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Culturalmente, el centralismo desaira la animosidad que pudiera hallarse en los estados de la República. Mientras en la Ciudad de México se creaba una ―hasta el momento inservible, ni como referencia geográfica es citada― Estela de Luz en la zona de Chapultepec (inaugurada en 2012), cerca del Museo de Arte Moderno y del Museo Rufino Tamayo, con un costo de 1,122,954,546 pesos (inversión con la cual se pudo haber mantenido durante un año, por ejemplo ―durante aquel o aquellos años cuando se conmemoraban el centenario de la Revolución Mexicana y el bicentenario de nuestra Independencia―, la Universidad Autónoma de Querétaro cubriendo todos los gastos indispensables de una respetada Academia, incluyendo su área científica), en 191 municipios del territorio mexicano se carecía, y seguramente se sigue careciendo, de bibliotecas (ya para qué si ahora los soportes digitales suplen todo tipo de deficiencia cultural, dice el empresariado que se ha engordado multimillonariamente con la fabulosa invención de la Internet) y en otros 1,407 no había un solo centro cultural, ni en 1,940 existían museos, ni en 2,282 habían visto jamás un teatro, ni en 2,285 municipios se había construido nunca una librería.
No sólo eso: antes de que terminara el año 2012 se gastaron en la Ciudad de México 1,322,000,000 de pesos en remodelaciones y una nueva construcción cultural: 380,000,000 de pesos en la Cineteca Nacional, 240,000,000 millones en los Estudios Churubusco, 550,000,000 en la Ciudadela y casi 152,000,000 en el Centro Cultural Elena Garro.
Y no están nada mal los proyectos. Qué bien que se hagan. Que se invierta en asuntos culturales (véase hoy, nada más como contraste alrevesado, en qué triste condición se halla, por ejemplo, el Auditorio Blas Galindo del Centro Nacional de las Artes, lo que exhibe el desamparo cultural del gobierno actual). El problema eran las intenciones sectarias, las economías en las silenciosas reparticiones amigables (aunque ya en los primeros meses de 2013, con la administración del PRI de nuevo en el gobierno, fueron procesados una docena de funcionarios del sexenio calderonista por estos excesivos gastos que, los más de ellos, cayeron redondos en bolsillos particulares), la nulidad política, la complicidad intelectual: ingenuos los que creíamos que un gobierno supuestamente de izquierda, como el morenismo, de verdad iba a cambiar los procederes mal habidos del amiguismo, la corrupción o el simulamiento, factores que continúan victoriosos, o más calibrados o apuntalados, que antes.
Pues, ¿no puede la burocracia mirar hacia otros lados?
En septiembre de 2017, por los sismos de los días 7 y 19, fue inevitable no atender los más de 700 inmuebles artísticos e históricos afectados, para lo cual se requirieron vaya uno a saber cuánto de los aproximadamente 38,000,000,000 de pesos que el gobierno federal dijo que se iban a invertir para la reconstrucción nacional. Y en esta tragedia, efectivamente, se tuvo que voltear a ver hacia otras latitudes, so pena de caer en una vergüenza de Estado, ¿pero sólo en casos de drama territorial se tiene que mirar el orbe cultural que no se halla en el centro de la República? ¿Cuánto de aquellos miles de millones de pesos fueron a caer directo a los bolsillos de políticos avezados en estos contubernios que no dejan una sola huella de dicho trafique compulsivo?

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Veamos, nomás por el azar geográfico, a Mocorito, de donde son originarios, por cierto, Los Tigres del Norte: si no se parte de una iniciativa privada hasta el día de hoy dicho poblado sinaloense no tuviera una Casa de Cultura como la Ley Domínguez. Porque por esos aires el entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes jamás abasteció sus tanques de oxígeno. Y así sucedió con miles de regiones donde la única “cultura” posible era, y es, la que provenía, y aún proviene, de la resonancia entonces televisiva y ahora digital.
¿Por qué no ampliar el espectro cultural?
Debido justamente a esas miradas cortas de vista es que se crean las codicias en torno a las instituciones: allí están las becas que son motivo de disputas [a veces con verdadera inquina, que a su vez produce odios visibilizados] entre los distintos protagonistas de los diferentes hábitats culturales del país. Una megamillonaria Estela de Luz en la Ciudad de México para conmemorar el bicentenario de nuestra Independencia mientras en alguna ciudad de la República se celebraba esta misma gesta… ¡con un partido de baloncesto!
En Tijuana, en 2012 (cuatro años antes de ser instalada la Secretaría federal de Cultura), se acababa de crear una primera filial, por decirlo así, de la Cineteca Nacional… ¡luego de casi cuarenta años de fundada! Y no está mal (¿quién puede decir que lo está?) construir un centro cultural en Coyoacán dedicado a Elena Garro, la ex esposa de Octavio Paz, ¿pero por qué nadie miró antes con binoculares hacia, digamos, Mocorito?
El Festival de Poesía de Zacatecas en diciembre de 2012 se efectuó gracias a la enjundia del ya desaparecido poeta José de Jesús Sampedro (fallecido el 22 de julio de 2025, porque el entonces “nuevo” partido en el poder asentado en aquella tierra le retiró en definitiva su apoyo, respaldo que había obtenido de las administraciones anteriores.
¿Y dónde fue a dar ese dinero que seguramente ahí estaba en algún pequeño presupuesto? ¿Por qué el Conaculta, ahora ínclita Secretaría, sólo compra las bibliotecas de los intelectuales aposentados en la Ciudad de México? ¿Por qué no otorga aunque sólo sea un millón de pesos ―de los más de dieciséis que se ocuparon en sufragar, por ejemplo, a la familia de Jaime García Terrés― a los herederos del potosino Félix Dauajare o del sonorense Abigael Bohórquez?

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Es notoria, pues, la visión parcializadora de los detentadores del poder cultural en México. Por eso los que logran destacar desde sus ciudades “provincianas” de inmediato se adaptan a los requerimientos del sistema establecido de la cultura: halagan a quienes tienen que halagar, usan las referencias útiles para que a su vez sean citados con frecuencia por esos mismos referenciados útiles, participan en los coloquios con las personalidades de la cúpula cultural sin cuestionarlas, adoptan actitudes serviciales… ¡y hasta premian a quienes deben premiar según los acuerdos a los que se llegan en las asambleas privadas!
Como acontece en la política nacional, donde se agrupan selectivas personalidades que juegan el juego que todos juegan (no importa, ya, el partido político en el poder), en la cultura también los sucesos se juegan echando los dados al aire… ¡y ay de aquél que no sepa cuándo retirarse a tiempo del juego si no quiere verse excluido aparentemente sin explicaciones!

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