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Lo que parece evidente es que, a pesar de la participación en numerosos talleres literarios, el que nomás no trae en la lengua la palabra justa, por más empeño que le ponga, no va a poder hacer poesía.
Si bien el poeta también se hace en la práctica, esto no quiere decir que los años sean quienes lo conviertan en el efímero o perenne hacedor y buscador de palabras que ya es. El tiempo lo podrá madurar, pero no se encargará de definirlo.
El poeta lo es desde muy temprana edad.
Que sus textos adquieran cierta grandeza a una edad determinada, es otra cosa. Los que quieren ser poetas por el hecho de serlo, el mero afán no los hará escritores de glosa etérea.

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Tampoco es verdad, por cierto, que el poeta necesariamente encaja con una específica personalidad. Eso de que los poetas se ciñen al cuadro de los soñadores, ilusionados e ilusos, rebeldes, idealistas, utopistas, visionarios o ingenuos, e incluso anormales, no es sino un mito que ha proliferado a partir de unos encasillamientos bastante estridentes, como pudiera ser la referencia inmediata a los clásicos poetas malditos franceses, malcriados e irreverentes.
Sin embargo, esta iconoclasta figura queda sólo, ahora, para un buen decorado discursivo, porque la realidad nos exhibe, con descaro, muy otra situación: hay poetas gandallas, burócratas, oficialistas, oportunistas, arribistas, sagaces, especuladores, vividorcillos, opresores, tiránicos, déspotas, lamesuelas, abusivos, con doble moral, mezquinos e intolerantes.
La poesía es una cosa y el poeta muy otra.

3
Por eso, luego, podemos sorprendernos cuando nos encontramos con un poema iluminador y a su autor en la penumbra. Podemos leer un poema que nos conmueva hasta el tuétano y saber, incomprensiblemente, que el poeta es un personaje de inocultable sangre pesada incapaz de perturbarse con el llanto de una niña golpeada. Hay poetas que zurran despiadadamente a sus hijos, como poetas que engañan, con fervor inusitado, a la mujer que dicen amar y a la cual le han dedicado un impresionante poema. Hay poetas amas de casa que no saben amar y escriben, después, un enternecedor poema amoroso.
Yo conocí a un poeta de radiante palabra que lo único que deseaba era ser saludado por los presidentes de la República en turno y a un poeta que escribía de la honda nobleza, con brío y empaque, pero despotricaba blasfemias contra la gente buena. También me encontraba con un poeta sableador en un bar que, a cambio de un poema suyo —que escribía en una servilleta—, exigía una copa de vino; asimismo, era yo muy joven cuando reporteaba en el periódico unomásuno, pero por ese solo hecho varios poetas infra me quisieron dar una paliza entre todos ellos porque, argüían, un periodista está vendido a una empresa si no trabaja de manera independiente (con el paso de los años me hice amigo de uno de ellos porque ambos laborábamos en el diario El Financiero); conocí a otro poeta que no dejaba que nadie recitara sus poemas (no los del poeta negador, sino de cualquier otro poeta que no fuera él), porque los únicos versos que valían la pena eran los que él escribía, de ahí que no permitiera, en lo absoluto, que nadie más leyera los suyos.
Conozco a más de un poeta, cómo no, que es exactamente lo contrario a lo que dicen sus líneas poéticas y a otro que se queja amargamente, siempre, de que no tiene dinero cuando a cada rato es premiado y recibe puntualmente su beca estatal.
Ciertamente, un poeta, a diferencia de lo que el mito quiere hacernos creer, es un hombre como todos los otros hombres. Así como el buen carpintero, que hace con sus técnicas manos unos muebles de impecable factura, tiene derecho, porque a sí mismo se lo otorga, de embriagarse los días que deseare, del mismo modo, y también porque a sí mismo se lo autoriza, el poeta bebe cuando la sed lo arrecia. Y entre los dos, aunque se oiga caprichosamente, puede resultar, ya con las copas rebosadas en la cabeza, que el primero resulte más educado que el segundo. Porque el poeta, si bien con más cultura, por el solo hecho de serlo, no significa que forzosamente sea una mejor persona que el humilde carpintero.
Yo he visto a un poeta apalear a un hombre inocente nada más por diversión. Y he visto el servilismo de una poeta, de sobrios y edificantes poemas de reivindicación femenina, a los pies de un hombre desconsiderado y ramplón.
Y he oído planear a un poeta el derrumbe de otro poeta superior a él. También he oído cómo un poeta, mediante la vía telefónica, se ponía de acuerdo con las amistades que integraban un jurado para reclamar un premio que, francamente, no lo merecía. Y he visto cómo un veterano poeta aplastaba, con alevosía y ventaja, las aspiraciones editoriales de un novel poeta, cuyas primeras letras prometían bastante.

4
Se ha sublimado, no sé por qué, en la sociedad, sobre todo en la de las urbes, la imagen del poeta. A todo aquel que se sale un poco de la ortodoxia civil se le denomina, con jactancia, poeta. A los compositores de la música popular, que apenas construyen unos cuantos debilitados versos, se les llama, asimismo, poetas. Y más si son famosos. La propia élite intelectual se atrevió a bautizar como poeta, ¡ay!, al mismísimo Juan Gabriel en su momento de mayor auge mercadológico.
A quien incluso viste de manera heterodoxa se le llama, y aún ignoro la razón de tal designación, poeta. Hay modistas a los que se les llama los poetas de la ropa informal. Y hay futbolistas que reciben también tal apelativo. Cuando Hugo Sánchez metía un gol de chilena, los comentaristas de la televisión, ligeros en su lenguaje, decían que dicha anotación era un poema de gol.
Una vez oí decir que Ana Gabriela Guevara era la poeta de las pistas de tartán y que, en un desenfrenado elogio sin origen preciso, Celia Cruz, ahora en los refugios de la divina difuminación, era la poeta de la rumba, con lo que, me parece, el significado del término poeta se ha extendido a terrenos más allá del estrictamente literario, que es en donde exclusivamente debiera morar.
Porque ahora, aun sin el menor mérito, todos quieren ser poetas.
Y pueden serlo, con un poco de astucia.
El poeta ya no es sólo aquel experto en los versos y el entendido en las obras poéticas, sino su acepción ha sido, por decirlo amablemente, extendida hacia los campos donde el tuerto es rey, donde el diestro y habilidoso lego domina sobre la masa enceguecida, donde el discreto cleptómano (¿no todos los cleptómanos de alguna manera son discretos?) es mirado con respeto en un mundo atascado de ladrones. La palabra poeta, por lo tanto, ha pasado a significar algo así como el “aventajado” en cualquier área, ya sin importar su profundo conocimiento de la vida ni su amplia cultura sino, nada más, su soberanía, aunque momentánea, en su respectivo ramo.
Todos ahora, parodiando a Andy Warhol (1928-1987), pueden ser poetas durante 15 minutos y luego ser olvidados el resto de su vida.
Por eso, cuando se pregunta si el poeta nace o se hace, la respuesta es dubitativa: si se pretende una solución democrática, habría que decir que se hace porque no todos los nacimientos vienen en las mismas condiciones de igualdad social, mas si se quiere poner uno estricto, sin ser altanero ni pedante, se tiene que reconocer que el poeta nace porque no todos los hombres, ni todas las mujeres, vienen con las perfecciones idóneas, ni los instintos básicos, de la naturaleza literaria. No todos los grandes poetas, pues, saben escribir con corrección, a pesar de decir las cosas con sobrada belleza.
No en balde, en la película Me traes de un ala (1952), de Gilberto Martínez Solares (1906-1997), el protagonista confiesa, perturbado, que por una mujer se había convertido en poeta, “¡la mayor estupidez del ser humano!”

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