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Antes del arribo del siglo XXI, sin las redes sociales, el papel del periodista de la música era existente, incluso antes de la llegada de la catastrófica pandemia, a mediados de 2019, se realizó en la Universidad de Guadalajara un encuentro abocado a este género periodístico en el cual diversos comentaristas y distintos músicos convivieron planteándose diferentes cataduras de la entelequia musical con participantes abiertos a poner sobre la mesa los asuntos musicales sin prejuicios de ninguna especie (¡en la década de los ochenta, en Monterrey, se llevó a cabo un congreso de periodismo musical sobre circunstancias cumbieras!), pero estos años de necesario cautiverio por la enfermedad mundial modificaron sustancialmente la materia periodística hasta prácticamente difuminarla del orbe escritural, porque en estos dos años mortuorios las redes sociales le dieron vuelta con premura a la página social estableciendo otras reglas a los síntomas de la música al grado de no saber, ahora, cómo calificar la calidad sonora ante la novedosa clasificación masiva; es decir, el gozo multitudinario es el que tiene la última palabra en situaciones de aceptación popular.
Paco Ignacio Taibo II, por ejemplo, en el programa televisivo del Fondo de Cultura Económica del pasado viernes 30 de septiembre, aseveró dos modalidades inexorables ante la nueva realidad: (una) sigue sin gustarle la sonoridad grupera pero (dos) se ve en la necesidad de aceptar que una banda como Firme posee el encanto de la conexión popular, cuestión compleja —y extrema— que, ya de golpe, elimina la posibilidad del argumento crítico para darle paso a la comprensión de lo inexplicable: ¿cómo ahora una armadura musical de endeble manufactura puede significar una coraza de identidad en los nuevos cabalgadores de la Internet, que poco, o nada, atienden a la crítica de la música sino sólo se atienen a sus propias configuraciones de reflejo musical?
No sé, pero tal vez un congreso como el de hace tres años en Guadalajara no sea posible efectuarlo hoy, pues las nuevas realidades quizás nos están obligando a mirar con otros ojos las cosas que antes las contemplábamos con diferente mirada. Después de todo, los seguidores de Guns and Roses tenían entonces la razón cuando vitoreaban al grupo comandado por Axl Rose en el momento en que, con lujo de violencia, discriminaban en sus canciones a los seres no iguales a ellos porque, finalmente, su música llenaba de gozo a miles de personas: porque el gozo, el festejo colectivo, es ahora, según entiendo, el termómetro del estado fehaciente de la cultura popular, razón por la cual un cantante como Cutty Ranks por la pieza que interpreta “Dame tu cosita” tiene más de 4 mil millones de vistas en la Internet. Y, dado el entendimiento de que lo de menos es la música sino lo esencial es cómo la recibe la gente, se debe comprender que estas cosas son las que atraen y divierten al público contemporáneo, porque el factor musical ha cambiado enormidades gracias, ¡ah!, a las benditas redes sociales.

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[El siguiente texto, que escribí en la década de los ochenta, fue entonces casi una profecía porque los adoradores de los ídolos se van convirtiendo, si no es que ya lo son, en los comentaristas de la música, a diferencia del ayer, cuando los comentaristas se iban convirtiendo de a poco en adoradores de los ídolos. No resulta este apunte —como yo pensaba en un principio— absolutamente prescindible ni completamente inútil, sobre todo por aquello del apego al artista más que a la estricta función crítica del arte. Lo redacté a partir de una (para mí) ingeniosa escritura de Ramón de España —que incluso reproduje otorgándole crédito al autor ibérico—, proveniente de su libro En la cresta de la nueva ola, que le editara la barcelonesa Icaria en 1981.]
De la pasión de los críticos
En la prensa musical se encuentran dos modelos de críticos: aquel que considera al rock como una parte más del arte contemporáneo y, por lo tanto, comparte su afición a la música con su amor por la literatura, el cine y otras hierbas, y aquel que vive pura y exclusivamente de sus queridos discos y no sabe nada de ninguna otra cosa ni le importa.
Esta gente, cuando te la encuentras, te abruma con detalles referentes a los doce discos de vinilo que ha escuchado durante el día y te deja con la palabra en la boca porque tiene que ir a asolar a alguna empresa discográfica para ver cuántas novedades más puede conseguir de manera gratuita. Sabe que en el mundo existen cosas aparte del rock, pero le da igual; lo único que le hace feliz es escuchar música hasta que le sangra la oreja.
En el fondo debemos confesar que los envidiamos y que nos encantaría poder echarle un poco más de pasión al asunto y alcanzar un nirvana similar al suyo cuando disfrutan de la última joya producida por su ídolo.
Porque ésa es otra. Casi todos los críticos musicales tienen uno o varios ídolos a los que adorar. Algunos llegan a consagrar su existencia a una sola estrella; otros quedan fascinados ante cualquier personaje más o menos importante que se les ponga a tiro.
Refiramos un caso de Barcelona: Martín J. Louis y Bertha M. Yebra dirigen la revista Popular 1 y constituyen un caso flagrante de derretimiento cerebral. Han sustituido las novelas de caballería que enloquecieron a don Quijote por el rocanrol y se han entregado a él en cuerpo y alma. Provistos ambos de un alma de grupi nada desdeñable, se presentan en cuanta rueda de prensa se realiza en la ciudad y se desviven por agasajar a los músicos sin importarles a quién tienen delante. Pueden ser elementos tan dispares como Phil Manzanera o Rocío Dúrcal. Carecen de ideología y su única ilusión parece ser la de aparecer en las fotos haciendo compañía a las estrellas. Cualquier elemento mínimamente famoso tiene derecho a sus halagos y es tal el cariño que le dedican que han llegado a conseguir cosas tan increíbles como que Lou Reed, durante un cierto tiempo, rechazara hablar con cualquier periodista español que no trabajara en Popular 1. Y debemos decir que para trabajar en Popular 1 lo único que se pide es que no se sienta el menor respeto por las más elementales normas gramaticales y que se demuestre una gran pasión por las cosas más absurdas. Martín y Bertha están fascinados por las imágenes más convencionales del mundo del rock, al que son incapaces de contemplar desde la necesaria distancia.
En México los casos abundan. Sería vano hablar de una sola revista. Se ofenderían las otras, casi todas, si las ignoramos.
Pero hay otros críticos que consagran su vida a un solo personaje al que, incluso, llegaron a parecerse físicamente. Está el caso del español Ignacio Juliá y su pasión desmedida por Lou Reed. En México, Walter Schmidt nos pareció muchas veces salido de una portada de un disco punk.

Vayamos con Juliá.
Tiene una infinita colección de fotos de su ídolo y se ha compuesto una imagen muy en la línea Scorpio Rising: botas, tejanos, camisetas, gafas de Sol y una flamante cazadora de cuero negro que se quita únicamente en los más tórridos días del mes de agosto. Cuando Lou Reed va a Barcelona, Juliá está en primera fila. Y si Reed no va hasta Barcelona, Juliá se traslada donde haga falta para verle, pagando el desplazamiento de su propio bolsillo si es preciso. Los escenarios de Francia y Holanda han sentido ya el peso de las botas de Juliá saltando feliz a tres metros de su ídolo.
Lo curioso del caso es que Juliá no es ningún idiota. Lo que le ocurre es que está dominado por una curiosa fascinación hacia una determinada imagen. Alguna vez, agarrados de su respectiva copa, Ramón se lo ha comentado:
—Ignacio, muchacho, tú eres un tipo inteligente, con sentido del humor, ¿cómo puedes hacer estas cosas?
Ignacio Juliá ha contestado, lacónico:
—No puedo evitarlo.
Y se pide otro trago. Así de fácil. No puede evitarlo. Le creemos y, casi, nos alegramos por él. Porque cuando está oyendo a Lou Reed o hablando con él (porque cuando Reed ha ido a Barcelona, Juliá lo ha atendido personalmente), es el hombre más feliz del mundo.
—Por algo así los colegas —le digo a Ramón— casi me linchan cuando llegué, adelantado en copas, a la conferencia de prensa de Mike Oldfield. No daban crédito que yo le pudiera rebatir a Oldfield sus simplezas. Todos estaban como anonadados. ¡Estaba Oldfield ante sus ojos!
Pero retornemos con Juliá.
Todo lo que tenga relación con Lou le interesa, por eso se convirtió en el guía inseparable de la enigmática Nico cuando ésta cayó por Barcelona. Ignacio le sonsacó a Nico cantidad de cosas sobre Lou. Cuando Nico, antes de partir, le dijo que cada día se parecía más a Lou, Juliá entró en el séptimo cielo. Durante los días siguientes a la feliz revelación parecía caminar a unos centímetros del suelo.
Es como si aquí en México, le digo a Ramón, Julissa le dijera al comentarista musical Antonio Carrizosa que cada día se parece más a César Costa. ¡No, hombre!, el Toño no tocaría tierra, ciertamente, con sus pies. Alitas le saldrían.
Habrá ocasión de que platiquemos, otro día, acerca de los críticos cultos. Que se creen, o son considerados, literatos. No hay Dios que los detenga en su pedantería. Ellos son los únicos dueños de las certezas rocanroleras.
Por Dios, vaya clase…

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¿A un fan del panameño influencer Rodney Sebastian Clark Donalds le importará saber la estructura teórica con la que produce sus canciones exitosas este Chombo o sólo le gustará escuchar sus piezas para refrendarlo en la órbita del espectáculo? Las miles de millones de visitas a su arreglo de la canción “Dame tu cosita” son lo suficientemente evidentes como para conocer la respuesta.]
El video de esta canción presenta a un monstruo verde delgado asexuado que baila, en un prodigio de ilustración cibernética, bastante bien el ritmo de la pieza que no es ninguna novedad —el ritmo—, como tampoco lo es ninguno de los videos mil millonariamente vistos con interés por los jóvenes del mundo (en el de Justin Bieber sólo aparecen varias bellas chicas moviendo sinuosamente su cuerpo invitando no al baile, sino provocadoramente a la intemperancia sexual) denotando, con ello, su volubilizada melomanía carente de interés musical pero demasiado cercana a la complacencia afectuosa del júbilo colectivo donde lo de menos es la apreciación crítica sonora y lo de más es la sincronización de los gozos.
Porque estamos, en definitiva, en otros tiempos donde la culturalidad se ha vuelto menos intimista para fusionarse con la indistinción masiva: ahora la calificación sonora depende del jolgorio de los receptores, no de los atributos y capacidades de los músicos… precisamente porque estamos en otros tiempos… y habría que entenderlos.
Las redes sociales han propiciado, y promulgado, otras visceralidades, otros contextos, otros entendimientos, otras conjeturas, otros deliquios recipiendarios, otros vertederos culturales, otras zanjas de reposo. No en balde TV UNAM, por ejemplo, para no quedarse atrás, ha creado un programa intitulado No memes para referirse, con supuesta gracia, a todo lo relacionado con el mundo digital aplaudiendo, y tratando de adentrarnos (porque todo lo que sucede en el orbe de la Internet, caray, es tan padrísimo que hasta hay que adaptarnos a los nuevos y picarones lenguajes novedosos, ¡no memes!), a todas estas atmósferas construidas en los soportes murales del entramado digital. Para TV UNAM —¡y por eso hace este programa, faltaba más!—, todos los sucesos en las redes sociales son dignos de discutirse, al grado de que, para tal fin, invita en cada sesión a un académico universitario para que dirima cualquier asunto relacionado con los contenidos de esta base electrónica. ¡Y vaya que a todos los invitados les parece una maravilla los aconteceres en la web!
Porque los tiempos, sí, ya son muy otros.
4
Tan los tiempos han cambiado que casi no reconozco a ciertos viejos amigos. Cuando llegué en julio de 2019 a Notimex para encargarme de la sección cultural, pedí a un reportero que buscara a David Huerta para conmemorar en dicha agencia noticiosa del Estado su septuagésimo aniversario, que los cumplía el 8 de octubre de ese año, pero mi amigo David se negó a ser abordado ya que no estaba, nunca estuvo, de acuerdo con el gobierno obradorista. Basta evocar dos botones de muestra: el poeta signó un desplegado donde se calificó al presidente morenista como alguien que, a través de sus juicios, siembra odio y división; asimismo, en algún texto escrito en El Universal, a la periodista Sanjuana Martínez la acusó de ser criminalizadora y delatora.
—Dile a Roura —le pidió David Huerta al reportero— que mientras se encuentre Sanjuana en la dirección de Notimex no voy a darle ninguna entrevista…
Y siguió, el buen David —hasta su infausta muerte, ocurrida el lunes 3 de octubre de 2022, a cinco días de cumplir 73 años de edad—, como un firme opositor de todo lo que proviniera del “dictador” que tenemos en la Presidencia de la República. No quiso volver a hablar conmigo, amigos que éramos, por el hecho de buscar, yo, encarrilar el rumbo de la cultura en la agencia del Estado mexicano, que de todos modos, aun con su renuencia, lo celebró publicando, a espaldas de él, una entrevista inédita hablando, David, de poesía, un tema que conocía bastante bien. Y, pese a lo escrito por David en su última columna publicada en El Universal, el 22 de septiembre de 2022 bajo el título “Defensa de Sheridan”, en la cual dijo que López Obrador “suele ser dócil y aquiescente con los poderosos, a la vez que abusa de los que no tienen ni de lejos sus inmensos recursos políticos”, tanto Azul Alzaga como Jorge Armando Rocha —sin que ellos lo supieran, quizás— mostraron su dolor por la muerte del poeta, como debe de ser, sin importarles la ideología del fallecido, tal como lo precisan los aires libertarios de la cultura: yo conozco a poetas, narradores, teatreros, bailarines o académicos que han prestado, convencidos, su servicio intelectual a los regímenes priista o panista llevándose, por ello, salarios desmesurados que han recibido con discreto beneplácito.
Azul Alzaga recordó a David Huerta —el martes 4 de octubre al final del programa Mañanera 360 de Canal Catorce— con algunos versos de su poema sobre Ayotzinapa, que escribiera a dos meses de la desaparición de los normalistas: “Los muertos no se han ido / Ni los han hecho desaparecer / Que la magia de los muertos / Está en el amanecer…” Porque recordar el arte de un poeta nada tiene que ver con el desprecio del poeta a una tendencia política (no le gustó a David Huerta que Notimex, al inicio del sexenio obradorista, lo hubiera relacionado con el respaldo económico que siempre obtuvo del Conaculta en administraciones anteriores; y, ni modo, así fue… como he apuntado en otras ocasiones, dicha señalización ya había sido aireada —durante sexenios pasados— en diversos medios sin que David Huerta se removiera de su asiento acaso sabiendo sólo él las razones de tal parquedad). Pues el acontecer cultural es una cosa y otra muy distinta es la ideología, o la biografía, que se puede emanar de un protagonista de la cultura, que es, me parece, lo que ha sucedido, o está sucediendo, con el asunto del concierto de la banda grupera Firme, que los opositores del gobierno obradorista han querido entremezclarlo —con arbitrio innegable, o clasismo ansioso— con el renacimiento del arte kitsch, muy adecuado, según los antisimpatizantes de López Obrador, a las premisas y consentimientos “nacos” del morenista retratando, con esta calificación, la extracción racista que se acostumbra en las redes sociales pata exacerbar los ánimos sociales.
Al afirmar que la naquería por fin se ha apropiado de los gustos populares del gobierno morenista se ha dejado de prestar atención quizás a dos vertientes básicas de la nueva realidad: la aparición de distintas clasificaciones musicales acríticas y la neocategorización de los eventos multitudinarios que, per se, son calificados —en estas nuevas apreciaciones culturales acaso transmitidas básicamente por instancias digitales— de entereza y veracidad culturales. Como en los videos más visitados en la Internet, cuyas músicas, reiteradas y sin empuje imaginativo, no son un aliento creativo sino la confirmación de las fórmulas exitosas de la transitoriedad musical, porque las redes sociales no requieren, según se ha constatado, del afianzamiento de la crítica para proseguir promoviendo el entretenimiento volátil del raudo financiamiento mediante las músicas desechables, enseñanza que se vislumbra, con claridad desmenuzada, en las pantallas digitales.
Lo dicho: ahora el gozo suple a la cavilación, premisa aprovechada por una arbitraria disidencia que la confunde, o quiere confundirla a propósito, con aromas discriminatorios en lugar de adentrarse en las novedades de un tiempo que ha empezado a cambiar desde el arribo del siglo con las nuevas tecnologías modificando, entre otras numerosas cosas, la visión de percibir o de clasificar a la música que nada tiene que ver con argumentos racistas, emergidos sobre todo de un desentendimiento, voluntario o no, de las nuevas costumbres culturales, por lo menos en el tratamiento de la música.

5
Lo que han dejado ver estas vistas milmillonarias en Internet es que, hoy, el éxito de alguna canción —porque ya no podemos hablar de un proyecto— no depende ya del talento de quien la produzca, o interprete, o componga, sino de una suerte de azarosa adopción por parte del receptor, fiado de su espontáneo gusto sonoro, no de una búsqueda suya de conocimientos sonoros: el entretenimiento —la mercadotecnia— finalmente se ha impuesto a la cultura —el pensamiento—, como, me dicen, la visualidad también ha aventajado a la letra escrita: quizás por eso ahora, en los tiempos de la Internet, conlleva más peso los decires de un periodista que se deja mirar que lo escrito por un redactor invisibilizado, quizás por eso numerosos periodistas han preferido divulgar sus informes en los canales de la web en lugar de escribirlos, porque, probablemente no queriendo, han acabado por darle la razón a los nuevos síntomas de la electrónica cuyo dictado de la imagen por arriba de la letra prevalece porcentualmente en los gustos de la audiencia.
AQUÍ PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “OFICIO BONITO”, LA COLUMNA DE VÍCTOR ROURA PARA LALUPA.MX
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