*Imágenes del artículo generadas por ChatGPT (OpenAI, 2026).
¿Y si mantenerse activo no dependiera exclusivamente de ir al gimnasio? Muchas personas adultas mayores suelen decir que no realizan actividad física. Sin embargo, cuando describen qué hacen en un día normal mencionan haber realizado caminatas, mandados, subir y bajar escaleras, quehaceres de la casa, jardinería, cuidados de otros o trabajo comunitario. En realidad, todo eso forma parte de la actividad física, hace trabajar los músculos y aumenta el gasto de energía. El ejercicio físico programado, como el que hacemos cuando vamos al gimnasio o practicamos un deporte regularmente, es sólo una de las muchas formas de actividad física. Sin embargo, también existe la actividad física incidental o cotidiana, y es la que realizamos como parte de las actividades de la vida diaria. Aunque cuando la hacemos no tengamos la intención de entrenar, también mueve el cuerpo, acelera el corazón y activa los músculos. Esta forma de movimiento no requiere gimnasios, ropa deportiva ni horarios específicos. Es fácil de mantener y, sobre todo, está disponible en cualquier etapa de la vida.
De hecho, diferentes investigaciones en el mundo, incluido México, han comenzado a observar que la actividad física incidental tiene muchos beneficios tanto físicos como mentales: mejora la función cardiorrespiratoria; favorece procesos mentales como la memoria, la atención, la velocidad de procesamiento, el control de los impulsos y el lenguaje; incluso se han encontrado vínculos con un mejor estado de ánimo y menor probabilidad de síntomas depresivos. En este sentido podemos pensar que el movimiento dialoga con el cerebro.
Una de las formas de comprender este diálogo entre el movimiento y el cerebro es a través de la plasticidad cerebral, es decir, la capacidad del sistema nervioso para modificar su estructura y funcionamiento en respuesta a experiencias, aprendizajes y condiciones del entorno. Aunque solemos pensar que el cerebro deja de cambiar al llegar a la edad adulta, lo cierto es que conserva esta capacidad a lo largo de toda la vida, incluso durante el envejecimiento. La actividad física es uno de los factores que pueden favorecer la plasticidad cerebral. ¿Cómo ocurre esto? Cuando nos movemos, especialmente al realizar actividades aeróbicas de intensidad moderada, nuestro organismo activa una serie de mecanismos que favorecen la salud cerebral, entre ellos la liberación de moléculas como el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF), que participa en la supervivencia de las neuronas y en los procesos de aprendizaje y memoria. Estas señales contribuyen a fortalecer las conexiones entre las neuronas, es decir su capacidad de comunicarse, y favorecer la formación de nuevas espinas dendríticas, pequeñas estructuras que reciben gran parte de las señales que intercambian las células nerviosas. En determinadas regiones cerebrales, como el hipocampo, una estructura fundamental para la formación de recuerdos y la memoria espacial, también se ha estudiado la posibilidad de que la actividad física incremente la neurogénesis, es decir, la generación de nuevas neuronas. Además, el movimiento favorece la salud de los vasos sanguíneos y la circulación, lo que contribuye a mantener el suministro de oxígeno y nutrientes al cerebro.

La relación entre la actividad física y el cerebro no se limita a la memoria o al aprendizaje, sino que también involucra procesos relacionados con nuestras emociones y nuestro bienestar psicológico. El ejercicio puede influir en los sistemas cerebrales que participan en la respuesta al estrés, la motivación y la regulación emocional, además de facilitar el sueño. Estos beneficios surgen de la interacción entre procesos fisiológicos, psicológicos y sociales. Por ejemplo, salir a caminar permite cambiar de ambiente, reducir el tiempo que pasamos sentados y, si lo hacemos en compañía, mantener el contacto con otras personas. Estas experiencias también son relevantes para la reserva cognitiva, un concepto que hace referencia a la capacidad del cerebro para afrontar los cambios asociados con el envejecimiento o con determinadas enfermedades neurológicas sin que necesariamente se manifiesten alteraciones cognitivas en la misma medida. La reserva cognitiva se construye a lo largo de la vida mediante experiencias como la educación, las actividades intelectuales, las relaciones sociales y los hábitos de salud. Así, la actividad física cotidiana puede contribuir al bienestar emocional y a la salud cognitiva, no sólo por los procesos biológicos que favorece, sino también por las oportunidades de aprendizaje, interacción social y participación en el entorno que ofrece.
Los beneficios aparecen incluso con pequeñas dosis. Caminar diez minutos al día, subir escaleras cuando es posible, cargar bolsas del mercado o cuidar el jardín pueden acumular efectos positivos. Más que centrarse sólo en la intensidad, la evidencia destaca la importancia de encontrar formas de movimiento que puedan sostenerse en el tiempo. Para algunas personas, la actividad incidental puede ser la puerta de entrada a formas más estructuradas de ejercicio; para otras, puede ser suficiente para mejorar su bienestar y calidad de vida. Para los sistemas de atención a la salud, el envejecimiento activo representa una oportunidad, pues es una estrategia de bajo costo, accesible, culturalmente adaptable y de bajo riesgo. Además, permite intervenir más allá de la consulta médica, fortaleciendo la autonomía y la participación comunitaria de las personas adultas mayores.
Marie Christine Aline Bedos y Javier Sánchez López son profesores de la licenciatura en neurociencias, en la Escuela Nacional de Estudios Superiores Unidad Juriquilla, de la Universidad Nacional Autónoma de México
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