ENTREVISTA Y FOTOS: ROCÍO G. BENÍTEZ/LALUPA.MX
El lunes 31 de agosto de 2026 se registró como el último día laboral de Caín Torres en el Museo de la Ciudad. Se va para estar con su familia y dedicarse de tiempo completo a sus esculturas. Encontrar un perfil similar para que cubra ahora las necesidades del recinto “es muy difícil”, dice Gabriel Hörner, director de dicho museo. Por 30 años, Cain realizó el trabajo museístico del espacio y era encargado del taller de producción, aunque insiste en decir que es un “simple cuelga cuadros”.

En realidad, Caín hizo todo por el museo. “Sí, lo di todo y estoy orgulloso”, reafirma. Desde estar a cargo de la seguridad y limpieza, esperar con paciencia a que saliera del recinto el último visitante, hasta levantar muros, dividir salas, hacer techos, paredes y pisos falsos, laberintos, y montar todo aquello que los artistas imaginaban, siempre cumpliendo con las normas de conservación de un edificio histórico.
También le tocó preparar y servir las bebidas que se han vuelto típicas en las inauguraciones del Museo de la Ciudad. Todo eso lo hacía Caín, más otras cosas que nadie vio.

“El Museo de la Ciudad tiene en promedio cuatro montajes a la semana, en 30 años es un montón de exposiciones. Llegué a montar 12 exposiciones en una sola semana, con montajes y desmontajes. El mayor reto era que todo estuviera a tiempo”.
En muchas ocasiones se inauguraba la exposición y Caín con su equipo salían por una puerta alterna, luego de terminar los últimos detalles. “Ya en mi estancia lo que buscaba era erradicar eso, me encanta estar planeado, estar a tiempo, lo cual ha sido muy difícil porque Gabriel Hörner tiene una forma muy libre de trabajar y aunque ya estés a tiempo te puede decir que faltó otro montaje, es complicada esa manera de trabajar, pero muy retadora”.
Caín Torres llegó al Museo de la Ciudad, meses antes de la inauguración, el 14 de febrero de 1997.


Llegó con el equipo del Patronato de las Fiestas de Querétaro, en donde trabajó con grandes artistas como Julio Castillo, Gerardo Esquivel, Julio Cesar Cervantes “El Diablo”. Antes, Caín laboró en el parque Los Alcanfores en donde la creatividad lo llevo a empezar a crear. Luego pasó por la gloría del teatro con la dirección de Rodolfo Obregón. Sí, Caín Torres fue actor. Y trabajó abajo y arriba del escenario, porque en la labor de la escenografía encontró otra forma de hacer arte. Pero “el teatro era mucha diversión” y aunque sí había una paga respetable, requería un trabajo más estable, acaba de nacer su hijo, su único hijo.
El inicio del Museo de la Ciudad, lo recuerda con mucho ruido y mucha emoción. “Era un correr por todos lados”.
El reconocido museógrafo Manuel Oropeza llegó con el equipo del Museo Regional. “Un equipo con un montón de experiencia, y yo era 30 años más joven que ahorita, aprendí de todo. Nos enseñaron desde cómo se limpiaban los vidrios. Y de ahí se le hizo bueno a Gabriel que se quedara un taller de producción en el Museo de la Ciudad, del cual Gabriel se siente muy orgulloso porque ahí se resuelve todo lo que los artistas requieren”.

A los cinco años de inaugurado el museo, “todos sabían que aquí todo era posible”. Y por varios años, tres meses antes de Navidad, luego de atender todo lo del museo, Caín trabajaba en las piezas del Nacimiento Monumental del Jardín Zenea. Un elefante, un camello y un caballo, entre otras piezas, fueron creadas por Caín en la azotea del museo.
Tolerancia y resiliencia, es lo que le dejó su paso por el Museo de la Ciudad. “Y lo aplicaba a diario. Aprendí de todo, sobre todo respeto a la diversidad, y lo que decía Oropeza, democratizar el arte, y todo eso funcionó porque Gabriel le abrió el espacio a todo mundo”.

Dejar el Museo de la Ciudad es una decisión que Caín tomó desde hace varios años. Es una decisión razonada y madurada. Se retira para cuidar a su familia, para cuidarse a sí mismo.
“Estoy feliz, hay una gran nostalgia, sí me va a llevar hasta las lágrimas, son 30 años, mis mejores 30 años de vida, pero está suave, interesante, es un buen cierre, porque estoy muy orgulloso de todo lo que he hecho, vine a trabajar todos los días, estoy muy orgulloso de mí mismo, me siento feliz conmigo mismo, porque no me guardé nada, lo di todo, estoy en paz”.
En los pocos tiempos libres que Caín tenía en el museo, y con los restos de madera que sobraban, comenzó a hacer un bello e interesante trabajo de escultura, ahora es a lo que se piensa dedicar por completo.


La primera tarea es tener su propio estudio, después terminar algunas piezas que están pendientes. Uno de los proyectos a trabajar es un insectario con instrumentos musicales viejos que le han regalado, ya tiene una mantis, una mariposa, y un escarabajo que parte de una mandolina, dicha pieza está esperando que la termine, desde hace 15 años. En total serán trece piezas, mínimo nueve, de estos bichos de madera y música.

Otro de sus proyectos pendientes, son las esculturas que comenzó a realizar con las vigas que rescató de las restauraciones que le hicieron al Museo de la Ciudad. Son vigas de pino rojo de hace 300 años, vestigios del antiguo convento de Capuchinas. El proyecto se llama El otro lado, porque por un lado se ve la viga con toda su historia y del otro lado es donde trabaja la talla.
Caín dice que se va en paz y tranquilo porque en el Museo de la Ciudad se queda Edith Puga, quien llegó hace varios años atrás para hacer su servicio social y ahora es quien conoce todo el trabajo del museo. “Ella sí tiene licenciatura y sabe todo el teje y maneje del museo, no me guardé nada ni con el museo ni con mi equipo, así que en sus manos todo estará bien”.

¿Qué futuro le ve Caín al museo?, es la última pregunta. Y sin pensando responde: “El mejor futuro, si sigue en manos de Gabriel, tiene el mejor futuro. Y él día en que decida irse, el museo tiene inercia para sobrevivir cinco años más, ya depende de los que se queden. Pero mientras Gabriel esté en el museo, será lo mejor”.



