HISTORIA: PATRICIA LÓPEZ NÚÑEZ/LALUPA.MX
FOTOS: RICARDO ARELLANO/LALUPA.MX
Bajo un foco que alumbra “rete bien”, Nazaria lee detenidamente un libro de fe para hacer su tarea mientras su esposo aprovecha la luz para ensartar una aguja. Hasta hace unos días les costaba mucho trabajo ver de cerca y era imposible comprar unos lentes porque tienen pocos ingresos, así que volver a realizar estas actividades es un logro.



“Antes veía montoncitos, no distinguía las letras”, cuenta Nazaria Galván Rojas y demuestra con gusto la diferencia de su lectura con lentes y sin ellos. Le explicaron que su vista se deterioró por su edad, 68 años y por la diabetes. Su esposo, Sergio Escobar Guzmán, de 69 años, vivía la misma situación.

Historias como la suya forman parte de los beneficios del programa de entrega de lentes del Sistema Estatal para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), con el apoyo del DIF Nacional y la Asociación Restoring Visión. Hasta ahora han entregado tres mil 800 lentes de vista cansada en los 18 municipios del estado y se espera que al término del año la cifra llegue a ocho mil lentes.

La última vez que Nazaria tuvo unos lentes fue hace años, cuando le pagaron un finiquito por 14 años de labor en la limpieza de un negocio. Le costaron 600 pesos en aquel momento, pero ahora no podría pagarlos.

Sergio tampoco tiene muchas opciones: su pensión es muy baja. Se dedicó a la construcción toda su vida y cinco años en una fábrica, hasta que una chispa caliente afectó su vista y tuvo un accidente en su pierna.

“Yo veo bien de lejos, pero para leer no miro. Agarro yo los lentes, me los pongo, y gracias a Dios ya veo. Ya no me dan trabajo, hice limpieza en un negocio durante 14 años, pero murió mi patrón, en el 2010, su hijo me dio mi finiquito. Con una sobrina me metí a hacer tortillas, gorditas, sopes, duré ocho o nueve años, pero el tiempo no respeta, me cansaba ya, me ardía la espalda y ahora sí, me jubilé”, narra Nazaria.

Aunque tenían mucho tiempo sin ver bien, la pareja no podía darse el lujo de comprar unos lentes, así que compraron un foco que salió caro pero les ayudaba a ver un poco mejor. Cuando se enteraron de la jornada para recibir sus lentes, no dudaron en presentarse.

Con esto se les hace más fácil hacer sus actividades diarias. Sergio se dedica a reparar algunas cosas en la casa, sobre todo para evitar las grietas, porque el terreno donde construyeron “es muy flojo”. Nazaria aprovecha para hacer tarea, a veces con ayuda de Google para encontrar las respuestas.

“Estamos en la iglesia y tengo mi libro que antes yo ni veía y me pongo a estudiarlo. Nos hacen preguntas y yo contesto. A veces me dicen que muy bien y si no, pues no, me dicen ‘es que tiene que enfocarse a lo que le estamos diciendo’. Hago mi resumen, agarro mi hoja, guardo mis lentes porque no quiero que se me acaben”, explica ella.

Sergio se pone sus lentes y muestra cómo puede ensartar la aguja, “antes ni veía la aguja”, mientras platica que todo se ve más claro con ellos y que el foco, que les costó carito, les ayuda a ver “rete bien” y así “a las ocho de la noche estamos haciendo tareas o zurciendo, pero con este foco, porque el otro ilumina muy poquito. Somos un par de viejillos, pero así podemos hacer las cosas”.

Igual que Nazaria y Sergio, Lucila Bernadette Gerónimo, de 67 años, se enteró de la jornada y se organizó con unas vecinas para ir al auditorio Josefa Ortiz de Domínguez. Ahí, aprovechó todos los servicios que ofrecían en la jornada: “Pasé a consulta, a revisión de los huesos, me dijeron que tenía osteoporosis, me estoy tomando el calcio y me recomendaron que fuera con mi doctor al centro de salud. También me dieron mis lentes para ver de cerca”.

Los lentes le ayudan a Lucila a coser, bordar y leer, aunque ahora cree que necesita otros para ver de lejos y “sí me hace falta porque ya no les veo los ojos a las personas”.
Los lentes le permiten continuar con algunas labores sencillas con las que obtiene un ingreso extra, como “bastilleo y bordado” por eso, decidió esperar la siguiente jornada, cuando le avisen sus vecinas y así “cuando nos organicemos y nos juntemos, para ver si alcanzo porque están bien caros los lentes”.


Para Lucila, Nazaria y Sergio, los lentes no son sólo una herramienta. Son la posibilidad de volver a leer, de coser y de reconocer el rostro de quien tienen enfrente. Les dan la oportunidad de sentirse útiles al recuperar la vista, hacer las cosas que les gustan y no depender completamente de las demás personas.




