1
Miradas jamás amadas
Quizá la deseo porque no la tengo.
Me distancio y me acerco. Voy y vengo.
Sortilegios del encuentro furtivo.
No soy más que un cobarde fugitivo.
Pienso en ella como en una flor muerta.
Miro una apagada luz en la puerta.
Nadie abre si, persistente, la toco.
Hay un libro en el quicio. Leo muy poco.
Pero no es una lectura, la suya,
de historia de cuerpos unidos, cuya
vertiente final no va hacia su alcoba
sino a un filamento rojo que roba
mis pensamientos sexuales ocultos
en tres equis en serie para adultos.
§
Se dice que las miradas taimadas,
acaso angulares, jamás amadas,
son las que atraviesan los dulces pechos
que son quimeras, nunca ardientes hechos.
§
[En mi fantasía ella nunca está.]

2
Roma no fue construida en un día
Prefiere sin permisos ser tomada.
Según me dicen, es mujer adicta
a la posesión desquiciada: dicta
obsecuentes pasiones, que no hay nada
que impida una relación afectuosa
basada incluso en la anormalidad:
acucia la férrea tranquilidad
de la proclama seductora, untuosa,
vorágine de abrazos, lento coma
(mas animoso) del deslinde audaz,
sintomático del no compromiso,
de no sembrar una semilla: Roma
no fue construida en un día, ni Judas
besó a Cristo en vano en su Paraíso.
§
“Me acuesto a tu lado, pero no toques
mi piel”, dice después del vino, “¿o qué es
lo nuestro sino un apego sincero?”
Me muerdo los labios. ¿Por qué la quiero?
§
[La miro desnuda en correos ajenos.]

3
Besos que no dañan
Me dicen que se ha entregado a personas
sin moral alguna, como yo lo he hecho.
Que he compartido sin goce mi lecho,
lento animal sin escrúpulo, a leonas
aburridas detrás de matorrales
sin vigías, ni corazón, sedientas
de menjurjes prohibidos, cenicientas
de día, nocturnas para los males
de amores desabridos con innata
pasión de enclaustrados y tibios rezos.
Besos que no dañan, tampoco matan.
Desnudeces en contienda barata,
entregas espontáneas en alma y huesos.
¡Cómo se añoran los amores que atan!
§
No sé, no me acuerdo, su nombre ignoro.
No sé su cintura, en ella no moro.
Sus labios no me rompieron la boca,
tampoco amordazaron mi fe loca.
§
[Le hago el amor pensando en vos… muy baja.]

4
Gritaba un nombre que no era mío
Cuando me dijo que aún no olvidaba
a su amante, yo le besaba el pecho.
Mientras ella miraba, triste, el techo,
yo sacaba un vino de la amplia cava.
“Este vestido fue un obsequio suyo”,
decía, mientras yo la desnudaba.
Al recordarlo ella, una ardiente lava
se deshacía en mis brazos: “Soy tuyo”,
bramaba yo ciñéndome a su espalda.
Gritaba, ella, un nombre que no era mío,
pero en ese momento lo adoptaba.
Después la ayudé a ponerse la falda.
Era un dulce pez en revuelto río,
la amante que a su amado no olvidaba.
§
“No tengo los senos grandes”, me dice,
“pero mis caderas son prominentes”.
Ni unos ni otras, ya mis filosos dientes
lo sabrían. Tal vez nunca la quise.
§
[Piensa demasiado en mí estando en otro.]

5
Camino a casa
No me amas, no te amo, estamos en paz.
Nos dimos, te di, tú me diste, mas
repentinamente alguien sintió amor,
¿pero había que otorgar el clamor
del sentimiento oscuro, clandestino?
No es necesario hablar del poco tino
emotivo al subrayar estrategias
íntimas, vanidosamente egregias.
Camino a casa, un torbellino de ideas
me sumió a un estrépito foro con reas
entregadas en participaciones
triangulares con pares y con nones,
pero respetando a los celadores
que las desnudan, atentos, con flores.
§
A veces damos más amor a quienes
no nos necesitan. ¿Por qué no vienes
a pedirme lo que otra, con dulzura,
me roba en su papel de virgen pura?
§
[Su cuerpo me distrae al desnudar a otra.]

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