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Pensar es olvidar, sintetizaba Borges – Víctor Roura

¿Qué es un recuerdo?, se preguntaba el joven científico Joshua Foer, cuyo libro sobre el arte y la ciencia de la memoria se publicaría en 2009, mas un fragmento suyo lo había dado a conocer la revista National Geographic en su número de noviembre de 2007. La mejor, y más escueta, definición que por ahora pueden ofrecer los neurocientíficos es la siguiente: ”Un recuerdo es una configuración de conexiones almacenada entre las neuronas del cerebro. Hay aproximadamente cien mil millones de esas neuronas, cada una de-las cuales puede formar quizás entre cinco mil y diez mil conexiones sinápticas con otras neuronas, que arrojan un total de alrededor de 500 y mil billones de sinapsis en el cerebro adulto promedio”.

      Cada sensación que recordamos, “cada idea que pensamos, modifica las conexiones dentro de esa vasta red. Las sinapsis se fortalecen o se debilitan, o se forman nuevas sinapsis. Nuestra esencia física cambia. De hecho, siempre lo hace, a cada momento, incluso cuando dormimos”.

      Foer hablaba de dos casos opuestos: AJ, una mujer entonces de cuatro décadas, recordaba casi todos los días de su vida al detalle desde que tenía 11 años, y EP, un señor de 85 años, sólo evocaba lo que acababa de pensar; “Quizás ella posea la mejor memoria del mundo; él bien podría tener la peor”, precisaba Foer. A través de los años, “ha habido un puñado de personas con una memoria fuera de lo común. Se dice que Kim Peek, el erudito de 56 años que inspiró la película Rain Man [dirigida por Barry Levinson, nacido hace 84 años en Baltimore, cinta estrenada en 1988], ha memorizado alrededor de 12 mil libros (tarda en leer una página entre ocho y diez segundos). S, un periodista ruso, estudiado durante tres décadas por su compatriota neuro-psicólogo Alexander Luda, podía recordar cadenas de palabras, números y sílabas sin sentido increíblemente largas años después de haberlas oído”.

      Sin embargo, decía Foer que AJ era única: “Su extraordinaria memoria no es de datos o cifras, sino sobre su propia vida. En efecto, su interminable memoria sobre detalles autobiográficos no tiene precedente, y es tan difícil de comprender que James McGaugh, Elizabeth Parker y Larry Cahill, neurocientíficos de la Universidad de California en Irvine, quienes la han estudiado durante los últimos siete años [es decir, desde principios del siglo XXI], tuvieron que acuñar un nuevo término médico para englobar y describir sus características: síndrome hipertiméstico”.

      Por lo contrario, la memoria de EP era nula: no podía recordar lo que un minuto antes había sucedido. A sus 70 años “el virus del herpes simple invadió su cerebro y produjo importantes lesiones. Para cuando la infección disminuyó, habían desaparecido de la parte medial de los lóbulos temporales dos porciones de masa encefálica, cada una del tamaño de una nuez y, con ellas, casi toda la memoria de EP”.

      Los recuerdos, decía Foer, “no se almacenan en el hipocampo (residen en otra área, en las tortuosas capas exteriores del cerebro: la neocorteza), pero la zona hipocampal es la parte del cerebro que hace que se retengan: el hipocampo de EP quedó destruido y, sin él, EP es como una cámara de video a la que no le funciona la cabeza: ve, pero no graba”.

      Por lo tanto, el anciano padecía dos tipos de amnesia: la anterógrada, “la cual provoca que no pueda formar nuevos recuerdos, y retrógrada, que ocasiona que tampoco pueda evocar recuerdos anteriores”. AJ y EP, enfatizaba Foer, se hallaban “en los extremos del espectro de la memoria humana y sus casos dicen más que cualquier tomografía del cerebro acerca de la medida en la que nuestros recuerdos nos hacen quienes somos”.

      Esos 1.3 kilogramos, aproximadamente, “de tejido sinuoso que se balancean sobre nuestra columna vertebral pueden conservar los pormenores más triviales sobre experiencias de la infancia durante toda una vida, pero a menudo no pueden retener incluso el número telefónico más importante tan sólo por dos minutos. Así de extraña es la memoria”, reflexionaba Foer, aunque tal vez esta cavilación también procedía de la meticulosa mente de AJ, quien “para complementar sus recuerdos almacena un tesoro de recuerdos externos. Además del diario pormenorizado que. escribe desde niña, posee una videoteca de casi mil cintas copiadas de la televisión, un baúl lleno de grabaciones de radio y una biblioteca de investigación que consta de 50 cuadernos llenos de datos que ha hallado en Internet y que se relacionan con los sucesos que guarda en su memoria”.

      —Sencillamente, quiero conservarlo todo —afirmaba AJ.

      Empero, hay quienes observan de otra manera esta compulsión central de preservar el pasado. K. Anders Ericsson, catedrático de psicología de la Universidad Estatal de Florida, pensaba en aquel año 2007 que, después de todo, “tal vez AJ no sea tan distinta del resto de nosotros. Tras el anuncio inicial de las características de AJ en la revista Neurocase —decía Foer—, Ericsson propuso que lo que necesita explicarse acerca de AJ no es una excepcional memoria innata, sin precedentes, sino su extraordinaria obsesión por el pasado. Las personas siempre recuerdan lo que les es importante. Los fanáticos del beisbol tienen un conocimiento enciclopédico de las estadísticas, los maestros de ajedrez a menudo recitan jugadas complicadas que ocurrieron hace años, los actores pueden recordar guiones mucho tiempo después de haberlos interpretado. Todo el mundo tiene memoria para algo. Ericsson considera que, si a todos les importara aferrarse al pasado tanto como a AJ, la proeza de memorizar nuestra vida estaría muy a nuestro alcance”.

      La contraparte de la memoria se llama olvido, al que todo humano teme. De ahí que Daniel Schacter, psicólogo de Harvard, haya elaborado, decía Foer„ “una taxonomía del olvido para catalogar lo que él llama los siete pecados de la memoria”, entre los que se cuentan, por ejemplo, el de la distracción: Yo-Yo Ma olvida su chelo valuado en 2.5 millones de dólares en el asiento de un taxi; o el veterano de la guerra de Vietnam, aún atormentado por el campo de batalla, padece del pecado de la persistencia o el político que olvida una palabra que estaba a punto de decir durante un discurso “vive el pecado del bloqueo”. Aunque a decir de Schacter “maldecimos estas fallas de la memoria casi a diario, sólo se debe a que no vemos los beneficios que aportan”.

      Existen buenas justificaciones evolutivas, apuntaba Schacter, “de por qué nuestros recuerdos nos fallan de las maneras en las que lo hacen. Si todo lo que vemos, olemos, oímos o pensamos se almacenara de inmediato en la gran base de datos que es nuestra memoria de largo plazo, nos ahogaríamos en información sin importancia”.

      Foer recordaba, por eso, el maravilloso cuento “Funes el memorioso”, del bonaerense Jorge Luis Borges (fallecido hace cuatro décadas en Suiza el 14 de junio de 1986, a sus 80 años de edad), donde describe “a un hombre traumado por su incapacidad para olvidar: recuerda todos los detalles de su vida, pero no puede distinguir entre lo trivial y lo relevante; no puede establecer prioridades, tampoco generalizar”. Quizás, concluye. Borges, “es el olvidar, no el recordar, la esencia de lo que nos hace humanos”.

      Pensar es olvidar, sintetizaba Borges.

      Y, sí, probablemente también sea cierto eso de que se olvida lo que se quiere olvidar y se recuerda lo que se precisa recordar, si bien yo tengo alguna cautelosa duda sobre tal sentencia. Por ejemplo, una bella mujer dice haber olvidado cómo hacía el amor con los dos hombres a los que amó enteramente en su momento. Dice no recordar cómo la besaban, cómo la acariciaban, qué sentía, cómo la sujetaban. Nada. Tal como EP, que olvidaba inmediatamente lo que acababa de hacer, esta mujer en el amor sólo retenía su pasión en el momento en que la vivía. Finalizado el placer lo desalojaba con prontitud: no existió nunca.

      Joshua Foer debió haberlo sabido para incorporar este impresionante dato en el libro que estaba aún escribiendo.

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Last modified: 1 junio, 2026
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