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La dignidad de lo cotidiano: “Andando ando por caminos de veredas”, de Víctor Manuel Sánchez Bandala – Carlos Campos

En tiempos cuando la velocidad informativa tiende a reducir la experiencia humana a cifras, titulares y coyunturas efímeras, Andando ando por caminos de veredas (Helvética, 2026) de Víctor Manuel Sánchez Bandala aparece como un acto de resistencia. No se trata únicamente de un libro de crónicas, sino de un archivo afectivo que recupera la densidad de la vida en la Sierra Gorda queretana, un territorio históricamente relegado de los grandes relatos nacionales. En ese gesto —aparentemente modesto— de narrar lo cercano, lo cotidiano, lo aparentemente insignificante, radica su mayor potencia literaria y ética.

Desde su concepción, el libro se presenta como una compilación de textos periodísticos escritos a lo largo de más de dos décadas. Sin embargo, reducirlo a una mera antología sería un error. Lo que Sánchez Bandala construye es una poética del testimonio: una forma de escritura en la cual la crónica deja de ser registro para convertirse en mediación entre la memoria individual y la memoria colectiva. Tal como se advierte en su presentación, estas páginas no sólo documentan hechos, sino que «preservan voces» y operan como «un acto de resistencia frente al olvido».

Hay, en este sentido, una filiación clara con la tradición de la crónica latinoamericana —de Elena Poniatowska a Carlos Monsiváis—, pero también una particularidad que distingue a Sánchez Bandala: su renuncia deliberada al protagonismo autoral. Aquí no hay un cronista que imponga su mirada sobre los hechos, sino un narrador que se repliega para escuchar. Su estilo, como bien señala el propio libro, es «claro, cercano y profundamente humano», pero detrás de esa aparente transparencia se esconde una operación más compleja: la construcción de un dispositivo narrativo que otorga centralidad a quienes históricamente han sido narrados desde fuera.

En términos narratológicos, podríamos hablar de una heterodiegésis solidaria: el narrador no participa directamente en los acontecimientos, pero se sitúa en una posición ética de acompañamiento. No es un observador distante, ni mucho menos un flâneur, sino un mediador que legitima la voz del otro. Esta estrategia se percibe con claridad en crónicas como la de Óscar, el niño invidente que crece bajo el cobijo de una familia humilde, donde la historia no se articula desde la tragedia, sino desde la dignidad. La narración no enfatiza la carencia, sino la red afectiva que permite la supervivencia. La adversidad se vuelve, así, un espacio de construcción comunitaria.

Algo similar ocurre con figuras como doña Chole, cuya historia de tenacidad desborda el cliché del emprendimiento rural para convertirse en una reflexión sobre el trabajo, la autonomía y el sentido de la vida. Sánchez Bandala no romantiza la pobreza, pero tampoco la convierte en espectáculo. Su mirada se sitúa en un punto de equilibrio poco frecuente: reconoce las condiciones materiales adversas sin despojar a sus personajes de agencia.

Uno de los grandes aciertos del libro es su capacidad para articular distintos niveles de temporalidad. Cada crónica funciona como una unidad autónoma, pero en conjunto conforman una suerte de cronotopo serrano, donde el tiempo histórico y el tiempo cotidiano se entrelazan. Las historias de parteras, artesanos, campesinos o sacerdotes no sólo remiten a experiencias individuales, sino que configuran una cartografía de saberes que han dado forma a la región.

Víctor Manuel Sánchez Bandala.

La figura de doña Raquel Pérez, por ejemplo, trasciende el retrato biográfico para convertirse en símbolo de una medicina comunitaria que desafía las lógicas institucionales. Su práctica como partera —aprendida en la experiencia, legitimada por la comunidad— pone en evidencia la coexistencia de distintos sistemas de conocimiento. En este sentido, el libro dialoga con los estudios decoloniales al cuestionar, desde la narrativa, la jerarquización de saberes impuesta por la modernidad.

Otro eje fundamental es la relación entre territorio y memoria. La Sierra Gorda no aparece como un simple escenario, sino como un agente activo en la configuración de las historias. El paisaje, las veredas, los caminos de tierra, funcionan como metáforas de una forma de habitar el mundo. Frente a la lógica de las carreteras —rectas, rápidas, funcionales—, las veredas implican un tránsito lento, atento, dispuesto al encuentro. No es casual que el título del libro insista en ese desplazamiento: «andando ando». Hay en esa reiteración una poética del caminar que remite tanto a la tradición oral como a la experiencia del periodista que recorre, escucha y registra.

En este punto, el libro puede leerse también como una crítica implícita a la centralización del discurso cultural. Al situar su mirada en la Sierra Gorda, Sánchez Bandala desplaza el foco de atención hacia territorios que suelen ser representados desde la periferia. Pero, a diferencia de otras propuestas que caen en el exotismo, aquí la región se presenta desde dentro, con una familiaridad que sólo puede surgir del contacto prolongado.

La dimensión simbólica de algunas crónicas —como la del Santo Niño de la Mezclita— introduce además una capa de lectura que conecta lo cotidiano con lo mítico. Estas historias no sólo registran prácticas religiosas, sino que revelan la forma en que las comunidades construyen sentido a partir de lo sagrado. La disputa por la imagen, la intervención del ejército, la decisión de resguardarla en la iglesia, son episodios que evidencian cómo lo simbólico puede convertirse en un campo de tensión social.

Desde el punto de vista estructural, el libro se organiza como una constelación de relatos que, aunque independientes, comparten un hilo temático: la dignidad de lo humano. No hay un argumento central ni una progresión narrativa lineal; en cambio, hay una acumulación de voces que, en su conjunto, construyen una imagen compleja de la región. Esta estructura fragmentaria responde a la lógica misma de la memoria: discontinua, múltiple, siempre en proceso de reconstrucción.

Víctor Manuel Sánchez Bandala con Paco Ignacio Taibo II.

En última instancia, Andando ando por caminos de veredas es un libro que apuesta por una ética de la atención. En un mundo saturado de información, detenerse a escuchar una historia —la de un herrador, una partera, un campesino— se vuelve un acto político. Sánchez Bandala no pretende ofrecer grandes teorías ni discursos grandilocuentes. Su apuesta es más simple y, por ello, más radical: mirar de cerca.

Hay en estas páginas una convicción profunda: que la historia no sólo se escribe en los grandes acontecimientos, sino en los gestos mínimos que sostienen la vida cotidiana. Y que narrarlos —con respeto, con cuidado, con sensibilidad— es una forma de hacer justicia.

Quizá por eso, al cerrar el libro, queda la sensación de haber recorrido algo más que un territorio geográfico. Lo que Sánchez Bandala nos ofrece es un mapa emocional de la Sierra Gorda, un entramado de voces que nos recuerdan que, incluso en los márgenes, la vida late con una intensidad que merece ser contada.

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Last modified: 25 marzo, 2026
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