Autoría de 5:03 pm #Opinión, Víctor Roura - Oficio bonito

Los diccionarios – Víctor Roura

1

Decía Gabriel García Márquez que “uno de los placeres de la vida es encontrar las imbecilidades de los diccionarios”.

      Para el novelista colombiano —Nobel de Literatura 1982, fallecido a los 87 años de edad el 17 de abril de 2014 en la Ciudad de México donde recibiera todo tipio de mimos monetarios en una costumbre añeja de los partidos políticos PRI y PAN en el poder para, de muchas maneras, simpatizar con el medio intelectual— constituía una cierta forma de venganza contra el destino (eso de hallar boberías en los diccionarios), porque su abuelo el coronel le enseñó, desde muy niño, “que los diccionarios no sólo sabían todo sino que además no se equivocaban nunca. El suyo era un mamotreto muy viejo y ya a punto de desencuadernarse, tenía pintado en el lomo un Atlas corpulento con la bola del mundo sobre los hombros. Esto quiere decir que el diccionario tiene que cargar con el mundo entero, me decía mi abuelo, a quien sin duda no se le ocurrió nunca buscar la nota sobre el Atlas en el propio diccionario. De haberlo hecho, se habría dado cuenta de que ese dibujo era un error muy grave. Atlas, en efecto, era uno de los titanes de la mitología griega que provocó una guerra contra los dioses, por lo cual lo condenó Zeus a sostener el firmamento sobre sus espaldas. El firmamento, por supuesto, y no el mundo, como estaba dibujado en el lomo del diccionario, porque ni el propio Zeus sabía en sus tiempos que la Tierra era redonda como una naranja”.

      El hábito de su abuelo de consultar para todo el diccionario se le quedó también al futuro Nobel colombiano, “y debieron pasar muchos años antes de que descubriera con mi propia alma —afirmaba García Márquez— que no sólo los diccionarios no lo saben todo, sino que además cometen equivocaciones casi siempre muy divertidas. Con el tiempo he terminado por confiar más en mi instinto del idioma, tal como se oye en la calle, y en las leyes infalibles del sentido común. De todos modos, consulto siempre el diccionario, pero no antes de escribir sino después, para comprobar si estamos de acuerdo”.

2

Los diccionarios: de eso trató el número doble de fin del año 2000 de la revista Biblioteca de México, que dirigía el poeta Eduardo Lizalde (1929-2022), un ejemplar con más de un centenar de páginas (pésimamente encuadernado, hay que decirlo) con textos de una treintena de autores que resultaron, a la larga, de necesaria consulta, o de puro goce escritural, como el de García Márquez, que databa del 17 de mayo de 1982, cinco meses antes de que la Academia Sueca le otorgara el Nobel de Literatura: “El otro día, después de decidir por mi cuenta y riesgo que se puede decir pitoniso cuando el vidente es un hombre, descubrí que ningún diccionario incluye la palabra, aunque ninguno lo prohíbe. El de la Real Academia la define así: sacerdotisa de Apolo, que daba los oráculos en el templo de Delfos sentada en el trípode. Una pizca de sentido común permitía pensar que la palabra no existe en masculino porque eran mujeres quienes hacían en el templo de Delfos el hermoso oficio de adivinar, pero que nada se oponía a que se les llamara pitonisos si hubieran sido hombres, como los hay tantos en nuestro tiempo, y sobre todo en nuestros medios de la prensa”.

      En cambio, decía el colombiano, “hay errores imperdonables en los diccionarios. El más escandaloso de ellos me parece el de la inolvidable María Moliner en su Diccionario de Uso del Español, cuando define la palabra día: ‘Espacio de tiempo que tarda el Sol en dar una vuelta completa alrededor de la Tierra’. En primer término, siempre me ha resultado incómodo que se diga espacio de tiempo. No: o es espacio o es tiempo, porque, aunque sean magnitudes conjuntadas, son dos cosas distintas. Pero lo que ahora me interesa no es eso, sino la barbaridad de que sea el Sol el que da la vuelta completa alrededor de la Tierra, y no ésta sobre sí misma, como nos enseñaron en la escuela”.

3

A veces, los diccionarios —por cierto cada vez menos consultados por las nuevas generaciones, apegadas a los aparatos digitales, cuya función de consulta es radicalmente muy distinta a la que solía practicarse en un diccionario de papel— se dan cuenta —los hacedores de los diccionarios— de que han hecho el ridículo, y lo corrigen en una edición posterior, asunto que ocurrió, contaba García Márquez, con la edición de la Real Academia “con la famosa e inefable definición” de perro: “Mamífero doméstico de la familia de los cánidos, de tamaño, forma y pelaje muy diversos, según las razas, pero siempre con la cola de menor longitud que las patas posteriores, una de las cuales levanta el macho para orinar”.

      Se presentó, ante tantas burlas, “esta precisión excesiva y entre ellas una muy feroz e inteligente de Guillermo Cabrera Infante en su novela Tres tristes tigres que en las ediciones más recientes del diccionario de la Real Academia ya los perros no levantan la pata posterior para orinar, aunque sigan haciéndolo en la vida real”.

      Otra cosa que le inquietaba a García Márquez era la definición de los colores. Amarillo, por ejemplo: del color semejante al del oro, el limón, la flor de la retama, etcétera: “A mi modo de ver las cosas desde la América Latina, el oro era dorado, no conocía las flores de la retama y el limón no era amarillo sino verde. Desde antes me había llamado la atención el romance de García Lorca: ‘En la mitad del camino cortó limones redondos y los fue tirando al agua hasta que la puso de oro’. Necesité muchos años para viajar a Europa y darme cuenta de que el diccionario tenía razón porque en realidad los limones europeos son amarillos”. No obstante, era “justo decir que en medio de tantos tropiezos —reconocía García Márquez—, hay un gran escritor escondido en la Real Academia, y es el que ha escrito las definiciones de las plantas. Todas son excelentes, de una andadura elegante, pero en especial la de una planta con la cual tengo un pleito pendiente desde la infancia, porque me la daban en ayunas como vermífugo”.

      García Márquez se refería al paíco, pazote o epazote, cuya definición estaba así descrita en el diccionario de la Real Academia: “Planta herbácea anual, de la familia de las quenpodiáceas, cuyo tallo, asurcado y muy ramoso, se levanta hasta un metro de altura, tiene las hojas lanceoladas, algo dentadas y de color verde obscuro, las flores aglomeradas en racimos laxos y sencillos, y las semillas nítidas y de margen obtusa. Toda la planta despide un olor aromático, y se toman en infusión, a manera de té, las flores y las hojas. Oriunda de América, se ha extendido mucho por el mediodía y el centro de Europa, donde se encuentra como si fuese espontánea entre los escombros de los edificios”.

4

La revista ofrecía una separata, el famoso Diccionario de Convencionalismos, del francés Gustave Flaubert (1821-1880), “que por primera vez se edita íntegramente en español, pues la primera edición [póstuma] apareció en 1911, como apéndice de la inconclusa Bouvard et Pecuchet, como lo explica en el prólogo de Editions Montaigne, París, 1978, el nuevo recopilador J. Aubier, quien descubrió en la Biblioteca de Rouen una carpeta que le permitió agregar a la obrita 287 artículos inéditos y una cincuentena de adiciones o correcciones. Aparte, el señor Aubier consiguió completar el Catalogue des Idees Chic, que en cierta forma prolonga el diccionario”.

      Es, como aquel otro célebre Diccionario del Diablo del norteamericano Ambrose Bierce (1842-desaparecido en Chihuahua, ¿en 1914?, durante los eventos trágicos de la Revolución Mexicana ), una búsqueda de ingenios, ironías, sátiras y cultismos de afilada sabiduría. El diccionario flaubertiano congrega un total de 994 “nuevos” significados, algunos de los cuales son: “Ajenjo: veneno violentísimo. Un solo vaso y uno está muerto. Los periodistas lo beben mientras escriben sus artículos”; “Poesía: totalmente inútil, pasada de moda”; “Rima: no concuerda nunca con la razón”; “Orquesta: imagen de la sociedad; cada quien hace su parte y hay un director”; “Imbéciles: los que no piensan como uno”; “Duda: peor que la negación”.

      Trabajo inútil el suyo, quizás, ya que el propio Flaubert define a un diccionario como un instrumento que sirve sólo “a los ignorantes”.

5

Yo he escrito uno de estos volúmenes pesarosos, acaso igualmente inútil, intitulado Diccionario Acústico, luego de numerosos años —tal vez más de medio siglo—, que acabo de entregar a una editorial mexicana independiente (Cofradía de Coyotes) cuyo destino, el de mi libro, ignoro por completo: es un diccionario basado en la acústica de las palabras, no en su procedencia etimológica. En total reuní casi seis mil entradas, que a mí, por lo menos, me hicieron razonar sobre los usos y las costumbres del idioma castellano.

      Espero que el lector lo pueda tener pronto en sus manos.

AQUÍ PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “OFICIO BONITO”, LA COLUMNA DE VÍCTOR ROURA PARA LALUPA.MX

https://lalupa.mx/category/las-plumas-de-la-lupa/victor-roura-oficio-bonito

(Visited 22 times, 22 visits today)
Last modified: 9 marzo, 2026
Cerrar