Autoría de 12:31 am #Opinión, Agustín Villanueva Ochoa - Sapere Aude • One Comment

Imperfectamente humanos – Agustín Villanueva Ochoa

Si todos fuéramos perfectos, la vida sería aburridísima. ¿Quién no tiene una cicatriz, un dedo más largo, una manía extravagante o una gran metida de pata en su historial? Precisamente esas imperfecciones son las que nos hacen reales y nos conectan con los demás. Son las huellas que nos recuerdan que estamos vivos, aprendiendo y en constante movimiento.

Vivimos obsesionados con ser “normales”, pero lo cierto es que lo normal nunca ha existido. Lo que sí es real son nuestras rarezas, nuestras contradicciones y esos pequeños desperfectos que nos vuelven profundamente humanos.

¿Qué es ser normal? Una palabra que suena a línea recta, a molde repetido, a receta sin sabor. La idea de ser normal es, en realidad, una de las trampas más grandes que nos impone la sociedad. Normalizar es estandarizar, recortar lo que sobresale, unir a la fuerza lo que se aparta.

Lo cierto es que nadie es normal, porque cada persona carga con su propia historia, sus particularidades y la manera en que habita el mundo. Intentar ser normal no sólo es imposible, también es injusto: nos obliga a renunciar a lo que nos hace auténticos. Vivir tratando de ser normales es vivir a medias; en cambio, abrazar nuestras diferencias es la única forma de ser verdaderamente nosotros mismos.

Un defecto es una característica humana que no encaja con aquello que la sociedad considera ideal. Puede ser un aspecto físico, un rasgo de personalidad, una manía o incluso una forma de reaccionar ante ciertas situaciones. Muchas veces lo etiquetamos como algo negativo porque no conecta con el concepto de perfección aceptado por la mayoría.

En un mundo donde las redes sociales venden la ilusión de vidas impecables, reconocer nuestros defectos es un acto de libertad y sensatez. Cada fallo es una lección en potencia; todo es cuestión de enfoque.

Sobran ejemplos en la vida diaria. Está la persona que nunca logra estacionarse bien a la primera, quien olvida los nombres en las reuniones o el que pide café “sin azúcar” pero lo acompaña con un pastel doble de chocolate. También está el que, con cada peinada, pierde más cabellos de los que acomoda; aquel que, sin importar cuánto coma, sigue viéndose tan flaco como siempre; quien llora con el final de una caricatura, aunque ya la haya visto más de diez veces; o quien, sin importar la fecha o el horario, siempre llega tarde. Todos ellos y otros muchos más que no se mencionan, nos recuerdan que la humanidad se saborea mejor en sus desperfectos.

Después de todo, ¿qué sentido tendría vivir tratando de esconder quienes somos realmente?

Aceptarnos es un acto de reconciliación con la vida: significa reconocer que somos un conjunto de luces y sombras, y que ambas partes nos complementan. Esa aceptación no puede quedarse en uno mismo; también implica respetar a los demás, entendiendo que su esencia, sus diferencias y sus equivocaciones forman parte del mismo paquete. Al final, tratarnos con amabilidad a nosotros mismos y a quienes nos rodean es el camino para construir vínculos más sanos, más humanos y más genuinos.

Aceptar nuestros defectos, además, nos libera de la absurda presión de querer ser perfectos todo el tiempo. Nos permite reírnos de nosotros mismos, restar importancia a los errores y disfrutar de la espontaneidad de la vida.

Llegamos a este mundo sin instructivo, sin garantía de fábrica y sin piezas de repuesto intercambiables. Los defectos sí vienen incluidos, y qué bueno: gracias a ellos existen áreas de oportunidad por mejorar en nuestras vidas y hasta son la causa de que tengamos anécdotas de todo tipo para amenizar cualquier momento.

No son las virtudes impecables las que nos definen, sino las pequeñas imperfecciones que nos vuelven inolvidables y únicos.

“La perfección es la última ilusión del hombre. Simplemente no existe en el universo. Si eres un perfeccionista, tienes la garantía de ser un perdedor en todo lo que hagas”.

David D. Burns.

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Last modified: 30 septiembre, 2025
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