Autoría de 2:01 pm Patricia Eugenia - Narrativa en Corto • 9 Comments

Un muso – Patricia Eugenia

Supe que era un muso porque tenía mil palabras desencantadas saliendo por los bolsillos de su pantalón, por el cuello de la camisa, de los ojales, de la chamarra, y… porque llegó de repente a cuenta de nada. Supongo que aparecerse así es parte de un encanto natural.

No venía del Olimpo “porque quedaba demasiado lejos”, dijo. Venía del metro Balderas, donde Rockdrigo dejó embarrada su reputación hace ya muchísimos años.

Lo atrapé casi por instinto con la red para mariposas y bichos voladores que traigo siempre por si acaso. No se comportó como un insecto repentinamente atrapado, en cambio me extendió un volantito desde el fondo de mi cazamariposas y agregó con una sonrisa fascinante: “¿Necesita inspiración? Usted sólo pida y se la consigo al mejor precio del mercado”.

Por supuesto, el volantito en cuestión era mágico. ¿Quién en su sano juicio confiaría en el impreso ofrecido por un tipo metido en una rejilla de tela? Entonces -debí notarlo-, la atrapada fui yo. Lo miré: tenía pequeños ojos brillantes; lo escuché: su voz era mentirosa, pero de registro bajo y convincente, porque así son los musos; tenía además algo importante: mejillas barbadas y tibiecitas, se las toqué.

Comenzó diciendo que, para hacer literatura –aquí engoló un poco la voz–, primero había que agujerearse el corazón o no habría manera de encontrar la veta trágica de la vida, y que sin esos agujeros doloridos a lo más que podía aspirarse era a hacer crónicas mediocres para revistas de sociales o páginas deportivas.

Cuando comencé a creerle, intentó ambientar mi embeleso con música, pero, como desafinaba, sacó su celular y una bocinita verde. Yo hubiera preferido escuchar el rasgueo de una lira, emitido sabiamente por un dios semidesnudo y hermoso, que tuviera los cabellos entretejidos en una rama de laurel, pero en pleno siglo veintiuno… ¡en fin!… una se adapta.

De pronto, él tuvo sed, Shah, dijo en persa; Shiraz, creí entender, y queriendo tenerlo contento, lo traje a casa, le ofrecí vino y él a su vez me lo ofreció de su propia boca… mmm… dije, mmm… dije otras diez veces ¿o serían más?

Lo cierto es que cuando me sentí inspirada y pretendí sentarme a escribir, el mundo daba vueltas, no estaban las teclas en su lugar y me fue imposible.

Cuando todo pasó, me dolía horrible la cabeza y pensé que me había inventado la historia, pero no, él existía, se había instalado en mi celular y ponía mensajes de manera constante: “Te quiero”, “Eres puro amor”, ¡y hasta me cantaba!

Se supondría –pensé– que los seres mitológicos sólo inspiran. “Eso era en Grecia –dijo apareciendo de nuevo luego de leerme el pensamiento–, pero en México –siguió– la necesidad y algunos otros factores… Mira, yo por ejemplo, soy hijo milenario de Pichano Gobdexe y Xonaxi Bisiá, dioses zapotecos del placer, la carne, la fertilidad y el amor”; y después de besarme rico, siguió explicando: “En tierra mexicana nos hemos tenido que diversificar, no están los tiempos para más ni somos tantos, así que todos le entramos a todo como en el tequio… ¿Sabes lo que es el tequio?…”.

Mientras seguía hablando, noté con pena que se había rasurado; a pesar de eso, ahora fui yo la que lo besó, esta vez en la boca, porque su mejilla estaba muy lisa, pero era tan imaginativo y viril; estaba tan perfectamente mal de la cabeza, él, no yo, que cualquier alteración en la percepción estaba justificada, en mí, no en él, bueno, eso me dije y me dejé llevar. Tomó mi mano, redujo nuestros tamaños y nos fuimos volando a un antro medio infecto donde me congeló para que mirara. Y miré.

Él tomó por la cintura a una mujer a la que apenas lograba rodear con sus brazos. Los musos son cortos de estatura, y la dama en cuestión era grandota y anchita; acto seguido, se ofrecieron los dos a mi vista en un burdo espectáculo amatorio que me agujereó el corazón. 

Iba a llorar de indignación y amargura, pero algo me detuvo… mmm… Entonces él… ¡Claro, la veta trágica!…

Cuando reapareció junto a mí, lo emboruqué para que me acompañara al metro Balderas, porque –le dije– tenía ganas de hacer recuerdos; ya cerca del andén divisé a una chica que llevaba pluma y papel en la mano izquierda y una red cazamariposas en la derecha, jalé a Muso para alcanzarla y, llegando a ella, le pregunté: “¿Quieres un muso?” Ella sonrió, le entregué al que traía y hui a toda velocidad para no volver. Nunca debió haberse recortado la barba.

Hoy, un inspirador dolor me llenó de imágenes y de llanto; hoy comencé a escribir.

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Last modified: 12 diciembre, 2025
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