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Tren de pasajeros en Querétaro tiene antecedente en siglo XIX; usuarios de siglo XX lo recuerdan con nostalgia

TEXTO: VANIA MARTÍNEZ / CUPI

INFOGRAFÍAS: MARIO ORTEGA

Han pasado treinta años desde el último viaje del tren de pasajeros en Querétaro. A inicios de los 90, los Ferrocarriles Nacionales de México dejaron de circular por la ciudad: cerraron no sólo una ruta, sino una forma de vivir el tiempo, el trayecto y la comunidad. Con su partida, el tren dejó de ser presencia cotidiana para convertirse únicamente en memoria de cada uno de las personas viajeras.

Carmen Imelda y Ovidio González Gómez, académicos de la UAQ, exponen la importancia e historia de los rieles que posaban sobre el estado. En su libro Transportes en Querétaro en el siglo XIX, relatan cómo el ferrocarril fue un eje decisivo en la transformación urbana y económica del estado.

La llegada del tren consolidó a Querétaro como nodo estratégico entre la Ciudad de México (CDMX), Guanajuato y el norte del país.

Entre 1871 y 1882, con la autorización e inauguración de las líneas del Ferrocarril Central y Nacional, la ciudad cambió completamente su morfología: surgieron patios de maniobras, estaciones, barrios obreros, escuelas formadoras y una nueva lógica de movilidad que articuló lo regional, lo urbano y lo productivo.

El tren no sólo transportaba mercancías en sus inicios, sino organizaba la ciudad y sus ritmos, y tiempo más tarde la vida de cientos de queretanos.

Incluso los mapas topográficos y de la ciudad en aquellas décadas muestran que las vías del ferrocarril pasaban cerca de la Alameda Hidalgo, y por el Acueducto.

“De niño salía y paseaba en los ferrocarriles”

Esta historia registrada sólo cobra vida cuando se cruza con la memoria de quienes crecieron a lado de vagones y rieles, como Javier Méndez; testigo directo de la vida ferroviaria en Querétaro, alguien que creció y se formó en el entorno del ferrocarril.

Él mismo recuerda que el tren era parte del paisaje íntimo de Querétaro, existía una comunidad grande de ferrocarrileros y quienes ganaban el pan de cada día vendiendo frituras y antojitos en las estaciones, patios de trabajo que luego serían parques, y escuelas donde el catedrático de la UAQ pasó toda su infancia y aprendía cada vez más de rutas y estaciones.

“De niño salía y paseaba en los ferrocarriles. El tren estaba siempre presente, con mucho movimiento […] Era un ambiente totalmente popular”, consideró el docente de la FCPS, y con ello resume toda una experiencia compartida por generaciones.

Las colonias de ferrocarrileros fueron durante décadas uno de los rasgos más singulares del Querétaro ferroviario, asentamientos que crecieron literalmente al borde de las vías y que dieron forma a una comunidad con identidad propia.

Habitantes de Querétaro podían viajar rumbo a la capital del país, Guadalajara, San Luis Potosí o ciudades de Guanajuato, desde la estación ubicada en Héroe de Nacozari, durante la segunda mitad del siglo XX.

En zonas cercanas a Avenida Universidad, Primavera, Felipe Ángeles y los antiguos patios del ferrocarril, se levantaron viviendas hechas con vagones adaptados como casas, estructuras de madera y metal que hablaban de ingenio y de una vida profundamente ligada al riel.

Ahí, el tren no era sólo un medio de transporte, sino el eje alrededor del cual se organizaba la vida cotidiana, el trabajo, la escuela y la convivencia; hoy, esos vestigios casi desaparecidos sobreviven más en la memoria que en el paisaje urbano.

El tren de pasajeros era convivencia

Desde las palabras de Javier, viajar en tren no era rapidez ni comodidad; era convivencia. Las bancas de madera de la segunda clase, las paradas largas, la vendimia improvisada junto a las vías, la comida que pasaban de mano en mano.

A diferencia del autobús que llegó después a Querétaro, el tren era espera y encuentro, se aguardaba su llegada en la estación del Tepetate, entre ruido, humo y comercio, hasta que por fin aparecía, como si el tiempo le perteneciera.

Entre anécdotas, Javier Méndez recordó una parte importante y emblemática de aquellos años, los “garroteros” que bajaban a polizones que intentaban completar con éxito los viajes clandestinos rumbo al norte, un riesgo asumido por quienes se amarraban a los vagones de carga. Era un mundo sin eufemismos, profundamente humano y nostálgico.

El tren marcaba límites y posibilidades. Cuando el servicio de pasajeros desapareció, no solo se perdió un medio de transporte. Se diluyó una vida comunitaria anclada al riel. Los patios se vaciaron, las colonias se transformaron en casas de concreto, las casas hechas de vagón desaparecen esporádicamente.

Hoy sólo queda una antigua estación y una locomotora en exhibición, testigos inmóviles de una ciudad que aprendió a crecer sin tren, pero también a olvidarlo.

Cuando se habla de nuevos proyectos ferroviarios, la nostalgia no es simple romanticismo. Como advierte Javier Méndez, rescatar la memoria del tren es recuperar una parte de la identidad queretana, especialmente de barrios como el Tepetate o Hércules, donde el ferrocarril fue más que infraestructura: fue cultura, trabajo y pertenencia.

Quizá recordar el tren de pasajeros no sea mirar atrás, sino entender que hubo un tiempo en que viajar significaba compartir el camino con la persona al frente intentando descifrar su destino, y que ese sonido lejano del riel aún define, en silencio, lo que Querétaro fue.

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Last modified: 5 febrero, 2026
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