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La casa que mira el poder: una lectura de “Josefa, muy señora mía”, de Araceli Ardón – Carlos Campos

FOTO PRINCIPAL: MÓNICA ZARATE

En el vasto territorio de la ficción histórica contemporánea, hay novelas que se limitan a recrear el pasado como una escenografía de época y otras que, con mayor ambición, utilizan la historia como una lente para interrogar el presente. Josefa, muy señora mía (Casablanca Ediciones, 2025), de Araceli Ardón, pertenece a esta segunda estirpe. No se trata, como han supuesto algunos lectores apresurados, de una narración centrada en la figura mítica de la Corregidora de Querétaro, sino de una indagación crítica sobre el ejercicio del poder, la conciencia de clase y la teatralidad de la vida política en el México contemporáneo. La historia, más que mirar hacia atrás, nos devuelve un espejo incómodo del ahora.

El punto de partida es tan concreto como simbólico. Gonzalo Septién Montes, gobernador del estado de Querétaro, concibe la idea de transformar la Casa de la Corregidora —edificio histórico que ha sido Casa Real, Cárcel y hoy Palacio de Gobierno— en un museo inmersivo. La propuesta, en apariencia cultural y progresista, se convierte pronto en el eje alrededor del cual giran intereses personales, decisiones políticas y tensiones familiares. Ardón construye así una trama donde el gesto patrimonial se revela como una extensión del ego y del proyecto simbólico del gobernante, más que como un auténtico acto de memoria colectiva.

Uno de los grandes aciertos de la novela es su economía narrativa. Con una prosa concisa, de ritmo controlado y una prosodia cuidada, la autora evita el maniqueísmo. No hay villanos de cartón ni héroes redentores. La familia Septién aparece retratada con una mezcla de ironía y comprensión: un microcosmos de frivolidades, lealtades, silencios y contradicciones que funciona como metáfora ampliada de la élite política. Ardón no necesita subrayar su crítica; la deja emerger en los gestos cotidianos, en las conversaciones aparentemente banales, en los rituales sociales que sostienen la imagen pública del poder.

La novela se mueve con soltura en ese territorio donde lo local adquiere resonancia universal. Si bien la diégesis está profundamente anclada en la vida queretana —sus espacios, sus apellidos, sus códigos sociales—, el lector de cualquier latitud reconocerá los patrones: la distancia entre gobernantes y gobernados, la coreografía de los privilegios, la naturalización de las jerarquías. Ardón escribe desde un lugar específico, pero apunta a una estructura global: la del poder como puesta en escena permanente.

En este sentido, la Casa de la Corregidora se erige como uno de los personajes más potentes del libro. Siguiendo una tradición que remite a Isabel Allende en La casa de los espíritus o a Alejo Carpentier en El viaje a la semilla, el edificio no es sólo un espacio físico, sino un testigo histórico con vida propia. Sus muros cargan las capas del tiempo: la colonia, la independencia, la institucionalización del Estado moderno. Al proponer su “deconstrucción” en forma de museo inmersivo, el gobernador no sólo interviene un monumento, sino que intenta reescribir su significado. La casa, entonces, se convierte en una sinécdoque del proyecto político: apropiarse del pasado para legitimar el presente.

Durante la presentación del libro en el CEART, aparecen junto con la autora la secretaria de Cultura Ana Paola López Birlain y Carlos Campos. entre otros

La escritura de Ardón se distingue por una ironía fina, nunca estridente. En los juegos metarreferenciales —donde amigos y conocidos aparecen como personajes que se asoman al relato— hay una conciencia lúdica del artificio narrativo. La autora no oculta que está construyendo una ficción; por el contrario, invita al lector a reconocer los hilos que la sostienen. Este gesto, lejos de romper la verosimilitud, la fortalece: el mundo narrado se vuelve más real precisamente porque admite su condición de representación.

Uno de los pasajes más reveladores es el que describe la experiencia de los escoltas del gobernador en El Campanario (p. 28), fraccionamiento exclusivo que funciona como símbolo del paraíso aspiracional. Ardón despliega aquí una mirada sociológica que no necesita teoría para ser eficaz. La descripción de las “capas invisibles pero reales” que separan a los trabajadores de los habitantes del suburbio rico es de una precisión notable. Los escoltas, que recorren el lugar como si fuera un set de filmación, encarnan la distancia entre quienes sostienen el sistema y quienes lo habitan desde la comodidad del privilegio. La comparación con los turistas que visitan estudios de cine en California es especialmente potente: la riqueza como espectáculo, como escenario al que se accede sin pertenecer.

Este fragmento revela una de las virtudes centrales de la novela: su capacidad para articular una crítica de clase sin recurrir al discurso ideológico explícito. Ardón confía en la fuerza de la imagen y en la inteligencia del lector. La felicidad que se construye alrededor de los “18 hoyos de un campo de golf” no es presentada como un mal en sí mismo, sino como un paradigma que excluye por definición a quienes lo observan desde afuera. La novela, en ese sentido, no moraliza; expone.

Foto: Mónica Zarate

Desde el punto de vista formal, Josefa, muy señora mía se mueve con soltura entre distintos registros. Hay momentos de narración casi periodística, pasajes de lirismo contenido y escenas que rozan la sátira social. Esta hibridez responde a la formación de Ardón como periodista, promotora cultural y ensayista, pero también a una conciencia clara de los límites y las posibilidades de la ficción histórica. La autora no busca reconstruir un pasado lejano con obsesión arqueológica, sino revelar la persistencia de ciertas estructuras históricas en el presente.

Foto: Mónica Zarate

El título mismo es una clave de lectura. “Josefa” evoca de inmediato a la Corregidora, figura emblemática de la independencia mexicana. Pero la novela no gira en torno a ella como personaje, sino como fantasma simbólico. “Muy señora mía” resuena como una fórmula de cortesía antigua, casi epistolar, que contrasta con la realidad contemporánea que el libro retrata. En esa tensión entre el respeto formal y la crudeza del presente se juega buena parte de la ironía de Ardón: la historia como decorado de la política actual.

Más allá de su trama, la novela puede leerse como una reflexión sobre el uso cultural de la memoria. El museo inmersivo que propone el gobernador no es sólo un proyecto urbano en tiempos de la inteligencia artificial; es una metáfora de cómo las sociedades convierten el pasado en experiencia consumible. Ardón plantea, sin didactismo, una pregunta inquietante: ¿qué ocurre cuando la historia se transforma en espectáculo? ¿Qué se gana y qué se pierde cuando la memoria se vuelve un producto?

Foto: Mónica Zarate

En el panorama de la narrativa mexicana reciente, Josefa, muy señora mía ocupa un lugar singular. No se alinea con las modas del realismo sucio ni con la autoficción confesional. Su apuesta es otra: una ficción política de baja estridencia y alta precisión, donde el poder se analiza desde sus gestos más pequeños, desde la intimidad de una familia, desde la relación entre un edificio y quienes lo habitan.

Araceli Ardón, con una trayectoria que abarca la narrativa, la biografía y el ensayo, demuestra aquí una madurez literaria notable. Su novela no busca el golpe efectista ni la provocación inmediata; prefiere la resonancia lenta, la incomodidad que se instala después de la lectura. Al cerrar el libro, el lector no se queda con una moraleja, sino con una serie de preguntas sobre la relación entre historia, poder y representación.

Josefa, muy señora mía es, en última instancia, una novela sobre la mirada: la de quienes gobiernan, la de quienes observan desde abajo, la de los muros que han visto pasar los siglos. En esa multiplicidad de perspectivas reside su mayor fuerza. Ardón nos recuerda que la historia no es sólo lo que se cuenta en los museos, sino lo que se vive en las casas, en las calles, en las capas invisibles que separan a unos de otros. Bajo la aparente calma de su prosa, late una crítica aguda y persistente: la del poder que se mira a sí mismo en el espejo del pasado para intentar por todos los medios justificar y legitimar su lugar en el presente.

AQUI PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “PONGAMOS QUE HABLO DE LIBROS”, LA COLUMNA DE CARLOS CAMPOS PARA LALUPA.MX

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Last modified: 29 enero, 2026
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