La cuarentena me tiene sin palabras. Soy una reportera que toma prestadas las palabras de otros, las historias de otros y no puedo empezar a contar cómo vivo este periodo. Todos los días se volvieron iguales, pero al principio el trabajo acaparaba todo el tiempo. Las horas extras mitigaban la ansiedad.
El Covid hizo algo que sólo imaginaba en películas y libros. “Hicieron que se nos acabaran las horas de dormir y de comer y que los días y las noches fueran iguales para nosotros”, contaba Juan Rulfo.
Aquí las cosas no son tan severas, todavía hacemos chistes al despertar, a la hora de la comida, en la cama mientras intentamos dormir porque ya no conocemos bien el tiempo, ni los días, ni las rutinas a las que queremos aferrarnos.

¿Cómo vive una reportera, casada con un reportero, la cuarentena? ¿Cómo contar los rituales? Lavarnos las manos, recibir despensa, lavarnos las manos, desinfectar la despensa, lavarnos las manos, limpiar con cloro, lavarnos las manos, hacer chistes, lavarnos las manos, abrazarnos, lavarnos las manos, consolarnos, lavarnos las manos, jugar con nuestra hija, lavarnos las manos, mandar tareas y trabajo, lavarnos las manos.
Nosotros que solíamos estar en la calle y contar lo que veíamos, hoy nos conformamos con pantallas. El país y el mundo en computadora, la familia y las amistades en videollamadas, el entretenimiento a ratos en una televisión que cada vez ofrece menos. “Deberíamos comprar una televisión inteligente”, nos decimos, pero sabemos que normalmente no le dedicamos tanto tiempo.

Las videollamadas se volvieron necesarias para confirmar que los nuestros están bien. Los libros son un alivio, igual que los documentales en Internet que muchas veces no acabamos de ver. Lo mismo aplaudimos a Keith Richards en Netflix cuando asegura con su voz ronca “uno no es adulto hasta el día que te entierran”, que nos enternecemos con El Increíble doctor Pol salvando a un bóxer atacado por un puercoespín, con nuestra perra roncando a nuestros pies.
Nos centramos en nuestra cocker. Ha engordado y cada vez ronca más fuerte. Es cariñosa con nosotros, pero antisocial con casi todo el mundo. A veces sueña y ladra bajito. La oímos cuando elige dormir al lado de la cama. Establecimos, de manera informal, intensas jornadas diarias de caricias que acepta muy contenta, como si supiera que nos hace bien.

Nos metemos en la música, le presumimos a nuestra hija las canciones que nos enorgullece conocer: Rubén Blades, Lila Downs, Chavela Vargas, Amparo Ochoa, Soda Stereo, Queen y Pink Floyd . También soltamos varias que nos dan pena. Ella acepta con gusto, sobre todo si escuchamos lo que oye con sus amigos y algunos temas no son tan malos.
Todo va bien hasta que suena algo lleno de nostalgia. “Polvo en los ojos” me recuerda a mis muertos y la angustia y la tristeza vuelven. Escucho “numeré las estrellas nuevas, no noté que una se apagaba” y retengo las lágrimas por el pasado y por el miedo al futuro.
Las películas viejas son un escape. Ya vimos Matrix y las dos primeras de Terminator. “Hasta la vista, baby” volvió a ponerse de moda entre nosotros, aunque la frase fue sustituida recientemente por “Señor coronavirus, no me quiero ir” y “Tengo miedo, señor coronavirus”, cortesía de mi marido.

¿Cómo vivo la cuarentena? Me vuelvo a preguntar pero no me salen las palabras que le quiten dramatismo a la zozobra y al miedo, que se esconden en proyectos de casa que siempre quedan para mañana. «Despéjate cabeza, despéjate», me repito citando a Hemingway como si fuera un conjuro, pero la cabeza vuela y me meto otra vez en el trabajo ¿a quién le importa cómo vive una reportera?
La contingencia nos volvió vulnerables, no sólo por la posibilidad de enfermarnos. También porque hay que aceptar las emociones, exponerlas, reconocernos. ¿Cómo saldremos de la cuarentena? ¿Cambiaremos? ¿Los demás habrán cambiado? ¿Esto sólo lo sentimos nosotros? ¿Sólo lo siento yo?
A ratos vuelvo a oír a Blades y me pregunto si tendremos la suerte de ser, como él, de donde nace la Rosa de los Vientos, porque con todo y el miedo, “tenemos que seguir respirando también por los demás” y en mi pequeña familia hacemos una lista de cosas que queremos hacer al terminar la cuarentena.

Termino de escribir y releo y me doy cuenta que, reportera al fin, volví a tomar palabras de otros, mezcladas con mis emociones y mis voz. Las cosas no están tan mal y entonces pienso en José Emilio Pacheco “el mundo atraviesa por un momento angustioso. Sin embargo, había esperanza” y creo que el ritual de lavarnos las manos nos mantendrá a salvo del enemigo que no podemos ver.



