Hay libros que nacen de una voluntad de unidad y otros que encuentran su sentido precisamente en la diversidad. Trazos Queretanos, obra colectiva publicada por el proyecto editorial El Bolígrafo Qro., pertenece a los segundos. Su unidad no está determinada por un género, una escuela literaria o una temática exclusiva, sino por algo más difícil de conseguir: la voluntad de mirar el mundo desde Querétaro —y desde México— a través de distintas formas de escritura.
El volumen reúne textos de Adalberto Martínez Arias, Carlos Jiménez Esquivel, Gregorio Alcántara Orona, Marco Antonio Carrillo Pacheco, Marco Antonio Ugalde Ugalde y Ricardo Rivón Lazcano, además del prólogo de Carrillo Pacheco. Su origen está en una publicación digital impulsada por Raúl Iturralde Olvera, quien convocó a los autores a escribir con libertad sobre aquello que les interesara. De ahí que el libro transite deliberadamente del ensayo al cuento, de la historia a la anécdota, del análisis al aforismo, la crónica y la sátira.
Más que una antología convencional, Trazos Queretanos puede leerse como una suerte de tertulia impresa: un grupo de escritores que, desde registros muy diferentes, comparte sus preocupaciones, obsesiones, recuerdos, lecturas y desacuerdos. El resultado es un mosaico donde cada autor aporta un color y una textura distinta.

Adalberto Martínez Arias: el humor como bisturí
El primer gran registro del libro es el humorístico. Adalberto Martínez Arias declara abiertamente sus filiaciones: Nikito Nipongo, Elmer Homero, Marco Almazán, Marco Antonio Flota, Rius, Armando Jiménez y Catón. De ellos recoge la tradición mexicana del ingenio, la sátira, el albur y la observación mordaz de la vida pública. Su propósito, según explica, es hacer de sus textos una especie de «caricatura escrita».
Y efectivamente: Martínez Arias escribe como quien dibuja.
En “Sonrisa”, por ejemplo, convierte un gesto cotidiano en una pequeña sociología del mexicano. La risa sirve para hablar de accidentes, amistades, elecciones, partidos políticos y comportamientos sociales. En “Metamorfosis”, la especulación científica se convierte en pretexto para imaginar al «homo covid» del futuro, mientras que “El Bulevar” transforma el tránsito por Bernardo Quintana en una antropología humorística del automovilista queretano.
Su principal aportación al conjunto es, considero, la mirada carnavalesca. Martínez Arias desarma la solemnidad: allí donde otros autores analizan, él caricaturiza; donde otros argumentan, él exagera. Su escritura recuerda que la crítica también puede entrar por la puerta del humor. Y vaya que eso es pertinente en tiempos de la neoinquisición que cancela, que funa, que censura.
Carlos Jiménez Esquivel: la historia como memoria recuperada
Carlos Jiménez Esquivel ocupa otro territorio. Sus textos se aproximan a la divulgación histórica, pero sin abandonar una voluntad narrativa. “Manuel Mier y Terán”, “De cristeros y libros”, “La tragedia de Cazadero”, “Trujillo y las hermanas Mirabal” o “La marcha Zacatecas” revelan a un autor interesado en rescatar personajes, acontecimientos y episodios que pueden quedar oscurecidos por las grandes narrativas históricas.
Su escritura embebe del periodista cultural y algo del cronista histórico. Investiga y contextualiza para después contar.
Pero hay también una dimensión afectiva. Cuando aborda la “Marcha Zacatecas”, por ejemplo, la historia musical se entrelaza con el recuerdo personal y con la experiencia de escucharla en ceremonias escolares. La historia deja entonces de ser una sucesión de datos para convertirse en memoria.
Jiménez Esquivel aporta al libro la dimensión documental y evocativa: recuperar aquello que merece ser contado y devolverle un rostro humano a la historia.
Gregorio Alcántara Orona: la pasión de la crónica taurina
Con Gregorio Alcántara Orona aparece un universo completamente diferente: el de la tauromaquia. Andrés Roca Rey, “El Pana”, El Rey David, Fortes, Manolo Martínez y San Fermín son algunos de los nombres y escenarios que recorren sus páginas.
Aquí la escritura adquiere un ritmo más apasionado. Alcántara no observa los toros desde una distancia académica sino desde la afición. Su vocabulario pertenece al mundo taurino y su mirada privilegia la faena, la figura, el riesgo, la técnica y el temperamento.
Su aportación consiste en incorporar la crónica de la pasión. El toro se convierte en espectáculo, pero también en memoria cultural. El autor registra una tradición que, independientemente de las controversias que genera, forma parte de la historia simbólica de México y de la cultura hispánica.
En sus textos aparece, además, una característica común a todo el volumen: la necesidad de preservar aquello que el autor considera digno de memoria.

Marco Antonio Carrillo Pacheco: del acontecimiento a la estructura
Carrillo Pacheco desempeña una doble función. Es el autor del prólogo y también uno de los escritores con mayor presencia en el volumen. Sus textos sobre 1968, trabajo, economía, pobreza, mercado laboral, salarios, Estado y el llamado Plan México desplazan el libro hacia el terreno del ensayo social y político.
Aquí cambia radicalmente el ritmo.
Mientras Martínez Arias parte del chiste y Alcántara de la pasión taurina, Carrillo parte del problema. Su escritura busca establecer relaciones entre acontecimientos históricos, estructuras económicas y procesos políticos. Hay en sus textos una vocación pedagógica: explicar el presente mediante antecedentes y categorías sociales.
Su contribución es la mirada estructural. Carrillo recuerda que detrás de cada coyuntura existen procesos históricos de mayor duración. No es casual que el prólogo insista en que estos textos pretenden abrir espacios de reflexión sobre México y Querétaro, pero también construir una comunidad de lectores.
Marco Antonio Ugalde Ugalde: la política como materia de discusión
La sección de Marco Antonio Ugalde Ugalde lleva el libro directamente al territorio de la opinión política. Abstencionismo, ideología, precampañas, ciudadanía, libertad, tolerancia e identidad femenina son algunos de sus temas.
Su escritura es frontal, argumentativa y polémica. Ugalde no pretende esconder al autor detrás del texto: por el contrario, hace explícita su posición y construye sus artículos desde la confrontación de ideas.
Hay, además, un interés por relacionar la política con conceptos más amplios: ciudadanía, democracia, identidad y libertad. Su aporte es la dimensión polémica del volumen. Si Carrillo procura explicar las estructuras, Ugalde las discute; si Jiménez Esquivel recupera el pasado, Ugalde interroga el presente.
Ricardo Rivón Lazcano: literatura, ironía y pensamiento
Finalmente, Ricardo Rivón Lazcano introduce quizá el registro más abiertamente literario. Sus títulos —“Instrucciones para desaparecer con clase”, “Maquiavelo en la sangre”, “Monstruos, brújulas y hogueras, lector (y no lector)”, “Los sabios ciegos del siglo XXI” o “La carcajada de Álvaro Arreola”— anuncian ya una escritura que disfruta la paradoja.
En Rivón convergen ensayo, crítica cultural, humor, intertextualidad y literatura. Su escritura conversa constantemente con autores, filósofos, escritores y personajes de la cultura contemporánea. No pretende únicamente informar: quiere producir una segunda lectura de aquello que comenta.
Su aporte es la literatura como forma de pensamiento. En sus textos, una idea puede convertirse en relato, una referencia cultural en detonador de una sátira y una observación cotidiana en punto de partida para una reflexión filosófica.
Un mosaico que encuentra su unidad en la conversación
Lo más interesante de Trazos Queretanos es que sus autores no intentan parecerse.
Martínez Arias ríe; Jiménez Esquivel recuerda; Alcántara Orona se apasiona; Carrillo Pacheco analiza; Ugalde polemiza; Rivón Lazcano ironiza y literaturiza. Son, en fin, seis maneras de mirar. Y precisamente ahí reside el valor del libro. El volumen conserva ese espíritu: no pretende establecer una doctrina literaria ni imponer una estética común. Su apuesta es más sencilla y, acaso por ello, más fértil: poner a conversar distintas formas de entender la escritura.
En tiempos de textos cada vez más breves, opiniones instantáneas y conversaciones que desaparecen en la pantalla apenas después de haber sido pronunciadas, Trazos Queretanos realiza una operación de resistencia: convierte aquella conversación digital en objeto perdurable.
El título resulta entonces preciso. Son trazos: fragmentos, perspectivas, líneas distintas. Pero juntos terminan componiendo una figura reconocible, la de una comunidad intelectual que escribe para no dejar pasar el mundo sin interrogarlo. Una comunidad que entiende, como señala el prólogo, que escribir y leer son «vasos comunicantes», en su acepción bretoniana, de un sentido de comunidad.
Y quizá ésa sea la verdadera apuesta de este libro: demostrar que la literatura no siempre necesita comenzar con una novela, un poema o un cuento. A veces empieza mucho antes, en ese instante en que alguien observa la realidad, toma la palabra y decide dejar plasmada una idea en forma de trazo.
AQUÍ PUEDES LEER TODAS LAS ENTTREGAS DE “PONGAMOS QUE HABLO DE LIBROS”, LA COLUMNA DE CARLOS CAMPOS PARA LALUPA.MX
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