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Pareciera que los buenos editores se van extinguiendo. Y el estadounidense Jason Epstein (Massachusetts, 1928-2022) nos lo confirmaba en su volumen La industria del libro (Anagrama, 2002), en el cual decía que, hoy, “la edición de libros se ha desviado de su verdadera naturaleza [¡en 2002 ya lo decía, y eso que no sabía de la pronta existencia de los ebook que supone la publicación de cualquier autor aunque no tengan idea de los significados de la sintaxis!], y ha adoptado la actitud de un negocio como cualquier otro, bajo el dictado de unas condiciones de mercado poco favorables y los despropósitos de unos directivos que desconocen el medio. Ello ha provocado muchas dificultades, pues la industria del libro no es un negocio convencional. Se asemeja más a una vocación o a un deporte de aficionados, cuyo objetivo primordial es la actividad en sí misma más que su resultado económico”.
Para todos aquellos que buscan ganancias inmediatas, el asunto a la larga los decepciona. Epstein era de esos editores emprendedores que en los cincuenta creara Anchor Books y en los sesenta fundara The New York Review of Books. Jason Epstein podía estar en la misma lista donde se hallan, si bien ya no están con vida, Horace Liveright, Alfred Knopf y Bennett Cerf (arriesgados apostadores por las obras de Joyce, Hemingway y Eliot, respectivamente): “En los cincuenta —apuntaba Epstein—, la industria del libro seguía siendo la actividad en pequeña escala y en gran medida personal que había sido desde los años veinte, cuando una notable generación de hombres jóvenes, y unas pocas mujeres, muchos de los cuales eran judíos a los que no se admitía en las empresas de la vieja guardia, rompieron con sus remilgados antecesores, arriesgaron sus fortunas personales y encararon la desaprobación de sus mayores al promover agresivamente la literatura y las ideas del modernismo. Como los dueños de las galerías de arte de Manhattan en los años sesenta, llegaron a la mayoría de edad durante una revolución cultural y la exploraron brillantemente”.

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Pero cuando Epstein los conoció, a mediados del siglo XX, aquellos valientes editores le parecieron “cualquier cosa menos revolucionarios”.
Así es, después de todo, la vida.
Cuando los jóvenes editores, sobre todo los engolosinados en la materia electrónica de los puntocom, conocieron a Epstein, habrán pensado cualquier cosa menos que dicho señor se había arriesgado con valentía a publicar a Vladimir Nabokov, Norman Mailer, E. L. Doctorow y Philip Roth.
Hoy ya todo el mundo puede “subir” su libro a la Internet, radiante de orgullo.
Y hay incluso editores, “valientes” editores, que ya no imprimen los libros en papel sino los ofertan en la red y, de acuerdo a las peticiones, y luego de cobrar por ello (antes de meterlos a la imprenta), elaboran dos o tres ejemplares, no perdiendo nunca, ganando siempre.
Random House, en 1958, “era una destacada editorial norteamericana que publicaba libros de interés general, pero su guía de teléfonos interna, que incluía al centenar aproximado de empleados, no ocupaba una hoja del tamaño de una tarjeta postal. Para nosotros, en aquellos tiempos —aseveraba Epstein—, Random House era una segunda familia, insólitamente feliz, cuyo domicilio diurno cabía cómodamente en el ala derecha de la antigua mansión Villard, en la esquina de Madison con la calle 50, con su vestíbulo de mármol blanco y negro, su inestable elevador y su patio, donde teníamos derecho a seis preciosos espacios de estacionamiento: los otros doce pertenecían al arzobispado de Nueva York, que ocupaba las secciones central y meridional de la mansión”.
Antes de finalizar el siglo XX, la guía telefónica de Random House medía 21 centímetros por 28, tenía 116 páginas (¡en 2002!) y contenía los nombres de más de cuatro mil quinientos empleados, “casi todos ellos —suponía Epstein— desconocidos entre sí”.
Las condiciones del libro ya no son las mismas, por supuesto: “El mercado bibliográfico lo dominan ahora unas pocas cadenas de grandes librerías cuyos elevados costos de explotación exigen elevados volúmenes de venta y en consecuencia un suministro constante de bestsellers, un objetivo imposible pero al que los editores han tenido forzosamente que comprometerse”.

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La bella industria de los libros “estaba perdiendo su diversidad natural por culpa de un mercado formado por grandes superficies que demandaba productos cada vez más uniformes. Los libros se escriben en todas partes, pero siempre han necesitado las culturas complejas de las grandes ciudades para obtener resonancia”.
Antes, colocar exitosamente un buen libro en el mercado era cuestión de trabajo editorial profundo. Hoy, “escritores de bestsellers con nombre de marca como Tom Clancy, Michael Crichton, Stephen King, Dean Koontz y John Grisham, cuyos lectores fieles son adictos a sus melodramas fabricados con arreglo a una fórmula, ya no necesitan corregir y promover sus libros como tampoco Nabisco necesita a Julia Child para mejorar y promover las galletas Oreo”.
Tan sólo entre 1986 y 1996, 63 de los 100 títulos de bestsellers fueron elaborados por únicamente seis escritores: Tom Clancy, John Grisham, Stephen King, Dean Koontz, Crichton y Danielle Steel, “una concentración mucho mayor que antaño y una bendición híbrida para sus editores, que sacrifican gran parte de sus ganancias normales, y con frecuencia sufren pérdidas, para conservar a autores tan poderosos”.
Un comunicado de prensa de Simon & Schuster “celebró inocentemente —dijo Epstein— que la distribución electrónica de la nueva novela de King ‘eluda el tradicional proceso de publicación, que dura un año’, pero los futuros libros electrónicos de autores de gran venta pueden eludir completamente a los editores”.
El primer experimento de este tipo lo llevó a cabo Scribners, una división de Simon & Schuster, en una labor conjunta con la propia editorial de Stephen King: Philtrum Press, que puso a la venta, exclusivamente en Internet, durante un tiempo limitado (en el invierno del año 2000), a 2.50 dólares el ejemplar, la nueva historia de fantasmas de King: Riding the Bullet, de apenas 16 mil palabras, “que los lectores podían descargar a sus soportes manuales de lectura o directamente a sus pantallas por medio de diversos programas de software. Al final del primer día de venta se habían recibido 400 mil pedidos. Aunque entonces sólo había 10 mil soportes manuales de lectura, la tecnología que dé a los autores un acceso inmediato a los lectores se perfila ya en el horizonte. El resto depende de los escritores, de sus agentes o gerentes, y de sus editores”.
Sin embargo, Epstein no era un optimista de este novedoso mercado porque la clientela de los puntocom “es volátil”, decía, “libre de desertar en un instante electrónico si otro vendedor ofrece un servicio mejor y precios aún más baratos”, o si los propios portales llegan “a la conclusión de que ya no pueden permitirse continuar ofreciendo a sus clientes productos y servicios por los que no hay que pagar”, tal como aseguraba, más de una década después, en 2013, el editor Porfirio Romo Lizárraga en su libro A vuelo de página (Cuadernos de El Financiero), constatando lo que apuntaba Epstein dos lustros atrás: los ebooks, pese al empuje empresarial, se negaban a despegar justamente por todo ese juego de la gratuidad en el mercado libre de las redes sociales.
Porque, bueno, no hay nada como la natural edición de los libros, que no es sino “una industria artesanal, descentralizada, improvisada y personal; la realizan mejor grupos pequeños —advertía Epstein— de gente con ideas afines, consagrada a su arte, celosa de su autonomía, sensible a las necesidades de los escritores y a los intereses diversos de los lectores. Si su objetivo primordial fuera el dinero, estas personas habrían elegido otras profesiones. Habrían elegido ser, por ejemplo, agentes literarios, muchos de los cuales han prosperado a medida que los anticipos sobre derechos de los autores han aumentado a un ritmo frenético en el fuertemente competitivo mercado actual de talento vendible”.
Ciertamente aún los hay, los buenos y generosos editores, pero se cuentan con los dedos de la mano.
Porque los que abundan son los otros, aquellos impenetrables e inalcanzables editores (los que se han comido, ya, a la mayoría de las editoriales mexicanas —a mediados de agosto de 2026 fue difuminada la Editoiral Era, que agrupaba a bastantes intelectuales de la mafia, simplemente porque, tal como advirtió oficialmente Era, los libros ya no se vendían—, reduciendo todavía más el mercado creativo) que están todo el día pensando en el dinero que podría dejarles esa innocua escritora light o ese señor que, gracias a su influencia política o digital, puede obtener este año, si la oferta económica está al alcance de los bolsillos de su agente literario, cualquier deseado y fructífero premio madrileño o barcelonés, que son los que proporcionan, en el mundo castellano (en el anglosajón el premio mayor es ser filmado por Spielberg), la ansiada fama.

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