Entre los periodistas los sacudimientos son íntimos y devastadores, aunque en principio nieguen sus desavenencias.
En el periodismo no existen los amigos ni los amores perennes, sí los encaramamientos (y encaramientos, y encamamientos, y encariñosamientos, y encarnizamientos, por qué no).
Y reconozco la desfiguración del verbo.

Pero encaramarse es una glosa reinante entre los habitantes del gremio. Porque me refiero, por supuesto, a las parejas de parecida profesión. Es más probable la satisfacción, y la perdurabilidad, de un periodista con una mesera, o una paletera, o una bailarina de fragores árabes, o una mudancera, o una pintora que con una periodista, y al revés.
Tal vez sea más feliz una periodista con un carbonero, o un horchatero, o un voceador, o un banquero (bueno, aquí lo dudo mucho, aunque las esposas de banqueros suelen hacerse de la vista gorda ante los embrujos amatorios ajenos de sus cónyuges), o un agente judicial (o viajero), o un impresor, o un pescador que con un periodista.
Por aquello de los ascensos.
No he conocido a un director de diario que no haya compartido el lecho con sus reporteras más atractivas, a sabiendas de que sus esposas, como las esposas de los banqueros, o de los políticos, o de los cantantes mediáticos, o de los futboleros, se hacen de la vista gorda. Y cuando se halla de veras el amor entre los pares de oficio resulta que no coinciden las ideologías, o el placer culinario (“pues no sé cómo le haces pero, mi vida, te comes toda la cebolla”), o las desazones televisivas, o no concuerdan, maldita sea, las edades que perturban las moralidades sociales.
¿Por qué estas sutilezas, como los aleteos de un colibrí, son inadvertidas, o parecen no advertirse, en los pasillos de las redacciones?

Mis ojos han mirado, conmovidos, el abandono de una periodista por la insufrible reciedumbre de un colega suyo de, digamos, alto nivel. He sido testigo del instantáneo enamoramiento de una periodista, casada con un periodista de su mismo rango, por un entrevistado que la ha enloquecido de súbito; pero estas calamidades no suelen ocurrir en una periodista que es amante del subdirector de una revista. Jamás. Preferiría, sólo, morderse con discreción los labios delante de un acaudalado de Elektra.
Son moralidades en contubernio, creo.
He conocido al dueño de una publicación en cuya azotea, aparentemente yerta, se erige un penthouse con alberca para disfrute de su libidinosidad momentánea con la mujer que así lo deseare. Y vaya que se encaraman (dicen que encamar es su verbo sinónimo, si bien hay quien dice que es el verbo que procede en consecuencia de encaramar; otros, prosódicos, diestros con su lengua —pruritos con la encimosidad redactora—, casi hermeneutas, dicen que encamar es apócope de encaramar; no lo sé). La conjugación de dicho verbo es explícito: yo encaramo, yo encaramaba, yo encaramé, yo encaramaré, yo encaramaría, yo encaramase, yo hubiese encaramado, yo habría encaramado. En todos los tiempos aparece irremediablemente el amor. Por eso a los hombres y a las mujeres les encanta encaramarse.
Recuerdo a un director de izquierda que encaramaba con la derecha a cuanta mujer bonita viera andar, como ciruela endomingada, en sus dominios. Y, con donaire, ella no podía negarse a tales ofrecimientos. Es como si la aspirante a la diputación se negara a tomar una copa con el profuso senador en alguna cenaduría de Polanco.
Los juegos se juegan con la cabeza, no con los sentimientos.

De ahí que los amores, desde los tiempos inmemoriales, sean repartidos inequitativamente: siempre ganan los que están arriba del escalón en que uno apenas anda subiendo.
Cuando era reportero una bella dama me preguntó si ocupaba yo, y yo la miraba perturbado en sus ojos de prometedora alcancía corporal, algún puesto trascendente en el diario donde laboraba. Que eso había escuchado, mujer de ralo oído. Dije que no, que era un reportero, pero de los más feroces de la campiña. Como si eso importara a una encaramadora. Estábamos en una fiesta de ruidos impronunciables. Se tomó una copa y partió en busca de un mejor destino. Luego la vi, desmesuradamente alegre, con el estupefaciente subdirector del diario, que de haberse dedicado a la salchichonería en su vida hubiera tenido enfrente suyo a mujer más bella.
De amigos no hay mucho que decir. Sólo están mientras dura el éxito. O, mejor, su éxito. Porque el mayor enemigo de un periodista, y lo he dicho numerosas veces, es otro periodista.
Un periodista suple con prontitud el lugar de un periodista expulsado. No hay miramientos, sino encaramamientos. El objetivo es situarse en el escalafón siguiente. Porque la envidia, la ambición, la combustión indigna, corren por las venas de un periodista como la natural coquetería en una porfiada, distraída, obsequiosa meretriz. Yo tuve una vez dos amigos que se esfumaron cuando vieron que ya no había más oportunidades de encaramarse en mis decisiones, turbias para ellos, transparentes para mí, como hubieran sido, quizá, turbias para mí si de ellos hubiesen provenido las decisiones y transparentes las suyas, seguramente. Porque, en esta vida, siempre los equivocados son los otros.

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Tuve la duda y lo googlee. Me salió esto 👇🏽
“Yo encaramo” se refiere al verbo encaramar (transitivo), que significa levantar o subir a alguien o algo a un lugar elevado o difícil de alcanzar.
Ejemplo: “Yo encaramo la caja al estante más alto”.
“Yo me encaramo” se refiere al verbo encaramarse (pronominal), que se usa para indicar que la acción de subirse a un lugar la realiza el propio sujeto (es reflexivo).
Ejemplo: “Yo me encaramo a la silla para llegar al foco”.