tetera. La oscuridad de la noche le ha indicado a tu cerebro, específicamente a la glándula pineal, que es hora de producir melatonina, una hormona encargada de hacerte sentir sueño. De repente, el teléfono suena: reconoces una voz familiar, pero esta vez suena distinta, sabes que algo no está bien… Tu cuerpo reacciona y la melatonina deja de surtir efecto.
Pese al calor en tu hogar, un frío inesperado irrumpe ahora en tu cuerpo y sientes cómo se eriza tu piel. Tu respiración se acelera al igual que tus latidos. La responsable de estas sensaciones es la adrenalina, una hormona que ha sido liberada por las glándulas suprarrenales, ubicadas encima de los riñones, gracias a un impulso nervioso que ha viajado por la médula espinal desde el hipotálamo, un comandante del cerebro.
Antes de que puedas preguntar qué sucede al otro lado de la línea, el hipotálamo ya ha dado una nueva orden, esta vez más lenta: le indica a la hipófisis, una pequeña glándula situada justo debajo de él, liberar corticotropina, una mensajera que viajará por la sangre hasta llegar a las mismas glándulas suprarrenales. Pero en esta ocasión, la misión es diferente: liberar cortisol. En otras circunstancias, el cortisol habría sido más útil, pues ha aumentado los niveles de glucosa en tu sangre proporcionándote energía adicional. Pero ahora, ¿para qué querrías esa energía?
Esta dupla, adrenalina “la hormona del miedo” y cortisol “la hormona del estrés”, te han preparado para lo peor: tu esposo ha muerto. Lo que había comenzado como una noche tranquila, ahora se convierte en tu peor pesadilla hecha realidad…
Antes de que fuera tu esposo, o siquiera tu novio, tu cerebro había empezado a almacenar detalles sobre él. Cada aprendizaje —su cumpleaños, su libro favorito, o ese platillo que siempre detestó— aumentaba las conexiones entre tus neuronas, un proceso conocido como sinapsis.
Con el tiempo comenzaste a quererlo y en tu cerebro desbordaban hormonas involucradas en la sensación del amor romántico, como la dopamina, la oxitocina y la vasopresina. Estas hormonas fluían por el circuito de recompensa —regiones del cerebro encargadas de regular el placer, como el núcleo accumbens—. Es curioso pensar cómo este circuito también se enciende al probar un delicioso estofado, escuchar música o inclusive probar drogas tan adictivas como la cocaína. Sin embargo, ahora que él ya no está, todo eso que te causaba placer se ve ensombrecido por la nube gris de su ausencia.
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Han pasado varios meses después de su muerte, todo lo que antes te recordaba a tu esposo con alegría es aún motivo de tristeza. Aquellos neurotransmisores que te hacían sentir tan bien fueron opacados por un aumento de cortisol que ahora invade tu cuerpo y te causa largas noches de insomnio.
Todos los momentos que tuviste con tu esposo a lo largo de los años, ya no eran solamente vivencias sino una forma de experimentar el mundo a su lado. Durante las mañanas despertabas junto a él, y por las noches platicaban sobre su día bebiendo un té caliente. Tu cerebro había aprendido a predecir todos los posibles motivos de su ausencia “seguramente estará en el supermercado o cargando gasolina”, “me había olvidado que tenía una junta y sale tarde”. Ahora, al escuchar el sonido de la tetera y notar la ausencia de tu esposo, a tu cerebro le cuesta empatar las posibilidades de su falta con el verdadero motivo: su muerte.
Todas esas conexiones que se habían formado a través de las sinapsis ayudaban a traer los recuerdos de una forma rápida y frecuente: ¿qué hacer ahora que ningún aprendizaje respecto a tu esposo parece ser suficiente para saber conciliar su ausencia? Parece ser momento de construir una nueva realidad. Es hora de crear nuevas memorias y aprendizajes respecto al mundo que te rodea. Un mundo en el que tu esposo ya no existe, pero en donde sí permanecen las sinapsis que almacenan todos los recuerdos que vivieron juntos.
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El relato que acabas de leer representa la experiencia neurobiológica, fisiológica y mental de una persona que atraviesa un duelo prolongado, catalogado así por ser de una duración superior a un año. En el Instituto de Neurobiología de la UNAM, en el Laboratorio de conducta sexual y plasticidad, para investigar el vínculo de pareja y las cuestiones neurobiológicas que lo atañen, se utiliza al topillo de la pradera (Microtus ochrogaster), un mamífero de naturaleza socialmente monógama. Particularmente, nuestra amiga y compañera Ana Cecilia está realizando una investigación sobre cómo el cerebro maneja el duelo utilizando topillos de la pradera hembra que son aisladas de sus parejas.

Específicamente, Ana quiere descubrir si el enriquecimiento ambiental –que es básicamente un “gimnasio” para el cerebro, lleno de estimulación cognitiva y sensorial– puede disminuir las conductas que asemejan la ansiedad y la depresión que experimentan estas topillas “viudas”.
Además de las observaciones conductuales, su estudio profundiza en la forma neuronal. Ana tiñe y fotografía las neuronas del núcleo accumbens. Esto le permitirá comparar entre los diferentes grupos (topillas con pareja, topillas “viudas” y “viudas” con enriquecimiento) si existen cambios en el tamaño del cuerpo neuronal, la longitud de las dendritas y la forma de las espinas dendríticas –esos pequeños “botones” que forman las sinapsis–. En esencia, Ana busca ver cómo las neuronas se adaptan y cambian estructuralmente ante la pérdida y el ambiente enriquecido.
*Los autores de este artículo son estudiantes de la materia de comunicación científica, de la maestría en ciencias (neurobiología) de la Universidad Nacional Autónoma de México: Ana Cecilia Luis Castañeda y Jonathan Luis Razo López
Referencias
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- Baik, JH. (2020). Stress and the dopaminergic reward system. Exp Mol Med 52, 1879–1890. https://doi.org/10.1038/s12276-020-00532-4
- Kakarala, S. E., Roberts, K. E., Rogers, M., Coats, T., Falzarano, F., Gang, J., … & Prigerson, H. G. (2020). The neurobiological reward system in Prolonged Grief Disorder (PGD): A systematic review. Psychiatry Research: Neuroimaging, 303, 111135.
- Smith, S. M., & Vale, W. W. (2006). The role of the hypothalamic-pituitary-adrenal axis in neuroendocrine responses to stress. Dialogues in Clinical Neuroscience, 8(4), 383–395. https://doi.org/10.31887/DCNS.2006.8.4/ssmith
- Simon, N. M., & Shear, M. K. (2024). Prolonged Grief Disorder. New England Journal of Medicine, 391(13), 1227-1236.
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