En marzo pasado nos subimos como sociedad en dos trenes. El primero fueron las multitudinarias marchas que se hicieron el 8 de marzo, en donde acudieron mujeres de todas las edades, desde niñas hasta abuelas con el objetivo de mostrar su descontento por esta sociedad machista y, el segundo, la entrada de lleno en nuestro país, de la pandemia ocasionada por el Covid-19. Ambos sucesos nos ha hecho replanteamientos profundos como sociedad, como país y como seres humanos y sus prioridades.
Al revisar las escalofriantes estadísticas de 2020, vemos que de enero a junio se han registrado 473 feminicidios en nuestro país, lo que representa 42 muertes más con respecto al mismo periodo del año pasado (431). Más aterrador resulta al ver que en todo el 2015 se contabilizaron 411 feminicidios, es decir, que en tan sólo 6 meses de 2020 hubo un aumento del 15%, todo esto de acuerdo a datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública.
Ambos eventos (marcha y cuarentena) quedaron vinculados en tiempo-espacio, pues si bien la movilización de mujeres brindó una oportunidad para expresar hartazgo, miedo, pena y urgir al gobierno y a la sociedad, el confinamiento ha dado la oportunidad de profundizar, individual y colectivamente, en una obligada y tardía reflexión nacional sobre las mujeres, las disparidades entre sexos, el acoso y la violencia. Marzo fue una semilla que, sin desconocer grandes esfuerzos anteriores, permitió cultivar la sororidad mexicana, la valentía y resiliencia necesarias para afianzar un cambio de conciencia hacia la igualdad, el respeto y la justicia para todas.
En ese despertar, muchas mujeres se atrevieron a hablar, a salir de su silencio, fortalecieron su propia resiliencia y divulgaron historias silenciadas por años. Sus relatos nos dolieron (nos siguen doliendo), resonaron con los nuestros y también nos fortalecieron. Nos empujaron a cambiar el lamento por la denuncia y el aislamiento por la comunidad. Nos obligaron a estar más unidas, más vinculadas, más convencidas de que una somos todas.
Por eso hoy abrazo con profunda emoción la historia de Alessandra Cavazos. Porque su historia nos duele, nos indigna, y nos recuerda ese vínculo que en marzo hicimos entre hermanas: Si tocan a una nos tocan a todas. Ese vínculo que en marzo supo unirse, integrarse, gritar, llorar, bailar, al tiempo que hacíamos un esfuerzo de conciencia nacional, no sólo para nosotras, sino para todas las nuevas generaciones.
Este caso nos recuerda que la violencia de género, aunque no nos guste reconocerlo, se manifiesta de manera sistemática en diferentes clases sociales. También nos hace reflexionar acerca de lo común que es el abuso sexual en circulos cercanos de familia y amigos.
“Mis palabras no tienen la intención de promover el odio o alimentar a los morbosos, lo escribo para que se escuche mi voz, para que esa marcha no sea en vano, por honrar a las que murieron por defender mis derechos, lo hago por que quiero ser una mujer congruente, lo escribo por todas las mujeres que hemos sido víctimas de un abusador, lo escribo para ti, para ti víctima de este depredador que me estás leyendo, a ti te digo que si estás en un infierno de silencio ocasionado por este hombre o bajo cualquier situación violenta o de abuso, grítalo a los cuatro vientos con toda la tristeza de tu corazón y con toda la fuerza de tus pulmones nunca es tarde para hacerlo, no estás sola me tienes a mí”, este es un fragmento de lo que Alessandra escribió en su muro de Facebook al hacer pública su denuncia.
Ante esto, estoy segura que toda adversidad nos enseña nuestras fortalezas más recónditas y porque sólo con voces potentes y valerosas reintegramos nuestras voluntades hacia ese fin superior de consolidar una sociedad incluyente, armoniosa, reconciliada y audaz que merecemos. Y porque nunca – y ahora lo comprendo mejor- será superior un potente esfuerzo individual, a la fuerza de todas nuestras voluntades.
Aquí cabe otra reflexión, y es que muchas veces las mismas mujeres somos parte o cómplices de esa misma violencia, pues lejos de apoyar sin revictimizar, intentamos encubrir, juzgar o minimizar un hecho de esta naturaleza.
Porque no es que hoy seamos Alessandra y al paso de los días seamos otra historia valerosa y dolorosa. Es porque desde hoy también somos Alessandra y sé, que en el corazón, ella es todas nosotras.
Pronto los dos trenes de marzo habrán de separarse y podremos salir de nuevo a hacer comunidad. Y cuando eso suceda vamos a estar listas, organizadas y direccionadas hacia una agenda de cambios que impacte múltiples áreas de nuestras vidas.
Como sociedad, hombres y mujeres, deberemos impulsar con potencia, una agenda de igualdad laboral y salarial, acompañada de un sistema de prácticas obligatorias que prevenga, detecte y castigue el acoso sexual en el trabajo. Deberemos reclamar con mayor firmeza al gobierno políticas de seguridad y educación efectivas que lleven a tasa cero los casos de feminicidio y que recuperen los refugios para mujeres violentadas; deberemos exigirles a los partidos políticos una agenda clara, medible y realista a favor de las mujeres. Deberemos demandarle al Poder Judicial contar con juzgados especializados en violencia de género. Deberemos exigirles a los medios detener la revictimización de las mujeres y niñas violentadas o asesinadas a través de la reproducción de sus imágenes. Deberemos continuar organizándonos como ciudadanas para consolidar redes de apoyo que construyan una sociedad civil organizada de altura.
Se lo debemos a Alessandra. Nos lo debemos a todas.



