CRÓNICA: CARLOS P. JORDÁ/ LALUPA.MX
FOTOS: FÁTIMA PEREA
Ni el entusiasmo de la pequeña Lailah cuyos ojos arden a causa de los irritantes que flotan en la atmósfera. Ni las más de 300 manos enguantadas —entre voluntarios, miembros de asociaciones, agentes municipales y militares— que sacaron arriba de cuatro toneladas de basura. Ni los 50 pesos que un hombre curioso dejó “pa´l refresco” de los jóvenes con iniciativa. Ni las botas de hule cuya altura a la rodilla no impide que se empapen los calcetines. Ni el grosor del tapabocas por el cual se infiltra la pestilencia. Ni el optimismo de este escriba servidor que busca una alentadora conclusión. Nada parece suficiente para revertir la situación actual en la que se encuentra el Río Querétaro a la altura del CETIs 105, en la colonia Santa María Magdalena.
La quinta limpieza ciudadana del río se llevó a cabo este domingo cuatro de agosto en una zona plagada de llantas de caucho usadas. Estas pueden ser la causa del tropiezo de alguien que camina a orillas del cauce; o razones para pensar que hay castores que las usan para crear represas; o pueden estar completamente ocultas bajo el agua verdosa.

“¡Charlie!”, escucho una voz sin dueño que me llama tras mi primera ronda a lo largo de los 800 metros donde se llevó a cabo la recolección, “¿cómo ves todo?”. Es Roberto Garrido, Robbie, lo reconozco por la voz. Él gusta de entrar en contacto físico con el saneamiento del agua, actividad que extrañó la pasada limpieza, cuando fue su responsabilidad entregar el equipo pertinente sentado tras una mesa.

“Mal”, respondo al tiempo que un voluntario solitario tira con todas sus fuerzas para desenterrar un neumático atascado en el lodo pantanoso sin poder evitar que el agua se cuele por la parte superior de sus botas.
¿Lo demás? Lo de siempre; envases de plástico y vidrio, pedazos de tela, olores desagradables y texturas escalofriantes, retazos de electrónicos y un objeto no identificado cuya forma se asemeja, ante los ojos inmaduros de un servidor, a lo que algún día fue parte de una nave espacial. Probablemente no se trate de algo más sorprendente que una lavadora… encallada a la mitad del caudal.

Podría parecer falta de tacto aquello que impide a este narrador celebrar la presencia de una gran cantidad de infantes en la limpieza, sin embargo es la tristeza aquello que embarga mi sensibilidad. Por ello que el lado positivo, el cual no deja de existir, proviene de la voz de alguien más. Como la de Elvira Herrera, quien suele asistir a las recolecciones mensuales acompañada de su hija.

“Manitas limpiando el río que ellas no ensuciaron”, resalta Herrera antes de partir prematuramente debido a la irritación que sufren los ojos de su cría, Lailah. Madre e hija recolectaron, únicamente de las orillas, dos costales de basura. En general, Elvira reconoce la capacidad del río para vincular humanos —de distintas edades, oficios, colores e ingresos— ya sea refrescándose en sus aguas translúcidas (como en tiempos añorados) o haciendo equipo para limpiarlo.
En lo particular, Daniela Hernández enfatiza en la importancia de la conexión entre el ejército y la ciudadanía. “Una escena increíble; civiles y soldados trabajando juntos es lo que necesita el mundo”. Sugiere que la única guerra que se debería estar luchando es la ambiental; la del humano contra sus propias creencias y hábitos en favor de su planeta anfitrión. Entre líderes de cuadrilla (como Daniela), la milicia y agentes municipales, se redujeron los riesgos que implican este tipo de actividades, “el agua no sólo está sucia físicamente, también tiene contaminantes químicos que no sabemos qué puedan provocar al contacto con la piel”.

Sí, el hedor del agua se debe, en gran parte, a las sustancias que no se ven. Aunque no se puede negar que el aire también está impregnado de “espíritu adolescente”, porque, una vez más, es el ímpetu de la juventud aquello que más llama la atención. O por lo menos es el caso de Freddy Pérez, otro optimista que detiene su trayecto en coche para cooperar a la causa con 50 pesos. “Hay que apoyar con lo que se puede. Los jóvenes están poniendo el ejemplo; el gobierno tiene que poner su parte, pero nosotros (los ciudadanos) también tenemos que hacer lo nuestro para cuidar el planeta que estamos echando a perder”.

Este último término, “echando a perder”, no parece desatinado cuando un rebaño de ovejas satisface su sed con el agua lamosa del río. Algunos pueden llamarlo paranoia, ¿pero a quién se le podría adjudicar el dolor de barriga la próxima vez que uno deguste de esa barbacoa? ¿A los pastores que apresuran el paso para intentar evitar el tóxico refresco de sus animales? ¿O a quienes usamos los recursos naturales de todos (flora y fauna incluidas) como vertederos de desechos?

El sitio luce diferente al final de la limpieza, sin duda, aunque el olor aún no invita a nadie a celebrar un picnic a orillas del río. A priori, nada parece ser suficiente, pero cada quien hace lo suyo por mantener con vida una Tierra bondadosa cuyos habitantes parecen haber olvidado que pisan, comen y respiran sobre ella. Por su parte, este reportero sólo tiene un mensaje de auxilio dentro de una botella que flota por el caudal esperando ser rescatado por ojos no indiferentes e implorando que los esfuerzos de quienes sumergen las manos no sean en vano.



