Autoría de 4:19 pm #Opinión, Víctor Roura - Oficio bonito

Fragilidad y errancia – Víctor Roura

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Cuando se pregunta: “¿Para quién se hace el periodismo cultural?”, lo que en realidad se está cuestionando no es el carácter del oficio sino corroborando, en todo caso, el extravío de la sensibilidad social. Porque lo que soterradamente refleja la interrogante es la aceptación de la pérdida de la identidad propia por pertenecer, ya, al ámbito de la inducción mediática: no se conoce, pues, otro circuito que el televisado

(no en balde, ni hablar, existen termómetros de los espectáculos, más que culturales, hasta en las televisoras públicas: la muerte de José José en 2019 mereció más espacio en Canal Once que el fallecimiento de cualquier poeta). Por eso se cree que la cultura, o lo que se quiere creer como cultura, es aquello que le es ajeno al individuo, es aquella sustancia elitista, ese asunto minoritario que interesa sólo a unos cuantos, para aquellos cuyo intelecto es inalcanzable… por alguna razón, sin que nadie se lo preguntara, el escritor Salvador Elizondo (1932-2006) daba gracias a Dios por haber pertenecido, él, a una clase elitista diferenciada de las clases populares que no entienden nada de cultura.

      Porque precisamente los aparatos electrónicos vulgarizaron, o trivializaron, o adocenaron, tanto la vida (mismo criterio perpetuado ahora en los miles de canales de las redes sociales) que la concentración del pensamiento pareciera algo imposible. De ahí que la gente se suponga distante del ejercicio reflexivo: no hay nada como abaratar la cavilación.

      Después de todo, resulta más sencillo dejar reposar las ideas que hacerlas cabalgar a campo traviesa.

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Pero es, sin duda, peor esta otra pregunta: “¿Para qué se hace el periodismo cultural?”, que ya naufraga en su hipótesis, que ignora al destinatario, que carece de tegumento normativo.

      “¿Para qué?” es remitir a la vacuidad.

      “¿Para quién?” es desterrar el objetivo.

      Porque lo obvio no se pregunta, como obvia es la cultura que cada quien representa a partir de sus cuestionamientos.

      Los futboleros jamás se preguntan para qué se hace el periodismo deportivo, ni para quién se hace.

      Los fanatizados del entorno de los espectáculos nunca se preguntan para qué se hace la prensa del corazón, ni para quién se elabora, pues se da como un hecho la existencia de los receptores: los que leen The New York Times o The Guardian o El País o La Jornada no preguntan para qué se hace el periodismo político o la prensa de las finanzas, mucho menos se preguntan a quiénes se dirigen estos consorcios de la comunicación.

      Si se cuestionan, en cambio, las razones por las cuales se trabaja el periodismo cultural es porque no se tiene el hábito de leerlo. Es porque se puede prescindir de su lectura, como no es posible prescindir de la costumbre de leer, o de mirar por encima, lo ocurrido en el deporte o en la farándula o en la política.

      El hombre puede no leer un poema, pero no puede dejar de estar enterado qué vistió la actriz millonaria durante la entrega del Oscar. Puede no estar informado acerca de la nueva coreografía de la compañía nacional, pero no puede dejar de saber cuántos goles metió Messi el fin de semana. Puede no saber quién es Gabriel Vargas, pero necesita saber qué dice esta mañana su yutubero preferido.

      Si a la cultura hay que desentrañarla es porque no va del brazo de la humanidad. Por eso la costumbre de la violencia, del vandalismo, de la nota roja, de la chismografía, del ensalzamiento del espontáneo heroísmo deportivo, de la adicción (aunque carezca de dicción) del ídolo, de las minucias que con ellas se puede pasar la vida sin preocupaciones metafísicas. No es necesario subrayar el embrutecimiento al que convoca cotidianamente un medio electrónico, razón por la cual nadie pregunta por qué se trabaja el periodismo dedicado a la pantalla digital. Se da como un hecho. Es un hecho, cosa que no sucede con la cultura, de modo que la pregunta por su existencia sea, hasta cierto punto, normal en una sociedad desacostumbrada a ella, como si fuera un asunto ajeno a su construcción, inciso que describe, por sí misma —la pregunta—, las entrañas de un país.

      No en vano se asegura que cada nación es según el modelo de su constitución cultural, de ahí el rezago, por ejemplo, de los fundamentalistas orientales, cuyo énfasis en disminuir a la mujer es persistente y cruel: la igualdad en el terreno humano es absolutamente inexistente. Lo mismo ocurre con la enajenación, cuando el enajenado ignora que lo es. Y, peor todavía, cuando el enajenado se resiste al goteo cultural: en su inopia es incapaz de distinguir las fronteras entre el espectáculo y la cultura.

      Porque no es finalmente, la pregunta, cualquier tipo de pregunta, sino una básica, esencial, fundamental: “¿Para quién se hace el periodismo cultural?”, que no debería preguntarse sino darse por un hecho, como es un hecho la existencia de una actriz millonaria que camina en la alfombra roja, como es un hecho el futbolista que consiguió milagrosamente anotar un gol olímpico, como es un hecho el chisme de una vulgar cantante que rodó en las sábanas de un majadero actor de telenovelas, como es un hecho la existencia de una conductora que ha logrado salir al aire por su descomunal cuerpo, como son un hecho, ¿por qué no?, la existencia de un bello poemario, de una compleja coreografía, de una sorpresiva obra de arte, de una dramática dramaturgia, de una frágil artesanía, de un dulce beso.

AQUÍ PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “OFICIO BONITO”, LA COLUMNA DE VÍCTOR ROURA PARA LALUPA.MX

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Last modified: 24 noviembre, 2025
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