Dicen que la atención es el nuevo oro, pero a muchos ya se nos fue la mina. Basta abrir el celular “sólo para ver la hora” y acabar, cuarenta minutos después, conociendo la biografía de un canguro albino que vive en Australia. No es broma: la distracción moderna no tiene límites ni vergüenza. Vivimos en un mundo donde todo compite por un segundo de nuestra mirada y nosotros vamos regalándola como si tuviéramos infinitas.
Hoy no se necesita talento para perder el tiempo, basta con una conexión estable y algo de ansiedad. La humanidad, que una vez conquistó el fuego, ahora se enorgullece de hacer scroll sin sentido hasta quedarse sin batería. El tiempo libre ya no se disfruta, se rellena y los minutos se escapan sin que alguien lo note.
El problema no es distraerse, eso es de humanos, sino que la distracción se ha convertido en la forma habitual de vivir. Todo está diseñado para robarnos la atención: las notificaciones, los anuncios que se disfrazan de noticias, los videos que empiezan solos. Es una guerra silenciosa y nosotros somos el botín. Nuestro cerebro, que evolucionó durante tantos años, ahora se deja llevar por lo primero que aparece en frente.
Claro, hay distracciones nobles: ver un amanecer, regar las plantas, escuchar una canción sin adelantarla, preparar un café, conversar sin mirar el reloj, observar el cielo o simplemente existir un poco sin apuros. En cambio, todos sabemos lo que es abrir una aplicación y caer en un agujero digital del que salimos sin recordar cómo entramos.
Y lo curioso es que la distracción se disfraza de productividad. Nos sentimos ocupados, aunque no avancemos. Revisamos correos, respondemos mensajes, cambiamos de pestaña, abrimos otra y terminamos agotados sin haber hecho nada real. Es como correr en una caminadora emocional: mucho movimiento y seguimos donde mismo.
Según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), México ocupa el tercer lugar mundial en uso de dispositivos móviles, con un promedio de ocho horas diarias frente a la pantalla. Sólo nos superan Brasil y Colombia. La Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH) del INEGI confirma la cifra, y un reporte de Branch añade que el 91.5% de los mexicanos usa el celular para redes sociales, mientras que el 88.1% lo destina al entretenimiento. En contraste, países como Japón y Suiza registran apenas entre 3.5 y 4.6 horas diarias; tal vez por eso ellos fabrican relojes y trenes bala.
Hay momentos en los que la distracción se vuelve casi filosófica. Por ejemplo, cuando alguien abre el refrigerador sin saber qué busca. Ahí, frente a los tuppers y el medio limón seco, se enfrenta a la verdad: no tiene hambre, ¿pero entonces qué está haciendo? O cuando ese alguien entra a una habitación y olvida por qué. Es como si su mente hubiera tomado un Uber a otro lado sin avisarle.
Tal vez distraernos tanto tiene que ver con evitar algo más profundo: el silencio, el vacío, el pensamiento sin música de fondo. Estar atentos duele, porque implica ver “lo que hay y lo que falta”. Así que elegimos el ruido, el brillo, la comodidad de no pensar demasiado.
Y la atención, cuando logramos rescatarla, puede considerarse ahora un acto de resistencia. Escuchar activamente la clase de matemáticas, leer un texto sin cambiar de pestaña, esperar en una fila sin sacar el celular, comer sin revisar notificaciones, saborear un té caliente antes de que la vida, o alguna distracción, decidan enfriarlo: todo eso se ha vuelto casi revolucionario. También lo es ver una película completa sin tocar el teléfono, hacer cualquier tarea sencilla sin abrir Spotify, caminar sin audífonos sólo para escuchar lo que sucede alrededor o mirar un paisaje sin la urgencia de tomarle foto. Igualmente lo es sostener una conversación sin que el pensamiento se vaya de excursión, llevar una idea hasta el final sin que otra le robe el turno, abrir un libro y no una app, recordar un cumpleaños sin ayuda de las redes sociales. Incluso disfrutar realmente un momento de pausa sin buscar “algo por hacer”. En un mundo diseñado para distraernos, estar presentes no sólo es raro, es un lujo que no debería costar tanto.
Quizá el secreto no sea eliminar las distracciones, sino elegirlas mejor; porque distraerse también puede ser una forma de vivir si se hace con intención.
Si vas a perderte, que sea mirando un atardecer y no los anuncios. Si vas a desconectarte, que sea para reconectarte con algo más real.
Al final, cada quien decide en qué quiere enfocar su tiempo y a qué quiere dedicar su atención. Algunos eligen el trabajo, otros el amor, otros el entretenimiento, otros el deporte; opciones hay de sobra. Y está bien si nos llegamos a distraer cuando aparece un video de patos con sombrero. Lo importante es que, cuando nos perdamos, al menos sepamos que lo hicimos a propósito.
Si llegaste hasta aquí sin revisar notificaciones: ¡felicidades! No sólo leíste un texto completo, también sobreviviste un momento a la era de la distracción total. Ahora sí, date permiso de ver un video de esos que tanto te gustan: te lo ganaste.
“La mente que se dispersa no puede ver la verdad”.
Buda.
Webgrafía:
AQUÍ PUEDES LEER OTRAS ENTREGAS DE “SAPERE AUDE”, LA COLUMNA DE AGUSTÍN VILLANUEVA OCHOA PARA LALUPA.MX
https://lalupa.mx/category/las-plumas-de-la-lupa/agustin-villanueva-ochoa-sapere-aude


