Autoría de 2:32 pm #Destacada, CUPI-UAQ

Sergio (Tavo) Castillo Ibarra: entre la militancia, la tortura en Chile de Pinochet y su paso por la ONU

TEXTO: ARANTZA HAZEL/CUPI UAQ

FOTOS: CORTESÍA DE SERGIO CASTILLO

INFOGRAFÍAS: MARIO ORTEGA

Extintos… nada está escrito es el título del libro que Sergio (Tavo) Castillo Ibarra redactó para conmemorar al menos cincuenta años de su vida. A través del paso por su país natal, Chile; su actual hogar, Bélgica; y países como Cuba, México, Nicaragua, Haití, Líbano y Mali, hace un recuento sobre su convicción por las causas justas y una lucha que nunca cesó desde que cumplió catorce años.

Encontró contradicciones, vínculos y lugares que jamás abandonarían su memoria, pero con los cuales seguiría trazando el recorrido, pues considera que un destino no existe, sino que se hace el camino al andar.

Desde finales de la década de los cincuenta, América Latina habitaba una efervescencia política, mientras distintos conflictos y movimientos de transformación cobraban fuerza alrededor del mundo. Entre ellos se encontraban la Revolución Cubana de 1959, la Guerra de Vietnam, iniciada en 1955, y la lucha antirracista en los Estados Unidos.

Para Sergio, ninguna de estas conversaciones fue ajena. Ya en 1964, a sus ocho años de edad, su madre lo tomó de la mano para que la acompañara al debate entre Salvador Allende y Eduardo Frei Montalva, cuando, comenta, la política “aún era de caballeros”. Ahí, ella gritó: “¡Viva el futuro presidente de Chile, Allende!”.

Eso marcó la vida de Castillo -de manera irrevocable- para siempre. Quizá en ese momento no imaginaba que la transición a la adultez la pasaría militando en favor del Chile que Allende creía posible, pero que el golpe de Estado reemplazó aquel 11 de septiembre de 1973 por la dictadura de Augusto Pinochet y sus crímenes de lesa humanidad.

La generación que no se quedó al margen

Empezó a militar entre los catorce y quince años de edad, hacia 1970. Si bien siempre estuvo cerca de las lecturas y de las corrientes políticas y sociales de la época, el punto de inflexión llegó al encontrar un espacio que respondiera a sus inquietudes. Ese espacio fue el MIR: el Movimiento de Izquierda Revolucionaria.

Durante ese mismo año -luego del triunfo del presidente Allende- el MIR salió de la clandestinidad y definió su política. Así nació el Frente de Estudiantes Revolucionarios (FER): “estaba en el Liceo en ese tiempo. Una vez que estabas en el FER, te decían que estabas en condiciones de participar en una unidad, que eran los GPM, los Grupos Políticos Militares. En mi caso era el GPM 7, que correspondía a la comuna, al barrio donde yo vivía”, especifica.

Sus labores al interior del GMP 7 consistían en realizar propaganda armada, es decir, repartir clandestinamente panfletos a la salida de una fábrica con protección armada, pero nunca tuvo un enfrentamiento de carácter militar.

Una mañana, al dirigirse al Liceo, ya había rumores de que el golpe de Estado estaba por ocurrir. En el libro incluso relata lo que su participación involucró aquel día: “recibí de parte del jefe de nuestra estructura de militancia la orden de trasladar algunas armas con que el MIR contaba”. Uno de los episodios más dolorosos en la Historia de Chile había comenzado.

La decisión de quedarse

Muchos salieron del país; otros se quedaron. Tavo también estuvo cerca de sucumbir a la partida, pero, al conversar con su amigo y compañero de militancia Gaspar, con ánimo de ser honesto sobre las circunstancias -dentro de las cuales se encontraba la detención de su madre el 20 de septiembre, el secuestro de un compañero del Liceo y su medicación con pastillas para dormir para conciliar el sueño y ahuyentar el miedo, al menos para descansar sin alterarse con el ruido de cualquier auto-, Gaspar respondió: “los que se vayan la revolución no olvidará su nombre”.

Esas palabras lo llevaron a cancelar la estrategia que había planeado con el alemán Ralf Rosenbrock para salir, en primer término, hacia Argentina y, en segundo término, hacia Alemania: “uno entraba en la categoría de traidor. Esa era la categoría que te daba cuando uno se iba del país”, considera Castillo Ibarra.

Rosenbrock lo entendió y la militancia continuó.

La captura y el subterráneo

Hacia finales del verano de 1974, Sergio Castillo comenzó una relación sentimental con la estadounidense Amy, una mujer convincente, con humor “filoso” y profesora de historia del arte en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Chile. Ella también militaba al interior del MIR.

Un día, en una de las casas que habitaron juntos, Sergio recibió la visita de un suboficial de la Fuerza Aérea, quien aseveraba ir de parte de Gaspar:

Gaspar estaba ya detenido en la Academia de Guerra Aérea; había sido detenido por el Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea y me dice que tiene un recado para mí. Era algo muy difícil de poder conjugar; un elemento, cuando estás clandestino y cuando llega alguien a la puerta de tu casa, donde se supone que no sabe que estás ahí, y que viene de un lugar donde funciona el Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea y, además, que te traen una carta de un preso, relata.

El problema era ubicar cómo llegar a la Comisión Política del MIR. Existía lo que llamábamos la compartimentación: no cuentes, no dejes que te cuenten, no preguntes y no dejes que te pregunten. Ese era el lema para conservar la intimidad de la organización. Fue por medio de Amy que logramos llegar a Chico Pérez, Chicope, que yo nombro en el libro. Él hacía parte de la Comisión Política y me pide que guarde el contacto con este militar, precisa.

Acordaron verse una semana después (con este contacto guardado) pero una de las solicitudes de Chicope fue tomar fotos del reencuentro. Amy, como una mujer preparada, también era dotada con habilidades en fotografía, y mientras, en el Parque Bustamante de Providencia, Sergio le entregaba la respuesta de Miguel Henríquez al militar -facilitada anteriormente por Chico Pérez-, se obtuvieron las imágenes acordadas en medio de una kermés.

Incluso ahora, Castillo desconoce cuál fue el destino de esas fotos.

Aquí cabe señalar que, tal como lo indicó Sergio Castillo, el Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea (SIFA) sí hacía “inteligencia”. La Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), en cambio, era un “aniquilamiento”; por lo que era más probable sobrevivir en la SIFA que en la DINA, aunque ambas involucraran la tortura. Él vivió la caída en manos de la SIFA.

Quien entregó a Sergio (Tavo) Castillo Ibarra y su entonces pareja Amy fue Leonardo Schneider, alias el “Barba”, uno de los fundadores de la brigada del MIR, “un ministro de primera horneada”.

Sergio y Amy, en la ubicación de su domicilio, notaron las luces apagadas del negocio de enfrente, condición poco habitual en sus vecinos: “cuando se va a bajar Amy, y yo veo que en el techo había unos bunkers, y eran dos, evidentemente deducimos que eran los francotiradores que ponían ellos cuando iban a hacer una detención para asegurarse” […]

Pongo en marcha el auto y sale desde la próxima esquina, y riendo los neumáticos, así como salen los autos de carrera, el Ford Falcon color petróleo con parachoques cromados. Se baja Wally Fuentes Morrison, con un AK-47, y corriendo me grita: ‘si te mueves, te mato’, y después también apunta a Amy.

A mí me desnudan, me dejan en calzoncillos, me ponen una capucha, y a Amy también le ponen capucha; la esposan y me ponen en el auto, un Ford Falcon color petróleo, por detrás. Además, nos choca, me acuerdo que nos choca una camioneta, una C10, una C10 nos choca por detrás, para evitar, en caso que nosotros hubiésemos querido retroceder, porque delante nuestro había un poste. Nos llevan a Las Condes, donde estaba el subterráneo del AGA, narra Castillo Ibarra con nitidez sobre aquellos hechos.

En el subterráneo, Sergio describe las escaleras de caracol por las que descendió y recuerda que era un pasillo de lado a lado donde estaban las celdas.

Los interrogatorios comenzaron inmediatamente y con ello los golpes, la transmisión de electricidad hacia todo su cuerpo, las colgadas y el tiempo de pie por periodos exorbitantes. La sed era terrible, pero incluso si alguno de los tenientes se apiadaba mínimamente por darle agua, no podía ser de inmediato, porque después de la electricidad le podría dar un paro fulminante.

Si se desmayaba debido a estas condiciones, lo volvían a levantar para seguir con la tortura. El acto minúsculo de bondad era, sólo algunas veces, permitirle recargar su cabeza sobre el muro.

La traición de un referente

Antes de descubrir la traición de Schneider, a principios de octubre, hubo un supuesto enfrentamiento entre un mirista y el Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea, en Las Condes. En la historia, el mirista se pudo dar a la fuga al tirar una granada, pero las noticias comentaban que había arrancado herido; se hizo un retrato hablado sobre él.

En el subterráneo donde ocurrieron los actos de tortura para Sergio, una vez que lo pasaron a las piezas, escuchó que el guardia que los vigilaba hizo la mención de que el que salía en el retrato hablado de ese periódico era muy similar al inspector Velasco.

Fue considerado “peligro para el Estado” a los 18 años

Sergio llegó a Tres Álamos cuando se comenzó a hacer un proceso judicial en relación con la dirección del MIR. Una parte se fue al proceso y otra parte se quedó presa en el estado de sitio. Al final, la mayoría salió por expulsión.

Si bien ese lugar no era la libertad, existía la posibilidad de recibir visitas y de formar una comunidad bajo el encierro. Había hombres armados fuera, pero no dentro del recinto. Se abría la posibilidad de realizar actividades al interior, como competencias de ajedrez, obras de teatro y campeonatos de baby futbol.

En cualquier momento podían ir a sacar a las personas para un interrogatorio, para la expulsión o para hacerlas desaparecer. Podía buscarlas la SIFA, la DINA o el SIM.

Fue en una de esas “búsquedas” que Wally, mencionado durante la detención de Castillo Ibarra, fue a anunciarle que sería expulsado por ser considerado “un peligro para el Estado”. El destino se llamaba Bélgica.

Desde el punto de vista de ser un peligro para el Estado, me parecía totalmente una tomadura de pelo. Me parecía totalmente irrisorio que se considerara que yo podría ser un peligro para el Estado a los 18 años. Yo estaba haciendo lo que yo pensé que era lo más correcto que había que hacer en ese momento, y que era luchar contra la dictadura, expone con orgullo.

Bélgica: “Allende está presente en muchos lugares”

Al llegar a Bélgica, se reencontró con su madre -quien fue expulsada en noviembre de 1974-, su hermana y su sobrino.

Bélgica fue un mundo totalmente diferente. Por las calles se observaban edificios con arquitectura medieval que iban de lo gótico a lo renacentista; los chocolates y los gofres los describía como exquisitos y, a pesar de que no le encantaba el alcohol, la cerveza que producía aquel país en Europa noroccidental era excepcional.

Más allá de los placeres culinarios, el ambiente era antidictatorial, antipinochet, y sus habitantes tenían una genuina inquietud por saber qué estaba pasando al otro lado del globo terráqueo.

Actualmente, vive en la misma ciudad a la que llegó en 1975 y comenta que esa solidaridad prevalece en los símbolos de los alrededores:

En la Universidad Libre de Bruselas, a unos 20 metros después de la entrada, hay un busto de Allende. Si yo salgo acá y voy al próximo centro cultural, que está a cinco minutos en tren, hay un centro cultural que se llama Víctor Jara. Toda esa solidaridad que yo vi en cuanto a manifestaciones, a huelgas de hambre, a que otros te visitaran, a hacer que no te sintieras solo.

La solidaridad no era con dichos, eran hechos; hechos que hasta el día de hoy uno puede comprobar. En ninguna parte vas a encontrar un monumento a Pinochet, ni una estatua ni un recordatorio, sino que Allende está presente en muchos lugares.

Cuba y los caminos de la revolución

Al arribar a Cuba en 1977, comenzó el acercamiento a toda la valentía de América Latina. Tavo descubrió que los tonos en la revolución no sólo eran posibles, sino necesarios, y se propuso pensar en otros caminos para continuar con la lucha:

Estaba dispuesto a ir a cualquier parte donde se me dijera era a combatir. No era a vivir escondido en la clandestinidad, con la posibilidad de caer preso y que te mataran en la tortura. Eso me daba pánico, expone.

Cuando su estadía en Cuba concluyó, había que regresar a Bélgica para tomar una decisión: “Entonces Gaspar me dice ‘hay una posibilidad de que te vengas a México’. Aquí conversamos y vemos lo que puedes hacer”.

Apoyó a las fuerzas rebeldes de Guatemala, desde Tapachula

México lo recibió en 1981, con la consigna de hacer “el trabajo de fronteras”. Naturalmente, no sólo vivió en Ciudad de México, entonces llamada Distrito Federal (DF), sino también en una ciudad que colinda con Guatemala, Tapachula, ubicada en el estado de Chiapas. Gaspar le detalló en qué se estaban concentrando los esfuerzos:

Mira, aquí hay un trabajo que estamos haciendo, que es el trabajo de fronteras. Es un apoyo a las Fuerzas Armadas Rebeldes de Guatemala; entonces, el trabajo consiste en ir a Tapachula. Tú te quedas allá tres días o una semana y después te vienes para acá, para el DF. Son gente que se está preparando para engrosar las filas -es decir, las guerrillas guatemaltecas-. Necesitamos un instructor de la masa armada y táctica de ataques.

Todo eso, en el concepto, aclara Castillo, es lo que habían aprendido de manera reducida en Cuba.

Le designaron una compañera de viajes de nombre Maribel, quien, además, era periodista. El propósito era pasar desapercibidos para que no se sospechara de ellos; una pareja de enamorados era fácilmente inadvertida en comparación con una sola persona a cargo de dichas responsabilidades.

En la frontera con Guatemala se encontraban con “un compa guatemalteco de la FARG”, con quien intercambiaban lo que llevaban. En uno de esos trayectos, después de un descuido en la carretera, casi caen al vacío, al lado de una pendiente. Ese episodio determinó que buscaran hospedaje en un lugar aledaño y así nació un romance que rebasó la simulación en aras de su protección.

También acompañado de Maribel fue que lo interceptaron los narcotraficantes, aunque no con una aproximación violenta, según lo que recuerda Castillo. Sucedió un lunes a la 1:30 de la madrugada:

Vi que alguien nos estaba siguiendo, bastante lejos, pero sí nos seguía. Yo tenía prisa; ese día había llovido mucho y en el camino se formaban unas pozas de agua. Ya llevábamos media hora con el carro atrás. Hasta que veo una escopeta de dos cañones apoyada en la ventana. Y bastó eso para que nos parquearan. El tipo no era muy alto y andaba con sombrero.

En el México de los ochenta, de acuerdo con la experiencia de Sergio Castillo, no era sorprendente ver a hombres armados en algunos lugares. En el caso de la frontera sur, cada que Sergio y Maribel se paraban a desayunar, alrededor de las 4 o 5 de la mañana, en algún establecimiento, era común que grupos de tres a cuatro hombres llegaran totalmente armados y así hicieran la primera comida del día sin preocupación alguna.

México le mostró lo que exploraría en los años del porvenir, primero en Nicaragua y, posteriormente, como piloto de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En la frontera de México y Guatemala también tenían el desafío de esquivar a los kaibiles (las fuerzas militares guatemaltecas antiinsurgencia). Ahí, a Sergio se le ocurrió que esas labores serían más sencillas si, en lugar de hacerlas por una vía terrestre, se pusiera a disposición una vía aérea.

La nieve eterna en la Cordillera de los Andes

Después de estar en Nicaragua, Sergio regresó a Chile por un periodo largo en el verano de 1991. Ya había visitado al país con la cordillera de “las nieves eternas”. Ese primer viaje breve en 1989 respondió a la publicación de la lista de los “extremistas” que ya podían regresar, dado que ya no significaban un peligro para el Estado. Pero lo fuerte tuvo lugar en 1991:

Me encontré con amigos, que habíamos estado presos juntos, presos que no habíamos estado juntos, exiliados que estaban de regreso, pero lo más impresionante, realmente que te tocan, es la soledad de los que no están, que saben que están en esa lista terrible de desaparecidos. Además, cuando te enfrentas a lo que es estar desaparecido, a lo que te enfrentas a la familia de los desaparecidos, que, por último, culturalmente necesitan dejarle flores, ir a rezarle, saber que sus huesos están ahí, pero esto es terrible.

Según el informe Valech, son 1200 censados por Valech, desaparecidos. La crueldad que existió durante el régimen dictatorial fue terrible; o sea, ni siquiera se bastó con matarlos, con asesinarlos, sino que lo hicieron desaparecer.

Aparte de la militancia política, todas estas vicisitudes de la vida que pasaban por tu compañero, tu amigo, nos unían mucho más. Entonces eso se siente mucho cuando pierdes a alguien; es una herida que va a durar mucho tiempo.

Hasta ahora, se hacen siempre conmemoraciones por los desaparecidos, en el Estadio Nacional; todavía se hacen conmemoraciones por los presos que estuvieron en el Estadio Nacional; todavía existen heridas civiles y penales, por tortura, por prisión, por desaparición, enuncia conmovido.

La Comisión Valech es la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura. Fue creada para esclarecer la identidad de personas que sufrieron crímenes de lesa humanidad durante la dictadura militar de Augusto Pinochet. El nombre Valech responde a su predecesor Sergio Valech.

El piloto, sobreviviente al golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, también observó que el proceso de transición no se deslindó por completo de los estragos que dejó la dictadura y que, en lugar de un cambio, se pareció más a una impunidad relativamente discreta:

Tú constatas que el proyecto de transición fue un proyecto bastante temeroso. Cuando el presidente dice que, en la medida de lo posible, se iba a hacer justicia… En la medida de lo posible es una aberración; en la medida de lo posible vamos a hacer justicia, es que no vamos a hacer justicia. Se andaba con el freno de mano; Pinochet era senador designado y siguió siendo por un largo periodo comandante y jefe del ejército, agrega.

En cualquier momento la democracia se podía dar la vuelta.

El negacionismo de José Antonio Kast

Desde el 11 de marzo de 2026, el abogado ultraderechista José Antonio Kast es presidente de Chile. Para Sergio Castillo la gestión del político ha sido un retroceso:

Creo que hay una involución terrible; pretende una autocracia. Él ha presentado un proyecto que involucra a varios proyectos dentro del paquete de seguridad, que fue una de las causas por la cual él tuvo un triunfo sorprendente, elabora.

El miedo, una herramienta efectiva y peligrosa, funcionó en las últimas elecciones de Chile, en el 2025. Dado que las condiciones delincuenciales han cambiado por lo menos en la última década, para la población chilena es agobiante el incremento en la inseguridad. Sin una mirada crítica e integral sobre esa nueva realidad, es más sencillo crear la ilusión de una solución inmediata. Sergio lo explica de la siguiente manera:

Yo te diría que Kast tuvo un juego excepcional con esta historia de los bots que crearon, que metieron un susto terrible en la población. Los chivos expiatorios fueron los venezolanos, fueron los colombianos. Es cierto que, me da no sé qué decir… la calidad, no sé cómo se dice, la calidad del crimen, del homicidio, de la muerte, en Chile ha cambiado mucho. El secuestro, la extorsión, el sicariato, yo te digo, eso no existía; bueno, salvo la dictadura con su secuestro, pero lo que es puramente delictual, eso llegó hace diez años, quince años. Pero la mayoría de los venezolanos, colombianos, que he tenido el agrado de conocer en Chile, es gente muy preparada […] Hubo errores del Boric, también, pero Kast es un pinochetista. Últimamente se ha cuidado mucho, pero yo le he visto en entrevistas cuando le preguntan si él se declara pinochetista y él responde que sí. La gente va a recapacitar, porque se han inscrito medidas muy antipopulares, tanto en salud como contra los migrantes.

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Last modified: 11 septiembre, 2026
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