La cifra oficial documentó 10 mil personas fallecidas en el terremoto del 19 de septiembre de 1985. Una cifra maquillada y que incluía el reporte de la Cruz Roja Internacional que registró y atendió un promedio aproximado de 5 mil reportes de emergencia.
La población habló del doble. Es decir, 30 mil fallecidos. Y al respecto me he preguntado: ¿Es posible establecer una cifra, si no exacta, si verosímil, habida cuenta la cantidad de edificios habitacionales colapsados? En lo personal, tomando en cuenta que decenas de fallecidos fueron a parar a la fosa común y no reportados al registro civil, asumo que la cifra oficial tuvo capas de maquillaje que le tiempo deslavó, mostrando el rostro descarnado de una tragedia, parteaguas en la vida del país.

Lejos estábamos de pensar que en 2017 la experiencia se repetiría. El mismo mes y día, 19 de septiembre; hora distinta y no con el mismo efecto devastador; pero una sociedad más fracturada y actores políticos más insensibles e indolentes.
Pero volvamos a 1985. En ese entonces, el territorio nacional estaba conformado por cerca de 76 millones de habitantes. De esa cifra, poco más de 9 millones habitábamos en entonces DF, hoy CDMX.
Las 7.19 horas. Mes de septiembre y año de 1985. Eran mediados del gobierno de Miguel de la Madrid Hurtado, quien había recibido de su antecesor, José López Portillo, un país sacudido en lo político y económico. En los anales de la historia mexicana ha quedado registrada la personalidad frívola, megalómana y altamente dramática de José López Portillo. La liviandad y excesos de su gestión habían dejado un amargo sabor de boca en los mexicanos. Y junto con él, su amigo de la juventud y designado jefe de la policía, Arturo “negro Durazo” Moreno también. Este último, un referente de los excesos de autoridad, de barbarie y crueldad; pero también de frivolidad, megalomanía y sangre. Espejo de poder y vanidad uno del otro.

La sociedad de entonces reclamó la pasividad del gobierno. Más tarde se crearon organismos tendientes a atender a damnificados y víctimas de eventos naturales. Sin embargo, a 40 años de aquel suceso, las grandes grietas sociales se han ensanchado y algunos organismos fueron eliminados por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Hoy la realidad chorrea dolor y sangre.
En 1985 gobernaba, pues, Miguel de la Madrid Hurtado cuya opuesta personalidad de la de su antecesor representaba adustez y… lejanía. Su máxima frase de” Renovación Moral” no lograba cuajar en el ánimo nacional. El golpe dado en 1983, al inicio de su gestión, a Jorge Díaz Serrano, ex director de Pemex, y quien permanecía en la cárcel no había convencido del todo a la sociedad de que ese acto respondiera a deseos de verdaderos justicia. Fue relacionado más a revanchismos políticos. Y la aprehensión después de Arturo “negro Durazo” (1984) aunque fue aprobada, no fue aplaudida. La tomaron como una acción de justicia de “relumbrón” tan común en el sistema político mexicano.
La apreciación que la población tenía sobre Miguel de la Madrid, era la de un presidente grisáceo, parco. El temblor de 1985 puso el acento a esa personalidad tibia y poco empática con la tragedia. Lejano y desconectado de la realidad que se vivía en las calles.

“La ayuda internacional fue rechazada en un principio por el primer mandatario, e incluso se sabe que un avión con ayuda humanitaria de Caritas Internacional sobrevolaba el espacio aéreo del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México ya que no se le daba permiso para aterrizar.
Por orden de la primera dama, el avión y la ayuda internacional lograron entrar a la ciudad para apoyar a los cuerpos de rescate mexicanos que, dada la magnitud del desastre, en ese momento no daban abasto. Después de este incidente fue que el gobierno federal decidió aceptar la ayuda internacional al ver sobrepasada sus capacidades de reacción ante tal catástrofe”, registran las crónicas.
Bastaron poco más de dos minutos, tiempo que duró el temblor oscilatorio y trepidatorio, cuya intensidad fue ubicada en 8.1 grados Richter, para cimbrar cimientos y vidas enteras.
Solamente fueron algo más que dos minutos para que —según analogía de expertos— “se liberara una energía similar a 1114 bombas atómicas de 20 kilotones cada una”.
Pero todo esto lo sabríamos días después.
La vida te da sorpresas…
Aquella mañana, pasado el temblor y sin líneas telefónicas ni luz, la radio del carro nos fue orientando, despejando algunas dudas y rumores. “Dicen que se cayó el puente de Pino Suárez y Tlalpan… que en la colonia Roma hay varios edificios caídos… que hay mucha gente atrapada…. No hay línea telefónica…. No hay luz … que todo el centro está hecho añicos…”, saltaban las frases, abriéndose paso por entre el polvo de los edificios caídos. La mayoría: en el centro de la ciudad.
Era en el centro, precisamente. Allí, en Mesones 129 —entre Correo Mayor y Pino Suárez— en un edificio de 6 pisos. Los dos primeros ocupados por talleres de costuras, los cuatro últimos de vivienda. En uno de esos departamentos, en el cuarto piso, vivía mi hermano Ignacio, su esposa y la hija de ambos con dos años de edad. Apenas a principios de agosto se habían cambiado allí. Eran departamentos espaciosos, cómodos y eran rumbos de la familia de su esposa. Su padre, un respetable doctor habitaba junto con su esposa y tres de sus hijos, solteros los tres, el sexto piso. El hijo más chico, Luis, de 21 años de edad.

Las conexiones telefónicas iban y venían. La atención de todos mis hermanos se centraba en Ignacio. Su línea sonaba, pero no contestaban. Othón, tres años menor que Ignacio, avisó que iría directo a su domicilio a checar que todo estuviera bien. Tracé mi ruta del día. Allá le alcanzaría yo antes de seguirme al periódico El Nacional, donde seguramente, estaría ya nuestra jefa de sección Martha Solís, para organizar a su equipo de trabajo.
Pero, lo primero, acordamos Guillermo, mi esposo y yo, era ir a la escuela de nuestras hijas, en la colonia del Valle para asegurarnos que estaban bien. Eran alrededor de las 9. 30 de la mañana y toda la ciudad era un caos vial. Comprensible agitación en la escuela. Sobre todo, de las madres de familia. Por fortuna, la mayoría de los niños jugaban, ajenas a la dimensión de lo ocurrido. Tan ajenos como nosotros lo estábamos aún y pese a los rumores, al tamaño de sus devastadores efectos.
A la altura de Viaducto Tlalpan, la zona ya estaba acordonada por el ejército y en estricto control. El que parecía ser el jefe en turno de la brigada, revisaba identificaciones, credenciales. No. no me dejarían pasar sin credencial. No había echado mano del trámite de mi credencial que me acreditaba como reportera del pool de Reportajes Especiales de El Nacional. Hasta ese momento, no la había necesitado. Me bastaba con hablar por teléfono y acordar entrevista y llegar con mi grabadora, mi pluma y libreta y ya estaba.

De pronto, descubrí a Pepe Cárdenas, entonces reportero de Televisa, caminando en medio de la avenida. Micrófono en mano, acompañado de su grupo de camarógrafos, se dirigía hacia el centro de la ciudad. Me acerqué a él y le comenté lo de la credencial. Solidario —como solía ser entonces el gremio periodístico—, pero mayormente Pepe, nos permitió hacernos pasar como parte de su equipo. Nos cedió un micrófono y pasamos sin más. Todo Tlalpan, todo el centro resguardado ya por el ejército.
Al llegar a Pino Suárez se veía y olía por acá y allá polvo. Y también el silencio. Pepe Cárdenas se quedó en Fray Servando. Guillermo y yo seguimos a Mesones.
Gritos, prisas. Polvo grisáceo, triste cubría el cielo. Sobrecogía el espectáculo. El alma se quebró. El edificio de Mesones estaba colapsado. Fierros retorcidos, polvo, polvo y más polvo. Mi hermano, Othón, ya andaba moviéndose de voluntario en el edificio.

Ignacio!!!, Ignacio!!! Grité un par de veces a todo pulmón, haciendo bocina con las manos entre los espacios abiertos, con la esperanza de que si andaba por allí, respondiera.
Shhhh…shhh… silencio—, dijo alguien.
Era un grupo de cinco rescatistas que ubicaban la voz de una niña y su padre atrapados en los escombros. Esa niña era Marisol de 6 años. Su madre y el hermano, tres o cuatro años más grande que Marisol, estaban a salvo. En el momento del temblor, la madre y el hermano caminaban hacía la escuela del niño. Regresaría rápido por Marisol, ya que ella entraba un poco más tarde. Los cuatro vivían en la azotea. Sus padres eran los cuidadores del edificio. Marisol estaba herida, pero podía hablar. Su padre, en su afán de protegerla, la mantenía abrazada. Pero —a decir de la niña— su papá estaba dormido. Ella ignoraba que estaba muerto. Había que apresurarse a sacarla, antes que no pudieran desprenderla del brazo de su padre.
Hospital de Jesús, al tope
“Hay mucha gente en el hospital de Jesús”, me dijo mi hermano Othón (Toni). Allí estarán seguramente. Acordamos que yo iría al El Hospital de Jesús, ubicado en 20 de Noviembre, a unos pasos de Mesones, para buscar si estaban allí. Estaba al tope. Pasillos, cuartos, cada espacio había gente corriendo de un lado a otro. Los doctores y parte del cuerpo de bomberos en una incesante labor que, incluso a 40 años de ese hecho, me inunda el pecho de gratitud ante el gesto tan solidario que siempre mostraron. Auténticos héroes.

Entre el gentío vi a la madre de la esposa de mi hermano. Al reconocerme, fue a mi encuentro para informarme de lo que estaba sucediendo:
—Mis otros hijos están bien y ya afuera. Mi esposo y Luis, mi hijo, están ya ubicados. Y aunque, al parecer, hay una loza que mantiene atrapado el píe de mi hijo. Pero están bien. Es más fácil sacar primero a mi esposo, pero él no acepta. Pide que saquen primero a Luis. De los que nada sabemos son de mi hija, la nena y tu hermano. Ignacio. No responden. No sabemos nada.
Hasta ese momento, la pequeña Marisol, ya había sido rescatada. La estaban valorando. El doctor y a su hijo Luis fueron rescatados por la noche. Luis tenía lastimado los riñones a causa de estar doblado y sosteniendo el peso de un pedazo de concreto. Luis tenía a su favor la juventud y fortaleza de sus 21 años. Se recuperaría. Eso pensamos, pero no fue así. Por su parte, el médico no reportaba daño considerable alguno.

Corrí el periódico por la credencial. La iba a necesitar.
Mi hermano Toni, incansable, condición física de deportista, estaba removiendo escombros, buscando a nuestro amado hermano, a su esposa e hija.
La imagen de mi hermano Ignacio iba y venía. Callado, serio, siempre con sus grandes ojos almendrados viendo todo. Siempre discreto, respetuoso, de fino trato. ¡Qué tipo más fraterno era! Recién titulado licenciado en administración de empresas, con un futuro prometedor.
Mis padres llegaron de Guerrero. Querían saber si estábamos bien. Ignoraban que no localizábamos a uno de sus hijos. La debilidad de mi padre. El más amado por él.
Mi esposo se unió a la búsqueda.
El segundo movimiento telúrico, el reacomodo, vino al día siguiente por la tarde- noche. Se terminaron de caer los vidrios de muchos edificios y demás escombros, dificultando más aún los rescates. El miedo y la angustia arreciaron.

Mi hermano Toni, y mi esposo Guillermo, estaban ubicados como voluntarios y familiares de gente allí. Había también otros familiares de los desaparecidos del edificio en los trabajos de rescate. El haber estado allí desde el primer momento les permitía a mi hermano y esposo el acceso al derruido edificio con libertad. Yo, estaba identificada como reportera del periódico, enviada a supervisar las labores de rescate y dar testimonio ante el periódico de que estaban trabajando en esa zona. No quise decir que tenía un hermano y familia allí. Creí que era mejor que en esos momentos vieran en mi el interés profesional, solamente.
Ya habían arribado al lugar otra de mis hermanas y su esposo.
Los soldados, comprendiendo la inquietud natural de los familiares permitían observar a distancia las labores. Pero no dejaban que se acercaran. Mantenían la zona acordonada y estrechamente vigilada.

Por aquí y allá llegaban noticias de que Plácido Domingo trabajaba arduo en uno de los edificios de Tlatelolco y que tenía familiares allí. También de una conductora, señora madura de Televisa, que improvisada reportera y micrófono en mano logró irritar a gente que presenció su falta de sensibilidad al buscar la nota, el amarillismo. No era la única. La prensa amarillista no se quedaba atrás. Los grandes titulares y testimonios de algunos reporteros de periódicos poco serios, inventaban historias, distorsionaban otras.
Hay una parte que se ha sobreestimado. La solidaridad mexicana fue inobjetable. Pero no toda. Había también deseos de estar allí por morbo, por curiosidad. Y hubo rapiña también. Y mucha.
La pequeña Marisol
Marisol, la pequeña falleció de paro respiratorio. Luis, el hermano de mi cuñada, falleció también tres días después. Frente a los ojos empezó un desfile de ataúdes con cuerpos reconocidos por sus familiares. Entre ellos: un magistrado, su esposa y sus tres hijos. La familia completa. Los cuerpos rescatados eran depositados en la banqueta, sobre Pino Suárez, para ser reconocidos.
El tiempo apremiaba ya. Los días pasaban y era aún verano y el clima iba entre alguna llovizna, aire y calor. La situación empezaba ya a ser un problema de salud pública.
Una vez que sepultó a su esposo y a su hija, la madre de la pequeña Marisol decidió, como acto solidario, regresar al lugar para ayudar a bomberos y llevar aliento a los familiares.

—Se que usted está aquí como reportera, pero usted es hermana del joven Ignacio ¿Verdad? Tengo todos los años de vivir aquí y conozco a toditas las familias.
Me conmovió aquella mujer delgada, morena oscura, menudita. Frágil en su aspecto y con la mirada apagada. Sin más, me dio un abrazo y con voz suave me dijo al oído: Llore… llore güerita. No se aguante.
Me abracé a ella. Apenas unas lágrimas resbalaban por mis mejillas. No podía. Era demasiado el asombro, el dolor, la incertidumbre. Pero su abrazo lo llevo guardado como un bálsamo.
Siempre. La prueba más genuina de solidaridad y de amor de una mujer que hizo a un lado su dolor para ir a ofrecer consuelo a tantos y tantos. Nunca lo he olvidado. La recuerdo con admiración y profundo respeto a su grandeza humana.

Morgue al aire libre
La sacudida, el estupor, el miedo de algunos, el terror de otros. Instantes que se volvieron minutos. ¿Cuántos? Los que fueran. Medir el tiempo y vivir el tiempo son cosas diferentes. De allí su aplastante relatividad. Minutos de felicidad son instantes. Minutos de miedo, angustia y zozobra son eternidad
En las calles de México el asombro. Nada fue lo mismo. Vecindades del centro de la ciudad, derrumbadas. Y entre el polvo y cemento, cuerpos atrapados. La plancha del zócalo se convirtió en una gran morgue. El entonces Parque Delta del Seguro Social lleno de cadáveres esperando ser identificados y reclamados.
Un pensamiento ocupaba mi mente y mi corazón: Mis padres. Lo que estaba sucediendo rebasaba su comprensión. Yo sabía que para mi madre nunca saber, no tener un cuerpo qué sepultar, no saber dónde había quedado su hijo era un doble dolor. Demasiado era la pérdida de su hijo y añadirle no tener el bálsamo de darle una cristiana sepultura. Mi padre, una figura afectivamente lejana para mí y compensada por mi adorado abuelo materno, callado, y con gesto de angustia nada hablaba. Dos hijos eran su debilidad afectiva. De los demás podía manifestar orgullo, pero una de mis hermanas y mi hermano eran su debilidad inocultable. Tuvimos que convencerle que esperara en casa de una de mis hermanas, junto a mi madre, a recibir las noticias de nuestra parte. Queríamos evitarle a toda costa viera el espectáculo de horror y dolor que sepultaba el cuerpo de su hijo y familia.

Nada fácil de convencer. Un hombre de blancos y negros cuya convicción de llamar la atención a sus hijos estaba en aplicar la mano dura, el castigo físico —sobre todo con los varones—. Pero también presto a actuar hasta donde fuera necesario para cuidar a cada uno. Lo sabíamos capaz de adentrarse mar adentro, polvo adentro, mover escombros, pliegues, nadar entre las aguas, explorar cada rincón hasta encontrar a su hijo. Estaba luchando también por no mostrase vencido y ser el soporte de nuestra madre.
Allí entre los escombros, mi hermano Toni, incansable iba de un lado a otro. También callado. Serio. Amante del futbol, un chico sano. En sus ojos el cansancio y el dolor ante lo que veía. Pero sin darse por vencido. Sergio, el esposo de mi hermana Xóchitl, solidario, apoyando, confortando. Mi esposo, Guillermo —quien había perdido a su padre en un asalto a su casa, apenas ese abril— estaba allí, acompañando la búsqueda. El dolor nos sacudía nuevamente a ambos. Pero el amor y la conciencia de nuestro papel en la familia se ponía de manifiesto. Así fue siempre y ha sido entre nosotros. En ese sentido, hemos cumplido. Por azares, caprichos del destino o mandatos divinos nos ha tocado estar, acompañar, resolver. Y después, ya en casa, el proceso del dolor. El acomodo y la aceptación de lo que no está en nuestras manos detener o cambiar.
Al apoyo y búsqueda se unieron dos de los hermanos de Guillermo, Miguel Ángel y Juan Carlos. También, el esposo de la hermana de Guillermo, Arturo. ¿Cómo olvidar esas muestras enormes de apoyo y de valor de cada uno de ellos y de quienes allí estuvieron? El doctor Nicolás Vega Arroyo, padrino de bautizo de Ignacio, que vino desde Guerrero a saber de su ahijado y a apoyar a mis padres. El buen pariente y amigo de la familia Cisneros Manengo y que apreciaba tanto a mi hermano. Algunos compañeros del periódico.

De la agencia de distribuidora de autos, de la que mi hermano era administrador, llegaron sus compañeros con el uniforme de la agencia, picos y palas en brazos entrando al edificio, gritando su nombre. ¡Tantas muestras de apoyo y solidaridad! Al mencionar a cada uno, corro el riesgo de dejar uno fuera y sería una ingratitud; pero intento mencionar aquí algunos de quienes estuvieron de tiempo completo.
En casa, cuidando a mis padres y con el alma en vilo, los demás hermanos. Sufriendo por la zozobra. Los vaivenes emocionales que ponen al límite el alma. Cada uno sufriendo, pero conteniendo el dolor para resguardar a los padres de más dolor.
Los topos hicieron su aparición. Incansables, iban aquí allá.
Cinco días y aún no estaban localizados los cuerpos de mi hermano y familia. La esperanza de que estuvieran con vida era ya nula. Pero, de repente, un chispazo de aliento se asomaba. ¿Y si están atrapados en un claro que permite la respiración? ¿Y si antes que llegáramos nosotros los sacaron heridos y fueron a parar a un hospital? Y si… pensaba yo una y otra vez al recordar que había visto encima de los escombros vasos de vidrio cubiertos de polvo, pero intactos. Botellas de licor finos que eran reconocidos luego. Algún plato de vajilla.

Por aquí y allá surgían relatos de personas encontradas con vida aún. Los perros rastreadores habían localizado a una joven de familia libanesa que vivía en el edificio y que reconocí por el nombre como amiga de mi cuñada que en su momento me presentara. La joven había sido localizada viva, pero requería de un rescate extremadamente delicado. Una loza le tenía aprisionadas las piernas.
La desesperación era ya evidente. El Zócalo, el Parque México y otros lugares estaban atestados de cadáveres, esperando ser reconocidos por las familias. Una camioneta del ejército, apostada sobre Pino Suárez, esperaba por los cadáveres. Ya no era posible esperar su reconocimiento. Había que darse prisa porque el estado en descomposición era asunto de salud pública. Algunos burlaban el control de acceso al lugar y querían estar allí y pasar a reconocer los cuerpos. Otros insistían en querer pasar todos los integrantes a reconocimiento del cuerpo.

Gracias a que me veían con la credencial colgada al cuello, recogí testimonios y también me pude coordinar con un elemento del ejército para organizar y convencer a los deudos de que eligieran a un integrante de la familia: al más templado, para que pasara a reconocer los cuerpos que sacaban y así evitar la penosa tarea de pasar un viacrucis en el Zócalo o de nunca saber si iban a parar a una fosa común. Y así fue. El momento requería de objetividad, premura y prontitud.
Sorpresas que da la vida, ¡ay Dios!
Pasaron 8 días con sus noches. El 27 de septiembre, a media mañana encontraron a mi hermano, abrazando a su esposa Elvira y a su hija. Protegiéndolas con su cuerpo. Los tres juntos. Las cajas esperando.
Antes pasamos al registro civil a dar fe y que nos extendieran el certificado de defunción. Luego al crematorio.
Encogida por la pena y mi padre librando la batalla por no doblarse y sosteniendo a la madre de su hijo del codo. Allí estaban mis padres, mis raíces de la que vengo y de los que soy. Mi madre se había encogido de súbito. Más pequeña y demacrada. 66 años vencidos por el dolor. En los ojos verdes aceitunados de mi padre todo el dolor contenido. Nunca tuvo empacho en aplicar el castigo “necesario”, según él. Venía del castigo físico, reprodujo la fórmula en sus hijos. Pero no por igual. Una sola vez, en toda su vida la aplicó con mi hermano Ignacio. Y esa única a vez, le vimos arrepentirse y volcarse días después en muestras de cariño. Todos sabíamos que había sido, fue y era su debilidad. Allí estaba, domeñada por el dolor su otrora y sempiterna furia. Fuego apagado, vencido por el dolor. Le abracé, acarició mi cabeza, dijo algunas palabras de consuelo. Y calló.

La jefa del pool de Reportajes, me envío como antídoto al dolor trabajar. Escribir un reportaje, una crónica. Lo hice. Me irritó el encabezado “Reportera pierde a su hermano…” algo así. Luego, vino la parte de hacer un reportaje sobre la aplicación de la cirugía plástica reconstructiva en los sobrevivientes del sismo. ¿Qué había pasado con aquellos que quedaron atrapados por horas y días? ¿Cuáles eran las secuelas?
Lo hice. Allí, en el Hospital Médica Sur entrevisté al doctor Velasco. Habló de diversos casos que le tocó atender. Entre ellos, el de una chica a la que hubo que amputarle las piernas, debido al tiempo y peso de presión que tuvo en ellas. Una corazonada me saltó:
—¿Sabe de dónde fue rescatada la chica?
—Sí. De Mesones.
No pregunté más. Sí era ella. La chica rescatada con la loza en las piernas y amiga de la infancia y vecina de mi cuñada. Amine, su nombre. (Por respeto a ella y a su familia me reservo el apellido)
A 40 años, hay cosas que se van diluyendo. El dolor es uno de ellos. No así el amor y el recuerdo de nuestro entrañable hermano. Pero la memoria es selectiva y la que yo guardo es la del niño dos años menor que yo. Dulce niño de pelo ondulado y ojos amielados y a veces con destellos de aceitunas. Dulce hijo. Dulce hermano. Dulce amigo.

Ya de joven, bien parecido, flaco, elegante, su voz grave, bien timbrada, magnifico declamador en las reuniones familiares, celebres por la gente que conoce a la familia de mi madre en los que la buena conversación, el canto, la guitarra, la declamación afloraba. Y otra más que llevo grabada también:
En julio de ese 1985, en su fiesta de graduación de su carrera como administrador de empresas, contento por su meta cumplida me tomó de la mano y salimos a la pista a bailar: Rítmico, contento se soltó bailando la pieza: “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, Ay Dios”. Cada vez que escucho esa canción, inevitable no asociarla con esa ocasión como el vaticinio de lo que sucedería apenas dos meses después.
Por lo demás, el mayor aprendizaje sobre lo que una situación límite saca a flote lo tuve de manera personal allí, en esa muestra de la fragilidad de la vida. Allí, entre los escombros, vasos de vidrio intactos. Botellas de vino encima de colchones de polvo, pero intactos. Centenares de cuerpos enterrados debajo de ellos. Más frágil la vida a veces, más mucho más que un vaso de vidrio. Y un instante, sólo un instante basta para estar o no estar en este plano terrenal.

El duelo nacional y personal
Una vez que fuimos procesando la conmoción por lo sucedido en el terremoto del 19 de septiembre del 85, la vida empezó a tomar su cauce. Pero ya nada sería igual. Ni para quienes perdimos a seres queridos o conocidos, ni para quienes corrieron con la suerte de no perder a nadie. Porque las fracturas provocadas por el fuerte terremoto, no fueron solo geológicas; sino al corazón mismo de los millones de habitantes de esta ciudad que entendimos la fragilidad de la vida frente a la furia de la naturaleza.
Tardé meses para aceptar la realidad de su ausencia. Su imagen de niño callado, observante como siempre fue, venía a mi mente. Los juegos compartidos en la infancia. Su forma de ser tranquila, serena nos llevaba a mi hermano mayor y a mi a protegerlo, cuando teníamos que correr de la furia de mi padre, que no encontraba otra forma de meternos al orden, más que el cinturón. Sobre todo con mis hermanos varones.

Recordaba una de las escenas gratas de la niñez:
Mi hermano mayor 8 años, yo de 6, e Ignacio de 4, sentados en las mañanas sobre la banqueta, esperando a mi madre que ha ido al mercado y regresará con una gelatina para cada uno. Mientras ella hace el almuerzo, la comemos, esperamos que la suerte nos ayude y ver pasar al avión que va hacía Zihuatanejo. Todo un acontecimiento, puesto que no son frecuentes los vuelos todavía. Queremos ver al avión surcar esos cielos, jugar con la imaginación infantil y conferirle dones de magia. ¡Es tan divertido! En una de esas, quizá nos cumplirá nuestro deseo. A ver quién grita más fuerte: ¡Avión, avión, tráeme una bicicleta!, ordena el mayor. ¡Avión …avión…tráeme una muñeca de sololoy !, pido. ¡Avión…avión…tráeme un tliciclo! , grita él.

¡Avión…avión…!, que salga de los escombros mi hermano, repetía yo en silencio, años después e imaginando que al abrir la puerta del departamento le vería sentado en el sillón individual en el que solía acomodarse cuando nos visitaba. Allí estaría, con su larga y delgada figura de rostro anguloso enmarcado en su abundante cabellera ondulada. Su voz grave y el saludo de siempre acompañado de su media sonrisa.
Dicen que la memoria hace trampas. Y que cuando los seres amados se van, tendemos a magnificar sus cualidades y, en unos casos, hasta dotarlos de bondades inexistentes. En una familia cada uno tiene una opinión diferente de los hermanos. Pero en el caso de él, todos coincidíamos en varios aspectos de su personalidad y carácter. Una gran persona. El más noble y pacífico de corazón. Fraterno, cariñoso, callado, trato sutil y respetuoso con las hermanas.
Hoy, a 40 años de su ausencia física, a través de él, rindo un homenaje en mi corazón agradecido y resignado a Ignacio, esposa e hija. A la pequeña Marisol, a su madre ¡bendita sea donde quiera que esté! A cada uno de los que participaron en aquellas jornadas e hicieron a un lado su dolor para ir a ayudar a los que seguían atrapados.
Por siempre en mi corazón agradecido a Juan Carlos, hermano de Guillermo, fallecido de muerte natural este enero del 2025 a la edad de 65 años. A Juan Carlos, niño de 10 años cuando conocí a Guillermo.

A Sergio, mi cuñado, esposo de mi hermana y fallecido este mayo del 2025, a la edad de 82 años. En mi corazón agradecido, por su presencia y cariño hacia la familia
A todos los que aún están y estuvieron en esos momentos acompañando. Gracias… Gracias… Gracias… Y amén.
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