Si el Partido Acción Nacional (PAN) y el Revolucionario Institucional (PRI) mantienen su negativa de reformarse tan profundamente como para incluso llegar a la posibilidad de refundarse o de plano cambiar de siglas e identidad, seguirán empequeñeciéndose electoralmente.
Hasta el momento ninguno de los dos (como tampoco Movimiento Ciudadano) ha demostrado tener la capacidad suficiente como para capitalizar los desprendimientos de votantes que ha registrado el morenismo y sus aliados.

Vinculados al pasado
El hecho es que a pesar de las mil tropelías en las que han incurrido integrantes de Morena en y desde el gobierno federal, en diversas entidades y localidades del país, mantienen alta su preferencia electoral.
En las encuestas hasta ahora publicadas, Morena es primer lugar en la intención de voto con miras a la elección de 2027.
Cierto es que ha disminuido unos ocho o 10 puntos porcentuales en las preferencias pero aún así se mantiene por arriba de todos los partidos.
Esta condición tiene varios factores aunque es de mi interés explicar dos de ellos.
Primero, que el PRI y el PAN son los partidos políticos que mayor rechazo tienen de la ciudadanía. Es decir, los electores (cerca de 50 por ciento de ellos) los evalúa negativamente y los vincula con los viejos tiempos de la corrupción.
Tienen saldo negativo ante la gente y, por consecuencia es muy difícil que incremente su número de simpatizantes y sin esto, pocas o nulas posibilidades tienen de ganar la elección.
Los electores que antes votaron por el morenismo y hoy dudan en hacerlo de nuevo o de plano han determinado ya no hacerlo, dificilmente voltean a ver al PRI o al PAN como tampoco a otras formaciones político – partidistas porque no le significan una verdadera opción de cambio en positivo en el gobierno del país.
Esos votantes están en el desamparo electoral pues no ven opciones de nuevo rumbo con los partidos tradicionales.
Tal condición se aguduza con la ausencia de liderazgos que encabecen una gran cruzada cívico – electoral nacional. Ni tienen al Maquío o a Fox como tampoco a Colosio o a Lázaro Cárdenas. No cuentan con alguien que simbolice las demandas sociales y que con autoridad moral deje en claro los equívocos morenistas y ofrezca un nuevo rumbo.
Si unimos el desprestigio de estos partidos con su falta de liderazgos y la aún prevaleciente preferencia por Morena (para seguir castigando al PRI y al PAN), pocas posibilidades existen de cambio.
El desdibujamiento que desde hace unos ocho años se profundiza en el PAN y en el PRI no les permite, por separado, pensar en contundentes triunfos electorales.
Refundarse y cambiar
Por eso es que planteo dos acciones que son imprescindibles si es que quieren seguir “con vida” electoral y aspirar a triunfos importantes en el 2030.
Primero, apostar por una profunda reforma partidista; es decir, romper con los vestigios de lo que es su herencia de desprestigio y desconfianza. Refundarse, cambiar las reglas del juego, hacer de lado los actuales liderazgos y replantearse mecanismos democráticos para la elección de sus dirigencias y sus candidatos. Entender el lenguaje de la ciudadanía que exige transparencia, honestidad, candidaturas ciudadanas, cumplimiento de promesas, freno a la corrupción y a los privilegios y ruptura con el pasado. Pero como fallaron cuando fueron gobierno y no cambian, no los perdonan.
¿Morena está igual o peor? Puede ser, pero de lo que hay con el morenismo a retornar al pasado, ¿qué escoger?
La otra acción necesaria es conformar un gran frente electoral. La oposición no podrá avanzar ni pensar en gobernar si no va aliada, con un plan de trabajo transparente y con objetivos precisos de gobierno.
Cada uno, por su lado, tendrá pingues ganancias que se limitarán a refrendar sus “bastiones” (algunos con muchísima dificultad) y dejarán el camino libre para que el partido gobernante refrende su dominio.
Un gran frente tipo la Unidad Popular chilena. La pregunta es: ¿Con qué liderazgos y con qué calidad moral?
Juan José Arreola de Dios
Periodista / Comunicación Política
Twitter (X): @juanjosearreola
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