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Me vuelven a mostrar unos videos por YouTube de estas series copias de Televisa, con millones de seguidores, que exhiben, de nuevo, las malas actuaciones (como siempre, lo único indispensable es saber llorar —en damas y en caballeros—, poseer traseros invitadores, tener curvas perfectas —en mujeres, ambas cosas), los guiones mal escritos, editores y directivas distraídos, factores todos ellos que, sólo, mueven a la risa (gestos de ira o de desprecio, tropezones mas falsos que una catarata en el baño, andares a media calle buscando ser atropellados, pero todas las mujeres, por supuesto, hermosas y con buen cuerpo, gritos donde no debía haberlos, enamoramientos impensados, personas malas que repentinamente son buenas, buenos disfrazados de lobos hambrientos, casualidades inesperadas —hijas e hijos hallados luego de numerosos años, maridos infieles cuyas amantes son precisamente las esposas de los hombres que acaban de conocer sus sufridas esposas que muy pronto (los cónyuges engañados) acabarán enamorándose, personas que ayudan a pordioseros que son, nada más ni nada menos, megamillonarios que de súbito los sacarán de la pobreza (a las personas caritativas), pobres que se convierten en millonarios, que no otra cosa es lo que buscan finalmente los pobres: los pobres no pueden ser felices si no son millonarios, como ya lo he dicho en un texto anterior—; en fin, predecibilidad al por mayor una y otra vez: lugares comunes por doquier.
¿Por qué son exitosas estas series tan previsibles?
No lo sé, mas prometo que será ésta la última vez que escriba sobre estas veleidades de la Internet.
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Sendas reiteradas ad infinitum como una forma de holgazanería intelectual: una máquina de coser tirada a la basura en cuyo interior hay miles de dólares, máquina que se convierte en otras series en un portafolios o en una llanta vieja, o capítulos parecidísimos donde sólo cambian los personajes: pero, eso si, los decires infaustos son perlas cotidianas, como decirle mandril… ¡a un mandil!
Suegras que odian a sus nueras por ser campesinas o, al revés, nueras que odian a sus suegras por ser pobres o yernos huevones mantenidos por las nueras o madres consentidoras con hijos que se aprovechan del trabajo de las hermanas, etcétera, en guiones similares donde papito Dios o la Divinidad siempre vela por la gente noble recompensándola, eternamente, con propiedades, empresas o millones de dólares para despreocuparlas de sus problemas caseros (¡siempre los que buscan trabajo o son despedidos injustamente lloran terriblemente —¿por qué me pasa esto a mí?, repite con lágrimas en los ojos la gente apesadumbrada— clamando por un pariente enfermo al que deben cuidar… en una fórmula manida e insuperada.
O esposas que abandonan a un verdulero para irse con el dueño de una compañía fonográfica que pronto será arrestado por usar a su empresa para lavar dinero mientras el antiguo comerciante de verduras, idea sólo proveniente de los audaces guionistas de estas telenovelas, se conviertte en un afamado compositor que, con premura, se volverá millonario para remarcar, de nuevo, la meta esencial de estas series de Internet: la única felicidad posible en esta vida la otorga el demasiado dinero porque, ¡ay!, no hay nada peor que la pobreza.
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Escenas tortuosas: una mujer embarazada va a la tienda por su marido que lleva ya en su cuerpo ingeridas dos cervezas, ¡pero al llegar a casa, recuperado el esposo, la preñada lleva puesto otro vestido… sin que nadie de la edición dijera nada o sin percatarse nadie de su craso error!
Los errores son continuos no nada más en las conjugaciones verbales (que así acostumbren a hablar en algunas región sudamericana no significa que su uso idiomático sea correcto) sino en datos relevantes, como la vez en que un marido, molesto por la presencia de su mujer en su trabajo (no en el de ella, sino en el de él), dice que lleva ya tres días apareciéndose sin avisar, aunque después —olvidado de lo que ha dicho— dice que son dos días pero luego grita, que para eso son muy buenos los actores (gritar), que se ha presentado la esposa tres veces.
En otra serie un ladrón a quien la asaltada conoce muy bien la amenaza cubriéndose el rostro, sin mirarla de frente, baja la cabeza, cubiertos sus ojos con una gorra (como si la mujer no reconociera su voz, tontos que somos los espectadores), pero luego la mujer reflexiona sobre la mirada de aquel hombre que la hace sospechar de quién pudiera tratarse… ¡cuando el hombre nunca la miró a los ojos ni la mujer pudo ver jamás su mirada!
Siempre las dos personas desamparadas (hombre y mujer, porque siguiendo la regla familiar cristiana jamás aparecen gays ni lesbianas) acaban perdidamente, ¡ay!, enamorándose entre sí.
Una esposa descubre a su marido (¿pero cómo estas mujeres pueden entrar a los trabajos de sus hombres y abrir las oficinas con sumo candor?) besando las piernas de otra mujer y todavía, la esposa, se disculpa por interrumpir tan bruscamente aprovechandose el infiel del momento para encolerizarse con su esposa por el atrevimiento de entrar sin tocar previamente la puerta y la esposa se retira, atormentada, por haber ocasionado tan grande disgusto a siu marido. Y se va tan campante como si allí no hubiese ocurrido nada, ¡olvidándose de lo que había visto! Esto me recuerda otra escena donde la esposa llega a su casa, después de más de un lustro de ausencia por estar trabajando en Estados Unidos para conseguir dólares, y se halla, porque lo ve con sus propios ojos, a la amante de su marido entrar a la casa y dirigirse a la recámara con su esposo (de la recién llegada del extranjero), pero al ser descubierto el marido infiel oculta a su amante y le dice a su esposa que lo que ella vio es una fantasía porque él es un hombre de una pieza, incapaz de hacer de lo que lo está ella inculpando, que su esposa está loca, viendo visiones donde no las hay (mientras, la amante huye por una ventana), ¡y la esposa, en efecto, cree estar loca y ver visiones donde no las hay, porque tiene al marido perfecto, ideal, honrado y acaba, ella, creyendo en su esposo y no en ella misma!
Aunque, claro, al final todo sale a la luz (el objetivo central de estas telenovelas) y el karma (palabra clave también de estas series) devuelve su merecido a los bribones, porque los valores humanos, como la ética, la sinceridad o la bondad, son la única honra de este mundo.
Sí, cómo no.
4
En un capítulo una ardida (estrepitosamente con muy buenas medidas corporales y vestido ajustadamente cortísimo) mujer, experta en lloriqueos —como lo debe saber hacer una acrtriz de telenovela—, dice, ¡ay!, que ella no va caminando con los pies (porque le encantan los coches de sus amantes), pero, vamos, ¿se puede caminar en esta vida con las manos o con la cabeza o con las rodillas o con los codos?
Estos garrafales errores del lenguaje son demasiado comunes en los improvisados e impreparados guionistas, pero igual los millones de seguidores de estos canales de Internet hacen como que no oyen estas calamidades del idioma.
(Por cierto, la ortografía es tan debilitada en estras series que los guionistas ni cuenta se dan de las horrorosas erratas que suceden en los capítulos, como apuntar “Jhon” en lugar de John, que es, o sería, lo correcto, aunque en esto de los nombres, sí, la libertad se transfiere según las conveniencias de los autores, y si alguien le quiere poner a su hijo Jhon nadie puede oponerse, como nada puede impedir que los padres nombren a sus vástagos Dayana, Leidi; James —pronunciado no Yeims sino así, con J, literal, sin importar la procedencia anglosajona: James, tal cual se escribe en castellano— o Brat, pues las —posibles— faltas ortográficas, en estos casos, son inexistentes.)
5
Las incongruencias son tantas (como la mujer que al fin regresa de Estados Unidos, después —según dice ella, emocionada— de estar ausente por dos décadas para reunirse con su amado luego de trabajar arduamente juntando miles de dólares —¡dos décadas!— cuando la actriz, siempre con cuerpo exuberante, no tiene ni 30 años de edad, lo que significa que la mujer partió a trabajar, enamorada, ¡a los diez años!) que agradezco a la gente me haya recomendado estas series para, sí, no volver nunca más a ellas no por otra cosa sino por tan accidentadas descuadraturas que, de seguir viéndolas, seguramente me harían modificar mi sintaxis, cometer errores gramaticales, pronunciar mal las palabras, olvidarme del género femenino o, sencillamente, aceptar lo manido como la única fuente de relativismo humano.
Con permiso
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