Los arrecifes han funcionado como ciudades submarinas durante millones de años. Más allá de su belleza, son pilares de supervivencia que generan alimento, sostienen economías turísticas y capturan dióxido de carbono en proporciones que superan a muchos bosques terrestres. Sin embargo, su ubicación remota generó por mucho tiempo una distancia cultural y científica; sólo recientemente hemos comprendido que son uno de los sistemas más fascinantes y complejos del planeta.
Para entender un coral, es necesario imaginarlo como una comunidad. Se compone de miles de pólipos que funcionan como anfitriones de un alga capaz de realizar fotosíntesis. Esta relación es un “trato justo” porque el coral ofrece refugio y el alga entrega alimento procesado a partir de la luz, dotando de color al arrecife y permitiéndole construir las enormes estructuras arrecifales.
Lamentablemente, el calentamiento global está rompiendo este equilibrio vital. El aumento de temperatura actúa como una fiebre que impide la relación coral-alga, provocando que esta última abandone al pólipo en un proceso conocido como blanqueamiento. Sin su socia, el coral pierde su principal fuente de energía y muere de hambre. Esta crisis avanza a una velocidad alarmante: las proyecciones indican que podríamos perder el 90 % de los arrecifes y, por ende, a otras especies marinas para el año 2050.
Ante esta emergencia, investigamos si los corales del mundo comparten mecanismos biológicos de defensa. Aunque los arrecifes del Caribe, Australia o el Pacífico parezcan de mundos distintos, podrían poseer estrategias de supervivencia comunes contra el estrés térmico. En nuestro laboratorio utilizamos herramientas de biología molecular y ciencia de datos para responder esta incógnita. Queremos descubrir si existe una “receta biológica” universal que permita a distintos corales resistir el calor, de forma similar a como un mismo medicamento funciona en personas con ADN diferente.
La biología computacional se ha convertido en la mejor aliada para descifrar estos códigos genéticos. A través de algoritmos, podemos comparar desde una computadora miles de genes que se activan o desactivan cuando la temperatura del océano sube, eliminando la necesidad de viajar físicamente a cada arrecife. Al integrar datos de diversas regiones, hemos hallado algo esperanzador: corales separados por miles de kilómetros activan respuestas genéticas similares, sugiriendo que una solución desarrollada para un arrecife podría ser la clave para rescatar a otros.
Este hallazgo demuestra que la ciencia de datos es esencial para asegurar el futuro de estos ecosistemas. Sin embargo, el rescate comienza con la concientización sobre cómo nuestras acciones diarias impactan el termómetro global. Al educarnos y compartir esta importancia, transformamos la lejanía del océano en una responsabilidad compartida. La tecnología nos permite estudiar la vida sin tocarla, pero es nuestra voluntad colectiva la que garantizará que estos bosques subacuáticos persistan por millones de años más.
La doctora Claudia Rangel Escareño es profesora investigadora de la Escuela de Ingeniería y Ciencias del Tec de Monterrey Campus Querétaro y la maestra Ariadna Jalife Gómez se dedica a la investigación en arrecifes coralinos
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