1
Se supone que un domingo, durante los primeros días de febrero, todos están en casita mirando la final del futbol americano, ese deporte que entusiasma sobre todo a los estadounidenses e influido, debido básicamente a las transmisiones importadas, en los gustos relajados de millones de mexicanos.
Sin embargo, y contrariando el sentido común nacional, a estas alturas aún yo no sé quién diablos se coronó, ni quiénes jugaron la final. Sólo sé que en el medio tiempo, en este año 2026 (en el Super Bowl LX), entretuvo a la multitud el solista puertorriqueño Bad Bunny, tal como en 2005 hizo lo mismo el británico Paul McCartney, que no se desnudó ni ofreció, según apuntaron cándidamente los locutores televisivos, un espectáculo “bochornoso”. Seguramente fue aplaudido a rabiar, como también lo fuera Janet, la hermana desnudista de Michael Jackson, ya que el escándalo —en la final del Super Tazón XXXVIII el 1 de febrero de 2004— de su seno al aire, prudentemente cubierto el pezón con una estrellita, vino después con el arrebato moralista de los aparentemente enceguecidos representantes de la sociedad del prejuicio, que no se percataron, ingenuos que son, cuánta lascividad inventaron los productores para convocar ventas en el mercado de la sensualidad.
Ahí estaba, por ejemplo, una serie denominada Big Brother, la cual miraban niños y adultos —con morbo unificado— no sólo senos descubiertos sino glúteos perfectos dispuestos a ser diestramente manipulados por manos autorizadas (después vendría Acapulco Shore para agrandar la sinuosidad corpórea de los participantes, entregándose de lleno a la morbosidad colectiva).
Quién sabe cuántas veces retransmitieron por el medio electrónico, dizque con horror, la escena del medio pecho cuasi desnudo de la hermanita Jackson, pero nadie dijo nada cuando, digamos, en una telenovela una mujer se abrió la blusa para mostrar los senos al protagonista que se solazaba mirándolos ante la aprobatoria degustación del espectador.
Eran, sí, otros tiempos donde los desnudos apenas comenzaban a explotarse en las pantallas electrónicas, ahora normales en los asuntos digitales (¡al grado de que en los grupos coreanos, vitoreados u ovacionados, ya nadie sabe si los integrantes son gays, lesbianas, trans, varones, hembras, ninfas, intersexuales o hermafroditas!).

2
Yo, acaso como el librero y editor serbio Vladimir Dimitrijevic (1934-2011), soy feliz sin haber mirado un solo partido de futbol [norte]americano en mi vida, de modo que estas finales, o super bowles como les llaman, me tienen sin cuidado.
En su libro La vida es un balón redondo (SextoPiso Editorial), Dimitrijevic decía que a los estadounidenses no les gustaba el futbol soccer porque “ellos se sienten mucho más cómodos con su futbol, que es un deporte de manos y piernas encerradas dentro de caparazones multicolores”, hombres que hacen pensar, por su atuendo, “en insectos gigantes y, al verlos, nunca se sabe muy bien lo que quieren hacer: los equipos corren, se atacan, luchan, se lanzan por el suelo; son cinco, luego uno se encuentra solo, no se sabe por qué, pero finalmente eso les gusta. Y les gusta porque todo el tiempo hay publicidad, ya que el balón se extravía a menudo: mientras lo buscan, ¡hop!, colocan un minuto de publicidad”.
Decía Dimitrijevic que se ve con frecuencia, “en las noticias, a jugadores de futbol americano o de hockey peleándose, y uno se pregunta por qué tanta agresividad”. Pero lo que no se sabe es que durante la trifulca “se intercala un espot publicitario de 50 segundos, ¡y la riña dura justo el tiempo del espot!”
(Es verdad que también en el soccer sucede la misma catapulra publicitaria, interrumpiendo ocasionalmente el partido: los anuncios ocurren cuando en efecto no acontece absolutamente nada.)

3
Quizás fue una exageración de Dimitrijevic, pero algo había de cierto en sus acaloradas aseveraciones.
Y para demostrar que no estaba tan equivocado en sus visiones de la domesticación del público norteamericano, decía que asistió al Mundial de Futbol de 1994, celebrado en Estados Unidos, un país que no gustaba entonces del soccer “pero la televisión habló tanto de ello que se llenaron los estadios”.
El editor serbio ugoslavo, pues, se dio cuenta de una cosa: ahí, “el partido comienza mucho antes del partido, tienes animadoras, cantantes con una música ensordecedora, toda una serie de individuos que gesticulan en dirección del público. Y el público aplaude mucho más durante ese preámbulo que durante el partido”.
Y así es: justamente durante el reciente mundial de Futbol Soocer, en este 2026 —celebrado no en vano en América del Norte—, se inició el espectáculo de los músicos en el medio tiempo para continuar la alborozada vehemencia acostumbrada desde los años setenta, si bien el show fue aclamado y apabulladamente aceptado, y confirmado, en 1993 con la presentación de Michael Jackson, fórmula comercial que la FIFA no había adoptado como suya hasta rendirse en 2026 con la inclusión de gente como Madonna, Shakira, Justin Bieber y BST, incorporándola como parte inherente del negocio.
La final la jugaron aquella ocasión, en el año 1994, Brasil e Italia, que fue, a decir de Dimitrijevic, demasiado extraña: “El deporte en Estados Unidos es en general bastante asexuado: el sexo es omnipresente, pero de una forma asexuada. Antes de la final entran al campo al menos una decena de grupos de hombres, unos son amarillos, otros rojos, negros, blancos, que simbolizan la universalidad del futbol, que es algo tan planetario como la Coca Cola”.
Luego comenzó el partido, “con sus grupos de hinchas brasileños e italianos. Ellos gritan, pero no gritan como en Italia ni como en Brasil. Hay italoamericanos, brasileños, pero no está el ambiente. Es como un niño bueno, todo el mundo come helados, palomitas, hace calor, pero sin nada más. Comen sin parar. Todos los [norte]americanos se han dado un atracón de comida para cuando finaliza el primer tiempo. Regresan con dos o tres minutos de retraso tras el descanso y comienzan nuevamente a comer: helados, salchichas, batidos de chocolate. ¿Es eso un público? El alimento elimina toda agresividad, relaja los nervios. Basta con verles, en cuanto salen a la calle, pasar instantáneamente de lo deportivo a lo flojo para constatar las secuelas”.
El partido terminó empatado a cero, por lo que hubo prórroga y penaltis: “Baresi falló el suyo —dijo Dimitrijevic, con lo que nos anticipó el triunfo brasileño—, y fue el único en lamentarse. El público ni se inmutó, no gritó ¡Porca Maradona! ni ¡Accidenti! No es que Italia no tuviera hinchas: estaban allí, pero como si estuvieran castrados. Y salieron del estadio comiendo helados, embelesados. Gritaban: ¡Viva Italia, Grazie! Para aprovechar todo el espacio publicitario, por encima de nuestras cabezas pasaban biplanos remolcando globos dirigibles en los que podían leerse consignas heroicas: Bounty, Snickers, Pepsi, Mars, que vinculaban directamente el cielo a nuestras glándulas salivales”.

4
Dimitrijevic estaba anonadado, según confesaba: los norteamericanos “habían conseguido escamotear la tensión dramática del partido que se jugaba” convirtiendo a los futbolistas en sujetos de publicidad: ¡el futbol se había vuelto como el tenis!
Y Bebeto o Romario o Baggio sólo aparecían en la televisión no porque fueran buenos jugadores de futbol, sino porque eran millonarios que atendían con placer las demandas de los agentes publicitarios.
Remember this one: it is Bebeto…
El futbol soccer, en cambio, era la pasión de Dimitrijevic, que escribió todo un libro de 140 páginas para exaltarlo: el único deporte que se juega básicamente con el pie.
“Es de esa simbiosis que nace este juego tan particular —agregó el serbio—, no sólo porque es colectivo sino, insisto, porque requiere de una habilidad particular en un miembro que no es el de la habilidad y la precisión. El error de la mano es menos frecuente que el error del pie. La mano es más segura, es más calculadora. Incluso un niño, cuando lanza su primera pelota, lo hace con la mano. La mano es parte integrante de la cabeza, la obedece. Es psicofísica: cuando se habla, la mano acompaña simultáneamente a la palabra, subraya lo que se quiere decir y dice acaso lo que no se quiere decir”.
Por eso el pie o la pierna son gestos definidores y definitivos del soccer, tal vez como el ballet o la esgrima, aunque éstas son disciplinas individuales o, bien, dictadas por las leyes del ritmo y de la partitura, no de la improvisación, como en el futbol soccer.

AQUÍ PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “OFICIO BONITO”, LA COLUMNA DE VÍCTOR ROURA PARA LALUPA.MX
https://lalupa.mx/category/las-plumas-de-la-lupa/victor-roura-oficio-bonito



