ENTREVISTA: LORENA ALCALÁ / LALUPA.MX
FOTOS: JUAN BOTELLO / LALUPA.MX
Yeguas exhaustas (Editorial Pepitas), la primera novela de Bibiana Collado, toma de la poesía la imagen bella y brutal de ese animal, con los músculos tensos, el pelo brillante de sudor, completamente agotado después de una carrera que supera sus fuerzas, pero que sin embargo sigue en pie.

No es un cansancio metafórico sino físico, el que pone a las mujeres al borde de la extenuación, el que se hereda como un problema transgeneracional y transcultural; el que vivió y sufrió su abuela, el que también sintió su madre y que, a pesar de las diferencias de edad y formación, experimenta ella misma.

Es el cansancio de las mujeres que no pueden descansar ni un día, ni un momento; porque se espera de ellas que resuelvan, que sostengan, que se esfuercen para alcanzar movilidad social, estabilidad económica y de clase. De las generaciones más contemporáneas, se exige además que rompan techos de cristal pero que la misma sociedad sigue poniendo obstáculos para impedirlo.

“Yo no sé si aquí se dice, en España sí decimos mucho lo de trabajar como una mula, esa expresión de estar casi al borde. Yo sentía que mi abuela, que mi mamá, habían sido esas mujeres trabajadoras extenuadas para sacarnos adelante y yo sentía como malestar porque ya no me dedicaba al mismo tipo de trabajos, pero sin embargo yo también me sentía exhausta y necesité hacer como esa conexión de cuidado con esa culpa que a veces sentimos, esas generaciones que ya desarrollamos otros trabajos más intelectuales, porque en el fondo seguimos siendo esas yeguas exhaustas, seguimos siendo esas mujeres exhaustas que trabajamos hasta casi caer plegadas al suelo y sentimos que nunca es suficiente, que nunca nos merecemos del todo estar donde estamos y que seguimos encontrándonos con trampas que nos ponen desde fuera todo el tiempo”, explica la autora en entrevista para La Lupa.mx, quien se presentó en el Hay Festival Querétaro, donde dialogó con Yael Weiss y Fátima Oussak sobre las maternidades.

Nacida en Valencia, España, Collado había explorado con la generación de estas imágenes a través de la poesía, con la publicación de sus libros Como si nunca antes (Pre-Textos), El recelo del agua (Rialp), Certeza del colapso (Ediciones complutense), Violencia (La Bella Varsovia) y Chispitas de carne (Anagrama). Todos, dice, dialogan con Yeguas exhaustas, porque en todos aparecen las heridas de las violencias cotidianas.
Con esta novela, construida en gran parte con base en anécdotas personales o de mujeres muy cercanas, Collado busca abrir una conversación con el lector. Porque a pesar de que parte de lo autorreferencial, lo que está en juego es una problemática colectiva que atraviesa a las mujeres.

“Son cosas que nos pasan a todas o a la mayoría. A pesar de la promesa que nos hicieron de si estudias mucho, si trabajas mucho, llegarás a donde quieras, nos dimos cuenta que hay determinados circuitos que siguen siendo muy elitistas y que van generando un camino de pequeñas violencias para que no accedamos ahí”, afirma.
Ese carácter crítico es el que le da fuerza a este libro: “Había un cierto miedo a cómo iba a ser recibido, porque sí ha dolido donde tenía que doler, pero creo que lo más hermoso es que ha generado conversaciones”.

Uno de los obstáculos para romper con la idea de que las mujeres no pueden permitirse el descanso, es la romantización de la mujer todopoderosa.
“Parece que la creencia popular las mujeres son una especie de súper máquinas, que al final vamos a poder sacar todo adelante, además con ese malestar y culpa todo el tiempo de no llegar nunca. Hay que parar y ver efectivamente cuáles son las consecuencias que están teniendo sobre nuestro propio cuerpo”, manifiesta.

En la novela Yeguas exhaustas, la protagonista Beatriz también enfrenta una relación de pareja marcada por el dominio masculino ejercido desde la superioridad académica.
“Sigue pasando, es una cosa terrorífica, hay determinados comportamientos que no hemos logrado erradicar; como se sigue precarizando el trabajo de los estudiantes, como directamente el afectivo en las relaciones desiguales que muchos profesores siguen teniendo con las alumnas”, advierte Collado, aunque también insiste en que no es una situación particular sino algo sistémico.

A ello se suma la educación de la clase trabajadora, marcada por la culpa y la humildad casi extrema, que en el caso de las mujeres tiene una vuelta de tuerca adicional: “Se nos pide no ser agresivas, no molestar, no ocupar demasiado espacio, ser siempre conciliadoras, todas esas mordazas que al final nos imponen y que hacen que todo sea muy difícil”, explica Collado quien incluso relata cómo incluso después de que ella misma escribió una tesis sobre poesía de 500 páginas, se veía respondiendo con falsa modestia a preguntas y comentarios masculinos “para no ofender”.

“La sociedad sigue premiando a las mujeres que son dulces, que son conciliadoras y sigue castigando a las mujeres que son fuertes, que levantan la voz”.

En ese sentido, Yeguas exhaustas no sólo se inscribe como una obra literaria, sino como un testimonio crítico que pone en evidencia los engranajes sociales, culturales y académicos que sostienen la desigualdad de género. Collado convierte la experiencia íntima en un espejo colectivo, capaz de revelar cómo la herencia del cansancio y la precariedad atraviesa generaciones de mujeres. Su novela se suma así a una conversación necesaria dentro del feminismo contemporáneo: la de visibilizar las violencias normalizadas y reclamar el derecho a detenerse, a descansar y a existir sin culpa.



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