Autoría de • 1:45 pm• #Destacada, #Opinión, Víctor Roura - Oficio bonito

Atentados contra la página – Víctor Roura

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Decía el estadounidense Tom Wolfe (1930-2018) que es vergonzoso tardar once años en escribir un libro. Yo no me ruborizo si le confío a usted que alguno de mis libros ha demorado más de dos décadas, porque escribir un libro sobre las lecturas personales (como mi libro de 2013, editado por Lectorum, El lenguaje es una fuente de malos entendidos: 101 literatos del mundo no hispano), creo, no es un asunto menor. Sobre todo si se piensa que uno, que ha adoptado el oficio escritural como modo de vida, no deja de leer en ningún momento, aunque he de confesar que, a diferencia de poder asegurar cuántos discos tengo y cuántos he escuchado de mi colección, no sé, a ciencia cierta, cuál es la cantidad exacta de los libros que he leído hasta el día de hoy. Sí puedo saber que, en mi biblioteca (aparte de haber mal vendido cuatro mil libros por la necesidad de pagar mis deudas que me dejara un ingrato inversionista de una de las publicaciones que no sé en qué momento confié en que, como me decía mil veces, se encargaría de todo llevándose nada más a su cuenta cientos de miles de pesos cobrados de la publicidad y la venta de aquel infausto periódico cultural), poseo, pese a todo, poco más de tres mil tomos, con la certeza de que no he podido leerlos todos. ¿Acaso tres cuartas partes, nada más? No lo sé, en verdad.

      Porque un solo volumen puede ser demorado en ser leído, a veces, más de un mes, como otros incluso en un solo día. Crimen y castigo, de Dostoievski, recuerdo que, pese a su crudeza, lo leí en menos de setenta y dos horas, y el nombre sagrado de Raskolnikov desde entonces no se me ha borrado de la cabeza, cada vez, quizá, con menos partículas memoriosas. Pero también están los libros que uno ha releído numerosas veces, como, en mi caso, Don Quijote, obra de la que tengo más de diez versiones, todas ellas hermosas. Probablemente Don Quijote ha pasado, de modo íntegro en sus dos tomos, por mis ojos unas tres veces, y volvería con gusto a leerlo. Una vez, durante un accidente casi fatal en 2003, recuerdo que, mientras me reponía (obligadamente en reposo, con siete u ocho costillas rotas), en una sola semana me leí medio centenar de libros; breves, sí, pero ya me los debía: los dolores eran felizmente apaciguados por las maravillosas historias que entraban a mi vida.

      Porque eso sucede con la literatura, la buena literatura: el lector va acumulando experiencias, vive más vidas que la gente común, va absorbiendo conocimientos, enriqueciéndose de numerosas ideas, va siendo muchos hombres en uno solo, va poniendo orden a múltiples cavilaciones, su imaginación incluso puede desbordarse.

      ¿Cuántos libros necesita leer un lector para ser un compendio de sabiduría?

      No hay un número, no puede haber un número. Porque la cultura no se basa en cifras, sino en contenidos, en apropiaciones, en fortalezas. Así como uno puede tener una ligera sospecha del número de películas que ha mirada el incontenible y arrasador Jorge Ayala Blanco en su más de medio siglo como crítico de cine (¡más de cincuenta mil!), nunca (¡nunca!) se va a poder calcular cuántos libros leyó, por ejemplo, Jorge Luis Borges (que se consideraba más lector que escritor), ni Julio Cortázar, ni Charles Dickens, ni Nabokov. Porque un libro puede ser leído durante un mes, mientras un filme tiene que ser visto en dos horas. Vamos, podemos adivinar cuántas cintas ha visto Ayala Blanco, pero no cuántos libros ha leído, porque, además, es un lector voraz.

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Y son —la literatura y el cine— dos cosas distintas, ciertamente.

      No fue fácil escribir el libro del lenguaje como fuente de malos entendidos (frase, por cierto, de Saint-Exupery). Porque, en efecto, sabía que quería escribir un libro sobre lecturas de libros, sobre autores, sobre tramas… pero, ¿cómo? De antemano era evidente que no iba a poder incluir todos los volúmenes que he leído en mi vida. No está, digamos, Herman Hesse, que es un literato de mi adolescencia. Y su Bajo las ruedas me signó profundamente. Tampoco elegí a Dante Alighieri. Ni a Petrarca. Dejé fuera a Dostoievski y a Gogol y a Tom Sharpe y a Kundera y a Capote.

      Pero es como todo en la vida, supongo: ¿por qué se ama exactamente a esa mujer y no a aquélla?, ¿por qué se escucha un disco de Bruce Springsteen y no uno de Donovan?, ¿por qué se pide del menú un spaguetti a la bolognesa y no un coctel de camarones?, ¿por qué se escogió al Barcelona y no al Atlético de Madrid?, ¿por qué se compró un perrito yorkshire y no un salchicha?, ¿por qué uno viste de negro y no de morado?

      Y de ahí puede surgir cuanta pregunta se nos asome a la cabeza: ¿por qué 101 autores?,  ¿por qué no nada más medio centenar?, ¿o cien?, ¿por qué no mil uno o quinientos?, ¿por qué Bartleby y no Moby Dick?, ¿por qué fue eliminado de último momento Oliver Sacks y tomó su lugar Hosseini?, ¿por qué los compositores Dylan y Cohen y no Bellow, Boll, Grass, Novalis, Seferis o Lessing?, ¿por qué el repertorio no se hizo en orden alfabético y se prefirió el cronológico?

      Etcétera.

      Es como cuando escuchamos decir una cosa y en la práctica resulta otra muy distinta. Cuando una mujer dice no, puede ser sí; cuando un político pronuncia en su discurso que no van a aumentar los medicamentos, los ciudadanos ya están temerosos porque saben que en cualquier momento los precios subirán; cuando un futbolista promete que van a ganar al equipo rival, los fanáticos del declarante entonces tienen el temor de que su oncena va a perder; cuando el carnicero dice que el chicharrón es exquisito, a la hora de la comida los comensales comprueban lo contrario: cuando el casero promete no aumentar la renta, los inquilinos tienen que ir ahorrando pues tienen la certeza de que no va a ser así, y al siguiente mes lo corroboran; cuando el amante dice estar enamorado, la amada no puede creer cómo entonces fue a acostarse con su amiga; la hija dice que va a llegar a la medianoche, pero abre la puerta de la casa casi a la hora en que el sol está saliendo: el presidente de la República hace un sinfín de promesas en su periodo inicial que al final de su mandato no cumplirá; el filósofo especializado en ética acuerda con una gran empresa editorial un premio millonario sin la necesidad de remitir su novela al concurso; los matrimoniados se juran amor eterno, pero a los dos años están desesperados por divorciarse; el locutor dice una noticia, pero todos los espectadores saben que está mintiendo; los diputados dicen una cosa y hacen otra…

      Etcétera.

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El lenguaje, sí, es una fuente de malos entendidos, como bien dice Antoine de Saint-Éxupéry.

      Quizá por eso yo tenía al comienzo una idea de aquel libro muy distinta de su resultado final, el cual, de todos modos, me tiene satisfecho.

      Fueron no sé cuántas horas de ensimismamiento, no sé cuántos años (más de once, seguramente), no sé cuántos interminables desvelos.

      Y estoy de acuerdo.

      Y le puse punto final al compendio, porque de otro modo jamás se lo habría puesto. Quien ha escrito un libro sabe de lo que estoy hablando.

      Tal vez en el futuro haga otro libro con un número igual de autores, u otros dos, o tres tomos, no lo sé.  

      Sin embargo, me alegró poder haber concluido aquel libro. Porque había querido escribir sobre mis lecturas, acerca de los libros leídos, sobre las historias que hallamos en los libros.

      Así que, con permiso, voy a darle vuelta a la página, que es una de las cosas más maravillosas que he descubierto en la vida, cosa, por cierto, a punto de extinguirse, según los empresarios de la electrónica, empeñados en atentar contra este objeto ilusorio.

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Last modified: 12 octubre, 2026
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