Autoría de 3:24 pm #Opinión, Patricia Eugenia - Narrativa en Corto • 7 Comments

Estrategia equivocada – Patricia Eugenia

Tendrá que usar toda su inteligencia para conseguir un tiempo sin adultos alrededor… Hay muchas cosas en juego, pero, sobre todas, está la posibilidad de encontrarse con Gabriel, que le gusta mucho, aunque él vaya en sexto y ella, apenas en quinto.

Luis, Gabriel y Jorge acostumbran ir al parque los martes, y ella, Marcela y Laura se han puesto de acuerdo para estar allá el mismo día que los chicos. Lucía oculta a las otras que le gusta el malo del grupo: Gabriel, el peleonero, de cabello crecido, navaja en el pantalón y constantes expulsiones: ¡por algo es el jefe!

La mayor dificultad es el permiso para ir a casa de Laura. Falta la llamada de la madre de su amiga invitándola… y al fin, llama; ella pone carita de súplica… ¡y le dan permiso!

En el pedazo de noche que tiene antes de que la venza el sueño, Lucía imagina situaciones y las informa a su reflejo en la ventana, allí ve a Gabriel chocando con ella y alisándole el delantal del uniforme mientras se disculpa; en la otra hoja de la ventana, Gabriel grita: “¡Bolita!”, y ella le devuelve el balón de un certero puntapié.

Nunca antes había querido a alguien y ahora está meditando cómo gustarle a un niño de sexto. De todas las estrategias que baraja, elige una: “Voy a impresionarlo”. Sí, se dice antes de quedarse dormida con el plan perfecto en su boca.

Al otro día, sus maestros le perdonarán que esté distraída toda la jornada. Siempre ha sido aplicada.

Después de la comida, se vestirá de “mala” en un guiño intencional que, según ella, significa: “Somos iguales, Gabriel, si el director me regañara, también lo miraría directo a los ojos”. 

Con su pantalón pescador y un blusón anudado al ombligo, se va al parque. Marcela y Laura acuden a la cita también, sólo que ellas llegan vestidas de bombón: Laura de color rosa y moñitos blancos en los zapatos; Marcela con un suéter de ban-lon arremangado como al descuido, blusita de encaje blanca, falda verde botella y cinturón negro.

Las niñas acuden a la cita puntuales, se miran y ríen. Cada una está satisfecha con su atuendo personal y todas, lo mismo que Lucía, llevan un plan secreto en la cabeza. Platican, se empujan y caminan juntas hasta donde casi han olvidado su razón de estar allí. De pronto, Marcela susurra con emoción: “¡Están atrás de nosotras y creo que nos vienen siguiendo!”. Laura saca entonces tres paletas de caramelo rojo y fingiendo no notar que los niños están allí, ofrece con gracia una a cada una de sus amigas; Marcela se compone el cabello, mira a los niños y los saluda con la mano. 

“Es hora de entrar en acción” –piensa Lucía –, y de un salto alcanza los barrotes del pasamanos. Colgada, su cuerpo corta el viento, se balancea hacia atrás y ella disfruta una sensación felina en cada impulso, se arquea, cierra los ojos e inhala extrañada de gritar en lugar de maullar de alegría; no bien soltarse, invita en voz muy alta:

-¡Vamos a jugar al burro!

No sabe por qué, pero sus amigas se niegan, y entonces, retando a todos, trepa al laberinto de tubos hasta llegar arriba: ahora es una boa y su cuerpo ondula entre los barrotes como hilvanando el viento. Saluda con los brazos a los niños, que la miran contentísimos y le hacen un movimiento de cabeza. Gabriel le ofrece, además, una caravana y hace como si se embozara con la capa negra del Zorro. “Qué curioso, El Zorro es mi programa favorito”, piensa Lucía.

Sus amiguitas, chupando la paleta roja, ríen y dicen adiós con la mano a los niños que se van. ¡Lástima!, la boa, en una ondulación, se perdió el momento.

Diez minutos antes de que la madre de Laura regrese del trabajo, las niñas están de vuelta en casa: abren sus libretas, tiran una hoja arrugada y desordenan un poco el cuarto; llegado el momento, juran a sus madres que sí terminaron las tareas, que están cansadas y tienen hambre.

Esa noche, ya sentada al borde de su cama, el reflejo en la ventana le muestra ahora a Gabriel en el momento de la caravana, cuando él la vio “gato” y “ boa” y ¡mala!

Mañana será especial: ella y Gabriel andarán juntos en el recreo –imagina–, ¿y quién sabe?, a lo mejor la invita a ser de la pandilla. Bosteza. La noche funge de capote negro. Duerme.

A la mañana siguiente, con la velocidad que puede alcanzar una noticia enorme, Marcela y Laura detienen a Lucía, le cuentan: “Gabriel quiere que Marcela sea su novia, se lo acaba de pedir”. Lucía las mira enmudecida, el timbre suena, siente urgencia en el estómago y, ratona asustada, escapa carrera al baño; en su camino, Gabriel, Luis y Jorge, tironeándose para ser cada uno el más vistoso, se burlan de ella:

-Aguas. ¡Ahí viene la marimacha!

-¡Córrele Luis!

-¡Sí, no me vaya a pegar…!

Las filas de alumnos avanzan muy formaditas a los salones.

Mientras tanto, sentada en una taza de baño muy fría, una niña no tiene papel, se siente un pájaro moribundo, gris, de plumas lacias, ralas, pequeño… pero sabe bien que ella no se va a morir… y llora.

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Last modified: 8 agosto, 2025
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