Cualquiera se asombra al ver a una computadora generar decenas de líneas de código en un parpadeo. Pero ese truco esconde una trampa seria para la ingeniería de software: acostumbrarnos tanto a la comodidad que olvidemos cómo funciona lo que construimos. El peligro real no es la falta de empleo, sino que la profesión pierda su rigor y quede reducida a vigilar pantallas sin comprender qué ocurre por dentro.
A nosotros nos ocurrió en el trabajo. Por ahorrarnos unas horas, dejamos que un asistente virtual armara un módulo entero. Al inicio todo marchaba sobre ruedas, hasta que el sistema falló en plena operación. Al abrir el archivo para repararlo, nadie entendió nada: era un laberinto de código indescifrable. Nos topamos de lleno con lo que Addy Osmani llama “deuda de comprensión”, esa costumbre de acumular código que nadie comprende a fondo y que tarde o temprano pasa una factura carísima.
No se trata de teclear menos, sino de dejar de razonar. Como advierte Claire Le Goues, de la Universidad Carnegie Mellon, el núcleo de esta labor nunca ha sido introducir líneas de código, sino transformar necesidades humanas en herramientas fiables. Confundir rapidez con buen diseño sale caro: un estudio de Harvard en 700 firmas reveló que los asistentes inflaron el código un 30 % sin agregar funcionalidades reales, y el tiempo de revisión humana subió un 49 % al intentar identificar fallos camuflados. Por eso dos de cada tres programadores admiten hoy que el código “casi correcto, pero erróneo” es su mayor dolor de cabeza.
A esto se añade otro golpe: en Estados Unidos, las vacantes para principiantes cayeron al 4.5 %. Al cerrarle el paso a los graduados por ahorrar costes, la industria limita y condiciona su propia cantera. Si hoy no formamos a los jóvenes, ¿quién tendrá la experiencia para auditar el software en diez años? Corremos el riesgo de degradar la ingeniería a un simple trámite donde el algoritmo inventa y el humano firma a ciegas.
Para rescatar el oficio, toca actuar. Las empresas deben fijar reglas que frenen la autonomía de estas herramientas y premiar la solidez del diseño por encima de los atajos fáciles.
La ingeniería se sostiene en el criterio y en dar la cara por lo construido. Si caemos en la pereza de ceder el juicio analítico a una máquina, nos quedaremos sin especialistas capaces de responder ante una crisis. Proteger la profesión exige recordar que programar no es juntar líneas al vapor, sino custodiar con rigor los cimientos ingenieriles para el bien de nuestra sociedad.
Ricardo Cortés Espinosa es profesor de la Escuela de Ingeniería y Ciencias del Tecnológico de Monterrey Campus Querétaro, con especialidad en ingeniería de software.
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