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Nueve días previos al festejo de su cumpleaños número 83, se efectuará a partir de mañana martes 18 de noviembre (en la Sala de Consulta de la Biblioteca Central de Ciudad Universitaria a las 16 horas, además del miércoles 19 y el jueves 20 en ese mismo recinto) un merecido homenaje a Federico Arana —nacido en Tizayuca, Hidalgo, en 1942— por su significativa contribución a la cultura mexicana en este caso, sólo, por su participación e intervención en el rock nacional, de ahí el título de la celebración: “El Estruendo del Sonido y la Furia de las Letras: el Rock Mexicano Entre Libros”.
Como mero anecdotario he de decir que, antes de la pandemia, en una conferencia ofrecida en la Universidad Autónoma de Hidalgo pedí a las autoridades culturales de ese estado, con Federico Arana presente, que reunieran en diversos tomos la obra completa de Federico Arana, solicitud bien recibida en aquel momento —y con vítores del público ahí reunido— pero, a la fecha, demanda desoída (aniquilada, indolente, desdeñosa), pese a la grandeza literaria de su autor.

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Un año después de haber aparecido Helarte de la errata de Carlos López, el caricaturista, poeta, dibujante, narrador, músico, dramaturgo y compositor —Premio Xavier Villaurrutia 1973 por su novela Las Jiras— Federico Arana dio a conocer, en 2006 —prácticamente hace dos décadas—, su libro 1001 puñaladas a la lengua de Cervantes (Grijalbo).
¿Quién dijo que debíamos saber hablar para comunicarnos?, pregunta Federico Arana en su puntual, y sin duda horroroso, muestrario de lo mal que se expresa la gente, sobre todo la que labora en los medios periodísticos, electrónicos o escritos —entonces comenzaba apenas la Internet a volar digitalmente sus alas—, la que debería, en un supuesto generalizado, poseer [ya no digamos perfeccionado, sino por lo menos] un correcto léxico.
Los ejemplos que Federico Arana logró reportar (bastaba con encender la televisión en cualquier momento, finalmente) son numerosos a la vez que —y disculpe usted la aleatoria rima— bochornosos.
“Televisa —dice Arana— ha destacado desde sus orígenes por una manifiesta vocación de desinformar e idiotizar a quien cínicamente suele denominar ‘el respetable’. Durante muchos años sufrimos noticiarios al servicio del PRI-gobierno, telenovelas para subnormales, programas dizque humorísticos a cargo de personajes con coeficiente intelectual nulo [¿no Chespirito (1929-2014), emulando a Vicente Fox Quesada —para vergüenza de los mexicanos—, afirmó en Colombia que el asombroso Guernica de Picasso era una caricatura, no una pintura?], cronistas deportivos oligofrénicos. Algo de horror. Luego se acabó el monopolio y pasamos de Guatemala a Guatepeor. En efecto, Televisión Azteca resultó aún peor que su impresentable modelito. Algo de horror y medio. Y ambas compañías se enfrascan en un duelo implacable para ver quién alcanza las simas de la escala zoológica, quién consuma más violaciones tumultuarias a la lengua, al decoro y a la razón, quién exhibe con mayor crudeza sus profundas perversiones sexuales y quién contrata a elementos más inadmisibles, más ignorantes, más obtusos, más desquiciados”.
Y tenía razón Federico Arana, para desgracia nuestra.

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Mónica de Alba, reportera de Canal 2, dijo en Contraste (5/1/04) que había gente “de todos los extractos sociales”, cuando lo que quiso decir fue “estratos”. Leonardo Kourchenko (1962) discurrió que “el único remedio para salir de sus casas es nadando” (Canal 2, 9/X/00), por lo que el buen Federico Arana fue corriendo al diccionario para ver si remedio era sinónimo de manera, pero no: “El tal Leonardo —continuó Arana— debe haber tenido también serios problemas educativos. En cierta ocasión sostuvo que el pejelagarto es un reptil, pese a que en la nota correspondiente señalaban repetida y acertadamente que, como su nombre lo indica, es un pez (23/IV/03)”.
Un par de meses antes (29/11/03) anunció, Kourchenko, que el descubrimiento del ADN había ocurrido 50 años atrás: “El ADN o ácido desrixibi… derroxisi… derri… redi… bueno, el ADN”, pero viene, dice Arana, “la inclemente andanada de publicidad” y al volver intenta, Kourchenko, limpiar su imagen: “Hace rato me refería al ácido derroxi… dexirri… nonucleico…”

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Adela Micha (1963) solía decir: “Y yo le adelanto lo que esta noche veremos enseguida”, pero, corrige Arana, “si es enseguida” y el programa se transmite esa misma noche, no cabría decir algo como “lo que pasado mañana veremos enseguida”, tampoco “lo que mañana al mediodía veremos enseguida”.
Asimismo, esta informadora reportó: “En Mazatlán desapareció un barco y su tripulación”, lo cual equivale, enfatiza Arana, “a decir que vino Juanito y Pedrito”.
Por supuesto, el examen —¡y vaya que la investigación fue exhaustiva e imparcializada, pues no sólo remienda a los fatídicos locutores sino también exhibe puñaladas idiomáticas de intelectuales aparentemente infalibles!— es apabullante y aleccionador: cómo el libro, acaso sin querer (porque su objetivo fundamental es denunciar el pésimo uso del idioma de quienes debieran ostentar un pulcro lenguaje), nos conduce hacia la búsqueda del refinamiento expresivo propio. Y cómo, sin ser ése su propósito, se puede aprender de los yerros (o, de plano, disparates) ajenos.
Jacobo Zabludovsky —fallecido en 2015 a sus 87 años de edad—, en Radio Red (20/1/05), “hizo el favor de informarnos” que “un tal Vélez”, empleado de Televisa, al perpetrar el Día del Compadre “puso feliz a muchas instituciones”. Ese día, dice a su vez Arana, “hizo infelices a varios radioescuchas”. Es sabido, pues, que al cazador más veterano también se le va la liebre.

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¿Cuánto tuvo que haber escuchado y leído Federico Arana para construir su libro?
Lo cierto es que incorporó a 722 personajes, de los cuales sobresalen —con innumerables menciones— Adela Micha (en 16 ocasiones), Guadalupe Loaeza (14 veces) y, por supuesto, Vicente Fox Quesada (¡con 20!), quien, dice Arana, el 19 de junio de 2005 “nos hizo sentir vergüenza ajena” cuando declaró: “Se escasean las oportunidades”. Arana ironiza: “¿Ven lo que ocurre cuando escasean las lecturas?”
Otra de Fox (1942): “Creceremos el presupuesto” (26/V/00) en lugar de “haremos crecer el presupuesto”. Está visto, sentencia de nuevo Arana, “que la investidura no garantiza nada”.
Hasta “los grises ejecutivos” del Banco Santander son “capaces de recapacitar y alumbrar el camino”: “Abre tu propio negocio o hazlo crecer”.
Carmen Aristegui (1964) hablaba de “la agudización de la presencia de las lluvias” cuando, ejemplifica Arana, sólo tenía que decir “el aumento de las lluvias”.
¿Cómo interpretar esto?
“¿Barroquismo, pedantería, miedo al vacío, ganas de lucirse, cursilería?”
Germán Dehesa —fallecido a sus 66 años en 2010—, refiriéndose a la diversidad de criterios entre huelguistas de la UNAM, escribió: “… pero hay muchachos que están muy claros con respecto a lo que quieren” (13 palabras) cuando bastaba decir, precisa Arana, “algunos muchachos tienen claras sus metas” (seis palabras).
Acerca de los “latiguillos generalizados en México”, Arana pone en primer término la palabra “esté”, que “va sembrando la desolación en nuestros dichos de manera implacable, algo parecido a las mangas de langosta en Mauritania”.
—¿Cree usted que el Tratado de Libre Comercio nos beneficia?
—Esté, ps ora sí que esté, ¿cómo le dijera?, ps esté yo pa qué más que la verdá…
El segundo lugar lo obtiene el “o sea” y luego el “pues fíjate que no”.
Es decir: 75 por ciento de paja (“pues fíjate que”) y 25 por ciento de sustancia (“no”).

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Y la cosa, dice Federico Arana, puede resultar aún peor: “Pues no me lo vaya a tomar como mala respuesta, pero fíjese usted que la mera verdad ps no”.
Si la población “sufre tabaquismo, anorexia, obesidad y delincuencia organizada, resulta criminal abandonarla y pretender alegremente que se defienda sola. Pues bien —advierte Federico Arana—, la lengua sufre también envenenamientos, anorexia, incompetencia y torpeza así como radio y televisión” (y eso que en aquellos tiempos no se surtía el mexicano con miles de canales en la web), de manera “que los gobiernos no pueden ni deben eludir su responsabilidad”.
Pero, ¿qué pudo haber hecho México con un presidente como Felipe Calderón (1962) a quien le encantaba mirar los programas de AdaI Ramones y escuchar las canciones de Shakira… y luego prometer que iba a renovar la educación nacional?
¿No debió, primero, él apagar su televisor y poner en el tornamesa mejor, digamos, a Luis Eduardo Aute, para no exagerar recomendándole a Mozart?

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La muletilla que está en boca de todos, ahora, es “haz de cuenta”, pero si la gente la suprimiera no pasaría absolutamente nada: “Mira, haz de cuenta que soy el verdulero y te vendo…” se convertiría en “Mira, si fuera el verdulero y te vendo…”; o “haz de cuenta que voy peinado como el novio de Barbie…” pasaría a “voy peinado como el novio de Barbie”, pero estos estribillos son frecuentes y pasan, ya, como frases idiomáticas correctas… vaya uno a saber por qué.
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