Autoría de 7:09 pm #Destacada, Amílcar Salazar - Filo rojo • 2 Comments

¡Santa pirotecnia! Entre fiesta y tragedia

REPORTAJE Y EDICIÓN FOTOGRÁFICA: AMÍLCAR SALAZAR ANAYA / LALUPA.MX

Casi todas las noches, el cielo de San Nicolás se hace añicos. Un cohete sube, otro estalla y siguen más. El estruendo retumba entre los cerros grises y las casas de ladrillo rojo de esta comunidad de siete mil habitantes situada en la periferia del pueblo mágico de Tequisquiapan, Querétaro.

Marcela Sánchez, de 54 años, aprieta el rostro antes de que llegue el siguiente trueno. Sabe que viene. Siempre viene. La pólvora es un fantasma que nunca se va: invisible hasta que explota.

La angustia de la mujer es compartida por sus dos perritos ratoneros, Mago y Brujo, que corren a refugiarse debajo de la cama en cuanto oyen el primer petardo. Cuando se lanzan cohetes en cadena, una de las mascotas suele temblar tanto que se orina encima.

La parroquia de San Nicolás de Tolentino, en Tequisquiapan, no deja pasar ninguna fiesta sin elevar los fuegos pirotécnicos

En la habitación del fondo duerme su nieta de siete años, una niña que a decir de algunos médicos es “muy nerviosa” y por ello suele llorar en silencio hasta que cesan los estrépitos.

Un especial gusto por la pirotecnia parece caracterizar a los administradores de iglesias de San Nicolás, como también a buena parte de la población de Tequisquiapan y de otros municipios del estado de Querétaro, tales como Cadereyta de Montes, Colón, Ezequiel Montes, San Juan del Río y la propia capital, donde protestas como la que aquí expone Marcela se oyen por doquier.  Y es que son muchos los grupos de adultos, jóvenes o niños que aprovechan las fiestas religiosas, políticas o privadas para salir a “quemar lumbre” por las calles.

“Es como quemar dinero”

—Yo pienso que tronar cohetes es como quemar dinero, no entiendo que hagan eso con tanta necesidad que tienen las familias —se queja Marcela en voz baja, casi un susurro que compite con la estridencia de la pólvora.

—Quemar dinero y… quemar nervios, ¿cierto? —comenta el reportero de LaLupa.mx, a quien le toca ver y oír, desde las afueras del hogar de la entrevistada, el impacto de los fulminantes que se elevan al cielo desde una iglesia que está a pocas calles de distancia: la parroquia de San Nicolás de Tolentino.

Los estallidos también suelen agitar el amanecer del pueblo, a veces a las seis en punto, los cuales suelen lanzarse desde la otra iglesia que posee esta localidad con mayoritaria población católica: el Templo de la Divina Infantita, también llamado Templo de María Niña, edificado sobre un cerro.

—Casi a diario truenan cohetes por acá. A veces es por la fiesta patronal, o porque pasean a la María Niña o porque habrá rosario. Pero también es por nada: es la misma  gente, los muchachos, que sólo buscan hacer bulla, dice Marcela y muestra al visitante unos trocitos de cartón que el viento arrastró hasta su patio. Es la carcasa de un cohetón que alguien soltó la noche previa.

—¿Dónde compran tantos cohetes? —se le pregunta a Marcela y ella responde al tiempo en que enfila la mirada hacia la calle:

“Allá… en el tianguis hay. Los esconden en cubetas de pintura y sólo los tapan si ven algo. Pero en muchas casas los venden. Una señora, María Elena, tiene tiendita en su casa. Otra señora, doña Vicky y doña Mary, son hermanas, cada una vende en su casa. Está una familia de comerciantes a los que les dicen Los Transas. También un señor al que le llaman El Oreja Mocha. Él los vende en su camioneta. En las fiestas, once o doce de la noche, ahí está vendiendo cohetes. También vende cigarros.”

La vistosa ceremonia de “velación de cohetes” se practica simultáneamente en las dos iglesias que posee San Nicolás

Fuentezuelas: tristeza y silencio

Construida en 1897, la Capilla de Fuentezuelas, denominada Del Señor de la Misericordia, está a dos kilómetros del centro de la comunidad, dentro de un apacible barrio residencial. Las calles empedradas y arboladas que rodean al templo lucen solitarias. Hay casas amplias, incluso de diseño contemporáneo, que al igual que otras tienen ventanas cerradas, ya sea por cortinas, encajes o estampas religiosas.

Hace siete años, Tequisquiapan —y todo Querétaro— sufrió aquí la mayor tragedia pirotécnica de su historia, cuando en la víspera de la típica celebración de la Virgen de Guadalupe una chispa proveniente de un equipo de iluminación, de acuerdo con un dictamen, cayó sobre los casi mil 500 cohetes que estaban apilados junto a la capilla, convirtiendo al festejo guadalupano en una hoguera: ocho feligreses murieron y 55 sufrieron quemaduras y mutilaciones, según el parte policial.

Siete años después del estallido, la práctica pirotécnica se sigue ejerciendo religiosamente tanto en la comunidad como en la misma capilla, según lo dejan ver testimonios recabados por LaLupa.mx, así como referencias de otros accidentes pirotécnicos suscitados ahí con posterioridad.

Por lo pronto, la capilla remite al luto que hasta hoy sufren muchas familias de feligreses y alberga una placa de color negro que homenajea a las víctimas del polvorín y luce en la fachada una vitrina que muestra los retratos de dos mujeres desaparecidas en aquella ocasión.

Aunque el altar no incluye nombres de las víctimas, un adulto mayor que carga herramientas para podar césped dice al reportero que las fotografías corresponden a dos hermanas “de apellido Nieves” y cita una presunta paradoja: que las fallecidas por la pirotecnia eran bisnietas de uno de los constructores (hace 128 años) de la capilla: Isidro Nieves.

Las autoridades de Protección Civil supervisan eventos que usan explosivos y ofrecen cursos de capacitación sobre pirotecnia

“Ya pasó, ¿ya para qué?”

En Fuentezuelas, la tragedia de 2018 parece ser un tema tabú, según pudo percibirse, ya que no son pocos los vecinos que al ser cuestionados optan por guardar silencio o hablan con la cautela de quien camina sobre vidrio.

Ni los delegados comunitarios, tanto el actual como el anterior, accedieron a hablar con este medio sobre temas de pirotecnia, inclusive uno de estos bloqueó la comunicación digital en cuanto supo de qué se trataría la potencial charla periodística.

Aunque el reportero optó por no insistir para obtener la entrevista, hasta el presidente municipal de Tequisquiapan, Héctor Magaña Rentería, dejó “en visto” la comunicación directa en la que se le pedía dar a conocer una postura oficial sobre el tema, así como difundir los esfuerzos que lleva a cabo su área de Protección Civil para prevenir nuevos incidentes.

—Ya no me acuerdo, o ya pasó, ya para qué —se disculpa con los reporteros una mujer desde el quicio de su puerta antes de cerrarla sin hacer ruido. Ella vive justo enfrente de la parroquia y sobre el muro de piedra de su casa, donde al parecer residen varias familias, hay un moño negro, desgastado por el tiempo.

La capilla de Fuentezuelas luce una placa y un altar que homenajea a víctimas de la explosión pirotécnica de diciembre de 2018

“A mí no me gustan los cohetes”

“La gente es muy católica y no quiere andar echando culpas a la gente o a la iglesia, menos a las familias a las que se les quemaron sus niños o sus mamás.

“A lo mejor hay como vergüenza de recordar, porque fue culpa de ello, ¿o de quién más?, por eso creo nadie le habla de eso.

”Por ahí anda el señor Layo, él vende ópalo y lo encuentra después de la comida. A otro señor que luego viene a pedir limosna le quedaron sólo los dos dedos de una mano y se le quemó toda la cara y el cuello. No sé si les quiera platicar.”

Los entrecomillados anteriores son de María del Carmen Olguín, comerciante de ropa nacida en Fuentezuelas hace 38 años. Ella reconoce que la explosión le ha dado triste fama a la comunidad, aunque adelanta que no estuvo presente el día de los hechos. También advierte: “A mí no me gustan los cohetes, será que no soy católica.”

—Yo voy a un templo cristiano que está por allá, subiendo por la calle. El pastor dice que a Dios se le llama con el corazón, no quemando lumbre. Pero si fuera católica, todo es respetable, se me ocurre que si tronamos cohetes les estaremos faltando el respeto a las personas que se quemaron aquella vez, ¿no cree?

—¿Cree que haya bajado la quema de cohetes después de la tragedia?

—Bueno… yo creo que sí bajó un poquito. Aquí en la comunidad ya hay mucha gente que sí quedó como ciscada con lo que pasó y ya no le gustan tanto los cohetes. O sea que si antes no tenían miedo, ahora sí lo tienen. Pero lo malo es que está también mucha gente a la que sí le gusta eso. Otros que también adoran los cohetes son los que hacen los bailables para la iglesia. Sin cohetes y sin alcohol yo creo que ni sabrían bailar…. jijiji.

Hace siete años, según el parte oficial, ocho personas murieron y 55 resultaron heridas en la explosión de Fuentezuelas

Panteón de Tequis: “Un antes y un después”

Al menos dos veces por mes, Saúl y su esposa Laura, ambos de 71 años, visitan el panteón de La Lagunita, en Tequisquiapan, para mantener limpia la tumba de quien fue su única nieta; ella también de nombre Laura, fallecida a los 17 años a causa de la explosión de Fuentezuelas.

La joven no murió el día del siniestro, sino que se suscitó seis meses después, luego de haber enfrentado una agonía que obligó a su familia a trasladarla a la División de Cirugía Plástica y Reconstructiva del Hospital General “Dr. Manuel Gea González” de la Secretaría de Salud, dado que tenía quemaduras en prácticamente todo el rostro y requería de apoyo médico especializado.

Lamentablemente, Laura perdió la batalla estando ya envuelta en una gran depresión y mientras vivía junto a sus abuelos en la cabecera municipal de Tequisquiapan.

“¿Qué puedo decirle? Que aquello nos dividió a toda la familia en un antes y en un después: mi nuera y mi hijo, aunque viven separados, también están bastante deprimidos por lo de la niña”, explica Saúl mientras su mujer lo secunda: “no hay palabras, no hay consuelo, sólo Dios sabe.”

La pareja de abuelos comenta a LaLupa.mx que la chica vivía al lado de ellos en la capital de Tequisquiapan, estudiando la preparatoria, pero que solía viajar mucho a Fuentezuelas, lugar cercano y en el que reside su madre. Además, la chica tenía una amiga a la que quería visitar, que estaba ligada a las actividades pastorales.

“Mi niña quería aprovechar el viaje para ver a su amiga, y quién iba a decir que fue ella quien le dijo: acompáñame, nos vamos a levantar temprano para ir a la parroquia. Y se fueron las dos. Por eso pasó lo que pasó. Mi niña yo creo estaba más cerquita de donde explotó la cosa esa, porque su amiguita apenas se quemó un cachito del brazo”, narra la abuela mientras el esposo la abraza. El recuerdo hace que su voz se quiebre.

José González Ordaz, trabajador voluntario de la parroquia de Fuentezuelas, falleció a los 88 luego de agonizar durante dos semanas

Un niño de 12, un señor de 88…

En este mismo panteón de La Lagunita yacen otras víctimas de la tragedia de Fuentezuelas; entre estas el pequeño Ángel Ordaz Hernández, quien apenas tenía 12 años al momento en que le tocó morir. De acuerdo con uno de los sepultureros, el chico falleció de modo instantáneo, por lo que el dolor físico por su desaparición lo habrían enfrentado sus padres, quienes escribieron un mensaje que ahora puede leerse a través de un vidrio. El pasado mes de febrero, la familia de Ángel se dio cita en el predio para celebrar lo que habría sido su cumpleaños número 18.

El cementerio de La Lagunita no cuenta con un directorio público y la numeración de predios es algo deficiente; empero, puede localizarse la tumba de quien al parecer fue un voluntario de toda la vida en la parroquia afectada por los estallidos del 11 de diciembre: José González Ordaz, quien a los 88 años habría sufrido una agonía de dos semanas antes de fallecer el día 28 del mismo mes. Un guardia del lugar afirma que don José fue uno de los actores de la ceremonia que en el argot eclesiástico se conoce como “velación de cohetes.”

En el panteón de La Lagunita, yacen algunas víctimas de la pirotecnia en Fuentezuelas, tales como Ángel, quien murió a los 12 años

Niños y jóvenes: víctimas predominantes

“Cohetones, bengalas, petardos, velas romanas, proyectiles-mortero, palomas y objetos hechizos rellenos de pólvora” fueron los principales artefactos pirotécnicos que causaron un total de 84 ingresos de pacientes con lesiones de gravedad al Servicio de Cirugía Plástica del Hospital “Dr. Manuel Gea González”, según refiere un estudio clínico firmado por los doctores Roberto Rangel y Laura Andrade, basados en su experiencia durante el periodo 2015-2021.

Según el reporte, las afectaciones predominantes en aquellos pacientes atendidos fueron en las manos y en extremidades superiores, con un 64 por ciento, seguidas de las sufridas en el rostro y ojos, que alcanzaron el 20 por ciento.

Con respecto a la edad de los pacientes, predominaron con un 37 por ciento los niños de entre 5 y 12 años, seguidos de los jóvenes de entre 15 y 24, con un 20 por ciento. Llama la atención que los adultos de más de 45 años —quienes suelen financiar la compra de cohetes dentro de las familias— fueron los menos afectados físicamente, representando el 6 por ciento.

“La única forma de disminuir la incidencia de estas lesiones y quemaduras es incentivando la información sobre las patologías por parte de las instituciones de salud, además de concienciar a la población acerca del riesgo que implica el uso de artículos pirotécnicos. Es necesario proteger a los menores de edad con el desarrollo de regulaciones estrictas del uso y distribución de artículos pirotécnicos”, se anota entre las conclusiones del estudio.

En marzo de 2024, dos personas se lesionaron tras manipular pirotecnia en la colonia Villas de Santiago, al norte de la capital queretana

Controversia cohetera

La práctica de los fuegos pirotécnicos es muy controvertida, según se advierte en esta entrega de LaLupa.mx. Si bien existen ciudadanos que rechazan la pirotecnia y exigen su regulación o prohibición, otros tantos la defienden o se concretan a hablar de medidas de protección civil sin ánimo de proscribirla, bajo el argumento de que se trata de tradiciones acendradas entre la población, particularmente durante las fiestas religiosas.

Con todo, Tequisquiapan es el primer ayuntamiento queretano que oficialmente “prohibió” la pirotecnia, según consta en un comunicado dirigido a los delegados comunitarios por parte de la Secretaría General del Ayuntamiento, con fecha del 11 de diciembre de 2018 (justamente el día de la explosión). Sin embargo, la prohibición se ha diluido con el tiempo, mientras que en la mitad de los ayuntamientos restantes o a nivel estatal, la posibilidad de prescindir de la pólvora en fiestas religiosas o populares sólo forma parte del debate parlamentario y de los comunicados de prensa.

Si bien las autoridades de Protección Civil, tanto estatal como municipales, suelen supervisar los eventos en los que se usan explosivos, la vigilancia suele ser ineficaz para abatir la venta callejera, que se alimenta tanto de la mercancía de contrabando (proveniente de China) como de la pólvora hecha en México, ello en el conocido y cercano tianguis de San Pablito, en Tultepec, estado de México. Esta localidad prácticamente monopoliza la pólvora nacional, operando bajo permisos de orden federal y vigilancia a cargo de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena).

En la popular comunidad de San Pablito, en Tultepec, estado de México, el oficio pirotécnico se transmite por generaciones

Al menos en los documentos de gobierno, la prohibición para la venta callejera de la pirotecnia existe, pero esta no suele poder cumplirse en cada esquina, en cada negocio o casa.

Como comentario destacado al lado del mapa de internet que ubica a la localidad de Fuentezuelas, la ciudadana Leonor Haro escribió hace siete años una opinión que podría resumir la controversia que suele darse entre la población frente a la pirotecnia:

“Fuentezuelas es de tradiciones ancestrales, pero los errores humanos acaban con esos eventos tradicionalistas. La velación de cohetes y la falta de precaución del coordinador causaron una explosión que costó la vida a 8 personas y 55 que se debaten entre la vida y la muerte. Obviamente, toda la comunidad pinta desolada. Comparto esta opinión para lograr, si fuera posible, evitar la pirotecnia en las festividades. Soy respetuosa de las tradiciones, pero no a costa del padecimiento humano.”

La controversia entre detractores y defensores de la pirotecnia se ha instalado en las redes sociales, donde se debate a “teclazo limpio”

Iglesias y “uso responsable de la pólvora”

A consecuencia de la explosión de Fuentezuelas, el entonces obispo de Querétaro, Faustino Armendáriz, redistribuyó un Manual de Uso Responsable de la Pirotecnia (editado en 2015 tras su llegada a la Diócesis estatal) y convocó a los administradores de iglesias y a todos los feligreses queretanos a “observar la Ley Federal de Armas de Fuego y Explosivos; la normatividad de Protección Civil y tener los permisos en orden”.

Durante la presentación pública del documento, Armendáriz reconoció que la pirotecnia es un “elemento infaltable” en las fiestas patronales de la entidad: “El uso de la pólvora, tanto por su sonido como por su imagen; el uso del cohete anuncia lo divino, avisa mediante su sonido que el acto inicia, que Dios ya está presente”.

Sin embargo, el clérigo fue enfático para advertir: “Estas tradiciones son bienvenidas, siempre y cuando no pongan en riesgo la seguridad humana, no contradigan las leyes vigentes y no afecten los derechos y la seguridad de los ciudadanos”. Dijo también que, según su manera de pensar, las celebraciones “no necesariamente deben incluir la quema de pólvora, pues la ofrenda que Dios mira es la ofrenda del corazón”.

Un año después de la tragedia, la parroquia de Fuentezuelas retomó la llamada “velación de cohetes”, según se revela en las redes sociales

“Armonizar los derechos de todos”: Baños Lemoine

“La iglesia católica tiene una influencia diferenciada a lo largo de la historia de nuestro país. Y si bien es cierto que Querétaro es uno de los estados con mayor influencia de la cultura católica, lo que incluye las celebraciones de culto popular, no menos cierto es que una buena parte de su población ya comienza a mostrar, cada vez más, un descontento frente a las celebraciones que utilizan irrespetuosamente los espacios públicos.”

La opinión es de Carlos Arturo Baños Lemoine, maestro en sociología de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), quien accede a comentar a LaLupa.mx lo que de acuerdo con su experiencia ha podido evolucionar entre la relación cotidiana entre las autoridades religiosas y la ciudadanía de libre pensamiento, la que actualmente es más activa en formas de protesta ante situaciones negativas que antes podían considerase inmóviles.

—Durante muchas décadas, el espacio público fue tratado como una extensión que se veía como natural en el ámbito de los templos y atrios católicos. Pero esto ya ha venido cambiando —afirma Baños Lemoine, y puntualiza:

“De un tiempo a la fecha se han multiplicado las voces que, sin dejar de respetar los actos de culto público, exigen que éstos cumplan con las leyes y los reglamentos en la materia y, sobre todo, que muestren respeto a las personas que, incluso siendo católicas, consideran muy molestas algunas acciones hasta ahora estrechamente asociadas con los actos de culto público, tales como el cierre de calles, el ruido excesivo, la generación descomunal de basura y los desmanes vinculados con el consumo inmoderado de bebidas embriagantes.”

Ante la polarización de opiniones que genera la pirotecnia, Baños Lemoine se muestra mesurado y refiere que la alternativa que tiene más a la vista es la de “armonizar derechos”.

—Sin duda que, poco a poco, las cosas están cambiando al respecto y no sólo en Querétaro, sino en todo el país. Si bien la ciudadanía se manifiesta, me parece que la Iglesia Católica al parecer ya está entendiendo que, en nuestros tiempos, en los espacios públicos se deben armonizar los derechos, tanto de los creyentes como los derechos del resto de la población.

Un estudio clínico indica que niños de 5 a 12 años y jóvenes de 15 a 24, sufren hasta en un 57 por ciento los accidentes pirotécnicos

X: @amilcarsalazara

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Last modified: 12 diciembre, 2025
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