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Me he obligado a mirar vía Internet estas series telenoveleras sobre todo colombianas, reproducciones fieles del trabajo de Televisa, para percatarme de la sucia labor de las famosas redes sociales en lo tocante a la conformación del entramado actoral que consigue millones de seguidores abultando la chequera de las anodinas producciones que se solazan en la moralidad cristiana, porque cada capítulo conlleva, como en las viejas fábulas, una severa moraleja que no deja de conmover a las personas que ilusamente podrían llegar a creer en los arbitrios engañosos de los guiones de estos edulcorados —por no decir irreales— programas con la suficiente subjetividad telenovelera para cimbrar los corazones distraídos.
Porque, por supuesto, todo en esta vida se paga: todos los problemas los resuelve el guionista sin ninguna cautela, desde la comodidad de su casa, pues a los malos los vuelve repentinamente buenos o al revés, según la trama; pero, eso sí, todo el mundo piensa hablando en voz alta y los malos siempre se ríen de sus maldades, tal como debe de ser, o como uno supone que debería de ser, así como los guionistas telenoveleros nos han acostumbrado a ver una vida incierta.

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En dichas series (intituladas, como ya he referido semanas antes, La rosa de Guadalupe, Las historias de Panchita, Cuando los ángeles caen, Cachito de cielo, Acción positiva o Historias de milagros), además, no sólo se vislumbra la deficiente edición, amparada por la prisa, donde se miran las sombras de los micrófonos, el asombro de la gente que pasa viendo cómo se filma en las calles (vamos, hasta miramos a los que portan las cámaras entrometidos sin querer en las escenas), sino corroboramos, asimismo, lo mal escritos que están los guiones en pasajes donde los libretistas se olvidan de lo que acaban de apuntar haciéndonos morir de la risa por las ficciones inverídicas e incongruentes: ¿quén va a creer, por ejemplo, que hace demasiado frío, como dicen los actores, cuando los propios protagonistas aparecen vestidos con manga corta, sin suéteres, o las mujeres exhiben sus piernas con sumo candor sin temblar un ápice y con ganas mejor de desnudarse por el inmenso calor que las delata?, ¿o quién va a creer que la escena transcurre en la noche cuando todos somos testigos de la presencia del caluroso Sol?, ¿o que una motocicleta se halla averiada, razón por la cual la protagonista la empuja con esfuerzo pero, de acuerdo a la conveniencia de los guionistas, comienza a funcionar milagrosamente, sin reparo alguno, para que los dos héroes del programa, olvidados de que la moto nomás no puede andra, salgan victoriosos de ese lugar con los dos protagonistas encima de ella encarrerados a hacer pronta justicia?
CONOCE MÁS:
No sólo muestran la pésima escritura de los guionistas (escribiendo falsedades a su antojo), sino cometiendo, y eso que no son españoles, atropellos con el idioma, situación ventajosa porque, me dicen, así se habla en esos países y yo no puedo meterme en esos intríngulis del lenguaje, como tampoco puedo hacerlo con los españoles cuando traducen lo que ellos quieren entender (cuando uno de los personajes de Charles Bukowski se enoja, por ejemplo, se apunta en los libros “me cago en la leche”, porque los españoles creen que todo el mundo —finalmente ellos son los creadores de la Real Academia Española— debe hablar en castellano como ellos hablan, pero en esas series telenoveleras se dice, y uno tiene que entenderlo aun no siendo colombiano, “cancelar” como sinónimo de “pagar” aunque también “cancelar” sea evitar, anular o suspender (o la palabra mendigo, como ya apunté en un comentario pasado, cuya dicción actoral es pronunciada con acento en la e, méndigo, sin que ninguno de los editores corrija la defectuosa acentuación), lo mismo tenemos que entender la fobia colombiana por los términos femeninos: “Dame una manito”, cuando evidentemente la mano es un término femenino, pero la aceptación de esta negativa proviene de casi toda Suramérica donde justamente dicen manito en vez de manita hablando de la mano en diminutivo (no es el mano, sino la mano).
¿Por qué?
No lo sé, y es aquí donde me dicen que NO debo meterme en lo que no me importa, ya que el uso idiomático pertenece a cada país.
Y es cierto, mas no por ello uno debe quedarse callado ante el mal uso del lenguaje, pues los artículos el o ella evidentemente no pueden, o no deben, ser remplazados alrevesadamente: la nalguita no puede ser el nalguita o el estomaguito no puede pronunciarse la estomaguita.
Igual sucede con los términos mismo o misma, aferrándose el habla colombiano a la negación femenina al negarse ellas a pronunciar correctamente “yo misma lo digo”, porque lo dice una mujer, asentando las actrices “yo mismo lo digo” o “pregúntele a ella mismo”, lo que acontece siempre en casos parecidos: ¿por qué, en un supuesto programa feminista, la mujer habla como si fuera hombre?

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Notas tomadas al vapor al mirar estas series:
“Todo se vino cuesta arriba desde que Óscar se fue”, dice llorando una mujer, mas lo normal es que las cosas se fueran cuesta abajo porque supuestamente se caerían, no se alzarían.
Un empresario le dice a una mujer que fuera al siguiente día a su empresa para otorgarle un puesto de trabajo, pero los editores lo olvidaron anunciando que la mujer se presentó, correctamente vestida para la ocasión (con vestido súper corto, entalladísimo, con los senos prácticamente al aire), tres días después, y todo transcurrió normalmente. ¿Qué hizo el empresario aquellos dos días que le faltaron a la historia?
Los malos telenoveleramente siempre se preguntan en voz alta: “¿Por qué fui tan mala?”
“Mire, vagabundo, el vejestorio lo dejé entrar, pero nosostros dos lo vamos a sacar”… ¡y son dos mujeres las que hablan refiriéndose a sí mismas! (a sí mismos, dirían ellas).
Al final de ciertos programas los buenos siempre entregan una carta a los malos o infieles para hacerlos, cómo no, entrar en razón o volverlos dignos.
Cuando a un auto regalado por el amante a una mujer, ésta le quita rápidamente el moño para mostrárselo, el coche, a su esposo engañado, ella apresuradamente guarda el inmenso moño que estaba en el cofre, en el asiento delantero, abriendo con premura el nuevo carro, ¡pero el marido engañado, absorto por el carrazo, nunca se da cuenta de que enfrente de sus ojos tiene el moño de regalo!
Curiosamente, los personajes caminan siempre a media calle o se tropiezan torpemente o corren no en las aceras o se duermen justo donde no deben dormir, pero el resultado es el mismo: los buenos salen ganando y los malos salen perdiendo, porque, según los guionistas, la verdad, cómo no, siempre sale a la luz.
Los currículums o, ejem, currículos (“hojas de vida” en Colombia) se entregan, como debe de ser, a media calle.
El guionista hace decir al protagonista que en el siniestro lugar donde se encuentra no pasan taxis, y vemos pasar justo a un taxista detrás de los actores, pero la escena continúa como si no hubiera sucedido tal contradicción.
En estas series los y las protagonistas se enamoran, siempre, de las personas que los ayudan inesperadamente.
Sin saber cuánto se había vendido en la tienda, en un programa la mujer, que acaba de llegar a su local, sabe perfectamente, y no sabemos mediante qué magia adivinatoria logró tal asertividad, cuánto dinero, sacado de la caja registradora de la tienda, le regaló el marido a su suegra, es decir a la madre de su querido esposo.
Los protagonistas mencionan al Banco Santander, con todas sus letras, y nos percatamos que tal empresa millonaria española, entonces, es una de las patrocinadoras de aquellos yerros telenoveleros.
Son guiones tan desilustrados que en una escena oímos decir a un protagonista: “No tengo nada de qué perder”.
Todo en estas telenovelas coincide asombrosamente: el taxista que lleva en su carro a la pasajera es precisamente el marido engañado por el amante que resulta ser, ¡Dios mio!, el esposo de la pasajera, o el albañil es el marido de la amante del arquitecto de la construcción donde trabaja el pobre albañil que se tropieza, sin querer, con la angelical dama que va a visitar, casualmente, a su esposo que es el arquitecto que la engaña, pero a la larga ambos, los engañados, se enamoran entre sí y, a los pocos días, el pobre albañil asciende al poder millonario y los engañadores, obviamente, con el tiempo, se convierten en pepenadores muertos de hambre, o la sirvienta, sin ella saberlo, trabaja para la enriquecida dueña de la mansión que es, ¡vaya casualidad!, la amante de su esposo… ¡pero el karma persigue en esta vida a los que obran mal, por supuesto, de manera que, al final del día, los engañadores salen siempre perdiendo en los predecibles guiones!
Todas las mujeres, malas o buenas, exhiben sus hermosas piernas incluso bajándose ellas mismas sus cortos vestidos para que no se les viera el calzón, si acaso lo trajeran consigo.
Los buenos, en estas series, nunca actúan, como ellos mismos dicen, por venganza sino por justicia.
“El rencor, envenena; y el perdón, libera”, subrayan los buenos, o las, mmm, buenas.
Durante un acto protocolario, un abogado dice a la juez “su señorío”, en lugar de señoría, y a pesar de que era mujer la juez. Lo mismo ocurre cuando dicen “burdo calificación” negando, como es ya costumbre en estas “exitosas” series, los términos femeninos.

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Así son, después de todo, las telenovelas, y aunque ahora las redes sociales contengan miles de canales opcionales, la influencia que ha dejado Televisa, para nuestro infortunio, es, ha sido, imborrable.
AQUÍ PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “OFICIO BONITO”, LA COLUMNA DE VÍCTOR ROURA PARA LALUPA.MX
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