Las palabras, cuando son inestables entre los hablares de una sociedad y circundan las cercanías de un aforismo, este las coloca de tal forma que debe pretender que se aprecie el tallo, no la flor, porque esta se le ve derrumbarse.
A veces, quien pretende escribir aforismos sólo mira la flor y no posee la paciencia de alcanzar su fragancia.
Un aforismo debe alcanzar la estabilidad dentro de la gazmoñería pedante de los puristas, aquellos de las academias que no permiten a las palabras que los exhiban dentro de su poco conocimiento de los hablares del pueblo.
Es muy cierto que los idiomas –más no el lenguaje, que es toda la capacidad biológica, anatómica y fisiológica con la que se expresan los sonidos articulados por medio del aparato fonador, es decir la fonética, la capacidad del habla–, en conjunto con su escritura, representan la realidad inmediata del pensamiento. Por medio del trabajo y las relaciones con la sociedad es como transformamos la palabra, que es un “regulador importante de los procesos psíquicos del comportamiento” (Vicente Romano).
Es en este devenir que las palabras se convierten, y son sustancia maleable, en manos de quien tiene la posibilidad de manipular su imagen, claro de la palabra, que es imagen y sonido, y con ello, ir condicionando la capacidad de los pueblos para mediar su realidad. En estas fauces de la monstruosidad se devanea el aforismo. Y así, porque no tiene de otra, se trepa al cuadrilátero, a la pelea por la conquista de las palabras. Pero es entendible, aunque es un pugilista sin consideración de su rival, que tenga poca popularidad. Cierto, porque el aforismo se adentra entre los laberintos de la gramática y del dolor que aqueja a los seres humanos, y apunto, el aforismo ya no es el mismo desde Hipócrates. Ha tenido procesos de cambio, pero percibo, desde hace algunas décadas, que el ropaje con el que camina como el señor de la ironía ya no le queda, porque las sociedades culturales han sufrido transformaciones inequívocas de expresión. Y, quien escribe aforismos, “no dispone más que el vocabulario y la sintaxis que la colectividad emplea para expresar sus evidencias” (Robert Escarpit). Y añado, es el único. Al negar este cambio, los escritores, y debo decir en todos los campos que competen a la literatura y el periodismo, sólo tienden a una lejanía y viven de admiradores que sólo los adulan.
Esa es una evidencia de la poca fama que goza el aforismo. Porque es carne de cañón, la piel en vilo abierta de par en par, y se entromete, para en muy pocas palabras expresar esa realidad inmediata que no logra alcanzar la poesía, por el cinismo de las palabras que contiene el aforismo.
Al subirse al cuadrilátero, lo mira con desdén su contrincante, el de siempre, aunque con fauces diversas, pero siempre el mismo que mete entre libros y revistas lo correcto de la gramática, eso que, según dicen, es el buen hablar.
Poder y aniquilamiento, da con todo sobre los hablares de los demás, de aquellos, según él de pacotilla, de baja monta, y expresa con sardónica sonrisa por todos los medios posibles para que sus palabras sean el arma de mayor poder: intoxicar los hablares, para seguir así, no siempre con éxito, el ablandar y controlar a las palabras. Ahí está el campeón de la pulcritud, él no se raspa y mezcla entre los andenes del pueblo. En la otra esquina está su retador con sus palabrotas que con estilete deambulan sin tapujos.
Ahí se le mira en la esquina, en la palabra que lo habita está la vida del pueblo. Él es, el retador de los hablares: El aforismo. Un peleador nato, no se prepara, de hecho vive entre los escombros de la inmundicia, nadie sabe el porqué, pero es un dechado, no de virtudes, sino el que defiende un idioma a capa y espada, es un retador que sostiene entre cada una de sus vértebras de los hablares y, por supuesto, expresado por medio de la escritura.
El aforismo quita esencias, que es ni más ni menos que la realidad, y si es cierto, la realidad de los desdichados, de los sin nada, pero que sólo mantienen viva la esperanza de su palabra, con aquella que lidian a diario en su trabajo, el trabajo transformador de las palabras, en fin de los hablares, del dolor a cuestas.
Vendrán ahora los jabs, uppercut, rectos y volados para la defensa a ultranza del idioma con el que combaten a diario los desamparados.
Es innegable, pero sostener entre los cables de la disidencia la palabra para que toque el pensamiento de los lectores es el paredón de la muerte, en el que está sentenciado el aforismo.



