Autoría de • 3:56 pm• #Opinión, Omar Castrejón - Contrastes

¿Estamos preparando a nuestros hijos para el futuro? – Omar Castrejón

Hace unos días pregunté en redes sociales qué opinaban de la educación que reciben los estudiantes en México. Recibí más de cincuenta respuestas, en su mayoría preocupadas por la calidad educativa y los contenidos escolares.

Soy padre de dos adolescentes, de 12 y 14 años, que estudian en una escuela privada. Pagar su educación representa un esfuerzo importante para nuestra familia, pero mi esposa y yo hemos aprendido que no podemos delegar por completo su formación. Conversamos sobre sus clases, tareas y dudas; a veces repasamos matemáticas y otras hablamos de historia, ciencias o acontecimientos que escucharon en clase.

Y entre más nos involucramos en lo que están estudiando nuestros hijos actualmente también nos preguntamos: ¿realmente estamos preparando a nuestros hijos para el mundo que les tocará vivir? Me preocupan cuatro asuntos: los aprendizajes, el pensamiento crítico, la responsabilidad familiar y la tecnología.

1. Una crisis educativa que no podemos ignorar

Durante años hemos escuchado discursos oficiales sobre la importancia de la educación. Sin embargo, debemos preguntarnos cuánto se ha traducido en aprendizajes reales. Los resultados educativos citados en el debate público muestran dificultades en matemáticas, lectura y ciencias. Detrás de esos indicadores hay jóvenes que avanzan sin dominar conocimientos necesarios para continuar estudiando, trabajar y tomar decisiones informadas.

No se trata de desacreditar a todos los maestros. Muchos realizan una labor extraordinaria, a menudo con recursos limitados. Precisamente por respeto a ellos y a sus alumnos, debemos evaluar con seriedad las políticas educativas.

Las reformas de Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador respondieron a visiones confrontadas sobre la evaluación docente. Más allá de sus aciertos y errores, la prioridad debe ser que los estudiantes aprendan, por encima de intereses políticos o sindicales.

Los maestros merecen capacitación y mejores condiciones; los estudiantes, educación de calidad; y las familias, la posibilidad de exigir resultados. Pagar una escuela privada tampoco resuelve todo: hay buenos docentes en instituciones públicas y deficiencias en algunas privadas.

La pregunta no debería ser solamente cuánto cuesta la educación, sino cuánto están aprendiendo nuestros jóvenes.

2. No basta con aprender: también importa qué y cómo aprendemos

Algunos padres cuestionamos no solo la calidad académica, sino también la orientación de los contenidos. Los libros de texto de la Nueva Escuela Mexicana han generado debate sobre su diseño y sus enfoques históricos. Sus defensores destacan la inclusión, la igualdad y el humanismo.

Incluir asuntos sociales está bien, es necesario, pero no si el objetivo que se busca es el adoctrinamiento: poco importa cómo se enseña si los alumnos no pueden examinar distintas explicaciones y desarrollar un pensamiento crítico propio.

Una educación crítica no consiste en sustituir una visión del mundo por otra, sino en formular preguntas, contrastar fuentes y distinguir hechos de opiniones.

En casa vivimos una experiencia que me hizo reflexionar. Mis hijos me comentaron haber estudiado temas relacionados con el feminismo, la reivindicación indígena y movimientos sociales como Poder Prieto. Sin embargo, ese mismo día, el 12 de octubre, cuando les pregunté si en la escuela les habían hablado de la llegada de Cristóbal Colón a América, me dijeron que no habían abordado el tema en ninguna materia.

Una conversación familiar muchas veces nos invita a preguntar si los jóvenes reciben una formación histórica amplia, objetiva y rigurosa.

La historia de México no puede reducirse a una celebración acrítica del pasado ni a una narración donde unos personajes representan todo lo bueno y otros todo lo malo. Debemos estudiar la historia de México con sus logros, contradicciones e injusticias. En historia, economía, política y ciencias, los alumnos deben evaluar distintas corrientes con argumentos, no memorizar conclusiones.

La escuela debe enseñar a pensar, no decirles a los alumnos qué pensar. Los padres debemos interesarnos por los contenidos y dialogar con nuestros hijos sin convertir el hogar en un espacio de pensamiento único.

3. La educación también comienza y continúa en casa

Mi esposa y yo procuramos que la formación de nuestros hijos no termine al salir de la escuela. Aunque no siempre sobra el tiempo, conversamos sobre lo que aprenden, los ayudamos cuando tienen dificultades y fomentamos su curiosidad.

Les compramos libros adecuados a su edad. Les gustan la mitología griega y romana y los relatos bíblicos, y la filosofía entre muchos otros temas que nos permiten hablar de decisiones, virtudes y consecuencias. Como familia católica, transmitimos nuestros valores y el respeto a otras creencias.

Visitamos museos y lugares históricos. Vivimos años en Ciudad de México y ahora en Querétaro; recorrer estos lugares permite imaginar cómo vivieron otras generaciones.

También los hemos acercado a especialistas en tecnología para conocer profesiones y explorar opciones. Estas experiencias amplían sus horizontes.

No todas las familias tienen el mismo tiempo, dinero o acceso a recursos culturales; no deben sustituir las obligaciones de las autoridades. Pero reconocerlo no significa renunciar a la responsabilidad familiar.

Hace poco encontré en redes sociales el video de un maestro que aseguraba llevar 18 años frente a un salón de clases. Con evidente frustración, resumía su realidad en una frase: «Yo ya no educo. Yo cuido. Yo contengo».

Contaba que exigir tareas o respeto podía terminar en confrontaciones con los padres, y describía alumnos que llegaban sin dormir, desayunar o llevar materiales, mientras se esperaba que el maestro resolviera lo que no se había trabajado en casa.

No conozco sus circunstancias ni sé si realmente representa a todos los docentes. Pero su testimonio parece honesto y es preocupante: ¿qué ocurre cuando los padres abandonan su responsabilidad e impiden que la escuela ejerza la suya?

Educar no significa evitarles a nuestros hijos cualquier incomodidad. Significa enseñarles que sus decisiones tienen consecuencias, que hay reglas y que cumplir obligaciones es parte de la vida. Los docentes deben tratar a los estudiantes con dignidad, sin humillaciones ni violencia; pero protegerlos de los abusos no significa protegerlos de sus responsabilidades.

Cuando un hijo llega a casa quejándose de un maestro, no deberíamos asumir automáticamente que el profesor está equivocado. Hay que escuchar, investigar y contrastar versiones. Defender a nuestros hijos también significa decirles cuando se equivocan.

La vida adulta exige cumplir horarios, aceptar críticas, trabajar con otros, reconocer errores y afrontar consecuencias. No se trata de autoritarismo, sino de equilibrar autoridad y respeto, derechos y obligaciones.

Amar a nuestros hijos no es evitarles todas las dificultades; es ayudarlos a desarrollar las herramientas para enfrentarlas. Mejores escuelas también requieren familias presentes. Ninguna reforma sustituye a los adultos involucrados en la formación de los jóvenes.

4. La tecnología, la inteligencia artificial y el futuro

Nuestros hijos crecen en un mundo que cambia a gran velocidad. Han convivido con internet, teléfonos inteligentes y videojuegos; ahora también pueden utilizar herramientas de inteligencia artificial que responden preguntas, resumen textos y resuelven problemas en segundos.

Internet abre oportunidades, pero también riesgos. Ser nativo digital no significa saber proteger los datos personales, identificar manipulaciones o reconocer estafas.

El ciberacoso y la explotación sexual digital son amenazas reales. También debemos evitar que las pantallas desplacen la lectura, el ejercicio, el descanso y la convivencia.

La inteligencia artificial plantea otro dilema. Si un estudiante entrega una respuesta generada por una herramienta sin comprenderla, puede obtener una buena calificación mientras pierde la oportunidad de aprender. Si la utiliza para comparar explicaciones, practicar ejercicios o aclarar dudas, puede ser una aliada. La diferencia está en cómo se usa.

No sabemos cuáles profesiones cambiarán o surgirán. Nuestros hijos necesitarán adaptarse, aprender y resolver problemas. Queremos que conozcan distintas profesiones: no decidir su futuro, sino darles elementos para elegirlo.

Escuela y familia deben ayudarlos a pensar con autonomía y utilizar nuevas herramientas sin renunciar al esfuerzo intelectual.

Educar es una responsabilidad que no podemos delegar

La conversación en redes me dejó una impresión: muchos padres dudan de que las escuelas preparen a sus hijos para la vida que les espera. Necesitamos medir aprendizajes, fortalecer a los docentes y poner a los estudiantes por encima de las disputas partidistas.

También debemos revisarnos: ¿sabemos qué leen nuestros hijos? ¿Les enseñamos a distinguir información de propaganda y conocimiento de ocurrencias?

Mis hijos todavía tienen mucho por aprender. Nosotros, como padres, también. No tengo todas las respuestas, pero estoy convencido de que no podemos permanecer al margen y confiar en que alguien más hará todo el trabajo.

El futuro de nuestros hijos no depende exclusivamente de la escuela, el gobierno o la tecnología. Depende también de las herramientas intelectuales, los valores y la capacidad de adaptación que les ayudemos a desarrollar.

La preocupación principal creo no debería ser solamente si pasan de grado o consiguen buenas calificaciones. Es si aprenden lo necesario para comprender el mundo, participar en él y construir su propio futuro.

Educar no consiste únicamente en preparar a los jóvenes para aprobar el siguiente examen. Consiste en prepararlos para una vida que todavía no conocemos y para un mundo que no dejará de cambiar.

AQUÍ PUEDES LEER MÁS ENTREGAS DE “CONTRASTES”, LA COLUMNA DE OMAR CASTREJÓN PARA LALUPA.MX

https://lalupa.mx/category/opinion/omar-castrejon-contrastes

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Last modified: 27 octubre, 2026
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