Autoría de 6:58 pm #Destacada, #Opinión, Víctor Roura - Oficio bonito • 2 Comments

Sabios – Víctor Roura

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No es fácil acercarse a los sabios.

      Una vez, Quino (nacido en la argentina Mendoza el 17 de julio de 1932 y fallecido hace un lustro, a sus 88 años. el 30 de septiembre de 2020) ilustró soberbiamente la vida de uno de ellos en una discreta historieta, como todas las suyas:

      Un intelectual se despierta cuando el Sol está en su apogeo.

      Se desamodorra con lentitud.

      Se sirve el desayuno pensando tal vez en alguna banalidad.

      Hojea un diario, bosteza, enciende la televisión, con su control cambia constantemente los canales.

      La tarde cae con estrépito.

      Come los restos de la comida de ayer.

      Mira su reloj.

      Se da una buena ducha.

      Se viste.

      En la noche sale de su mansión: elegante, con traje y corbata, se dirige a una estación radiofónica.

      La locutora lo recibe con admiración.

      Le dice:

      —Sabemos lo ocupado que está durante todo el día. Gracias por regalarnos unos minutos de su valioso tiempo.

Quino


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Eso es todo.

      Y así ocurre en muchos casos, en efecto.

      En alguna ocasión, un sabio me dijo que me pasara por su casa al mediar el día. Quería platicar conmigo de no sé qué cosa que le importaban sólo a él.

      No tenía ningún otro compromiso, así que decidí ir a visitarlo.

      Al llegar a su fabulosa casa, aún dormía —él, yo estaba más despierto que un piloto en Nueva York.

      Una señorita, sin embargo, me hizo ver que la cita estaba apuntada, de modo que no me podía retirar a menos que quisiera yo enmuinar al maestro.

      —De ninguna manera —acoté.

      Estuve, creo, poco más de hora y media a la espera de que el sabio me recibiera.

      Cuando por fin lo hizo, jamás se disculpó. Hablamos de intrascendencias relativas por espacio de más de una hora, lapso en el cual el maestro no fue interrumpido ni un instante, pese a las numerosas e insistentes llamadas telefónicas a su domicilio. La señorita que me pidió que no encolerizara al sabio aducía que el maestro se encontraba en su estudio estudiando, y así lo subrayaba con doble énfasis, una nueva tesis literaria que presentaría en un coloquio en el extranjero, que no se lo podía interrumpir.

      Cuando me retiré, el sabio se fue a dormir la siesta.

      La señorita me agradeció con redoblada gratitud la visita y me retiré con la inmensa sensación de la pérdida de tiempo que produce el haber estado inútilmente en un sitio donde era obvia la incómoda presencia de un interlocutor ajeno.

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Sí, recuerdo también la vez que estuve con otro viejo sabio: acababa de ganar un jugoso premio, él, y no cabía de gozo. Estaba yo ahí por azares del destino. Porque acompañaba casualmente a un amigo del sabio.

      Mientras platicaba, él, su amigo, yo, todos, de innumerables tonteras, alegre al fin por ese, según argüía, inmerecido galardón, recibía el sabio decenas de llamados telefónicos de interesados periodistas que querían tener un breve diálogo con el maestro, aunque fueran cinco minutos, rogaban en vano.

      La esposa del maestro los cortaba en un santiamén.

      El sabio estaba demasiado ocupado, no podía atenderlos.

      En realidad, el sabio se ocupaba de alzar su copa y llevarla a sus labios. Pero cuando recibía el llamado de algún político, su esposa le pasaba irremediablemente la bocina.

      Yo, que siempre había visto su firma en desplegados contra estos políticos que ahora lo llamaban calurosamente para felicitarlo, empecé a incomodarme. Más aún cuando recibió el llamado de un periodista de la televisión, tan zafio y parcializador de la escena política, acomodaticio y oportunista sin ley. Contestó de inmediato. Pero no estuvo nunca para ningún reportero, uno de los cuales, y yo lo sabía muy bien porque leía con frecuencia sus textos periodísticos, era un lector empedernido y devoto de la obra del viejo sabio. Cómo ignoran estos hombres a sus lectores verdaderos y se entregan a las complacencias de las amistades que, acaso sin leerse ya entre sí, no requieren de ningún comentario crítico sino sólo la loa inmediatista, tal vez efectista.

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Una vez, buscamos a un sabio para que nos proporcionara su perspectiva de la narrativa de fin de siglo e incluirla en un amplio reportaje en los últimos días del año 2000. No decía que no nos recibía, pero siempre posponía la charla.

      Así, una y otra vez.

      Cuando llegó el día de la publicación, en un recuadro anotamos que el sabio, por sus múltiples actividades, aplazó indefinidamente la entrevista, con lo que nos veíamos en la penosa omisión de sus importantes puntos de vista.

      Esa misma tarde, llamó a la redacción para reclamarme el atrevimiento por la insolencia de la acotación.

      No conforme con ello, llamó también al director del periódico para quejarse de mi incomprensible irreverencia: el sabio no podía tolerar que alguien no entendiera su recogimiento.

      “Hubiese bastado con que dijeras que no querías dar tu opinión”, le dije, pero la enemistad ya estaba sellada.

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Sabios.

      Es difícil acceder a ellos.

      Muchos ahora piden un cuestionario previo por Internet. De otra manera es imposible acercarse a sus pensamientos.

      Ya he referido con anterioridad la ingrata anécdota que me ocurrió cuando quise aproximarme a un emérito investigador de una respetada universidad. Sencillamente, no fue posible. La secretaria obstaculizó cualquier trámite.

      “Tiene mucho trabajo —pretextaba la señorita—. Si no me dice para qué lo quiere, no voy a poder hacer nada por usted”.

      Le indicaba, del mejor modo posible, que lo único que quería era entrevistarme con él para hablar sobre su última investigación.

      “Quiero platicar sobre el diccionario que acaba de publicar —decía yo, desesperado—. Nada más de eso, de ninguna otra cosa, despreocúpese usted”, imploraba casi ya vencido.

      “¿Sobre cuál investigación me dice usted?”, arremetía bobaliconamente la secretaria. Le hice ver su ineptitud y colgué y, al yo colgar, lo primero que hizo fue hablar a la dirección del periódico para reclamar mi impertinencia y mi ofensiva actitud, según refirió posteriormente. Que los investigadores están dispuestos a hablar. Faltaba más. Pero hay modos. Lo que me faltaba a mí les sobraba, sí, a los sabios: decencia.

      Por supuesto, yo no entiendo a todos los sabios.

      Dicen estar ocupadísimos, pero al primer llamado de un político de alcurnia, no se diga si es del primer mandatario, acuden presurosos y raudos, sin importarles que la cita quede hasta el quinto infierno. Ahí están, solícitos, aunque nada digan ni intervengan en las sesiones. Lo importante para ellos es que sean mirados por los anfitriones. Ser observados. Saber que otros, los poderosos, supieron que ellos no faltaron a la cita. Ahí estuvieron y ahí están.

      Para lo que se le ofrezca, Señor Presidente.

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También recuerdo cómo varios sabios, en una primera entrega de las becas del sistema cultural, hacia principios de la década de los noventa del siglo XX, siendo integrantes del jurado para seleccionar a los beneficiados, ¡se repartieron para ellos mismos las primeras becas porque, reconocieron modestamente, nadie más, ningú otro, se las merecían.

      También recuerdo cómo a un viejo sabio, millonario él, por un pequeño accidente hogareño, el gobierno le regaló, al otro día, una nueva casa para que se olvidara del incidente gravoso de su vieja casona.

      Ahora también sabemos que a los sabios no les gusta revelar su sabiduría. Así se lo dijeron los del Colegio de México a un periodista de asuntos culturales. No les gusta que se husmee en sus territorios. No les gusta ser molestados, ni cuestionados. Los sabios (científicos, escritores, intelectuales…) están para su sabiduría. Nada más, y nadie tiene derecho a perturbarlos… excepto el presidente de la República, evidentemente.

      Por eso Quino, sabiendo de estas particularidades hazañosas, ideó aquella gloriosa historieta.

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Last modified: 6 octubre, 2025
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