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Diferencias escriturales, espectáculos, todología – Víctor Roura

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Si bien ya existía la tradición de los suplementos culturales (de 1947 en adelante), el periodismo cultural todavía en la década de los setenta se encontraba extraviado: los suplementos estaban abocados a la satisfacción intelectual de un específico grupo cultural, al que le tenía sin cuidado las actividades ajenas a su círculo, de modo que su ejercicio era completamente parcializado. No existían otros nombres en el panorama más que los suyos, a pesar de que ya, desde 1965 en el periódico El Día a cargo de Arturo Cantú y luego, desde abril de 1970, por Manuel Blanco en El Nacional, podían leerse páginas diarias dedicadas a los actos culturales, aunque no de manera profesional, porque los que colaboraban a veces no recibían remuneración ninguna. Con visiones más plurales, estos dos periodistas no distinguían grupos compactos. Su visión era más amplia, pero su defecto, si es que puede llamárselo de tal modo, era que su trabajo distaba de la visión de los hacedores de la Mafia. Eran ninguneados, además de que, para no meterse tampoco en problemas, decidieron mantener la intocabilidad del grupo reinante.

      No fue sino hasta la escisión de Excélsior, hace ya medio siglo, el 8 de julio de 1976, cuando paradójicamente (porque la intención de este rompimiento periodístico, avalado por el presidente Luis Echeverría Álvarez, era desarticular la maquinaria “progresista” periodística) se fragmenta el núcleo de la prensa en México, dando por resultado diversas publicaciones con una, ahora sí, mayor independencia del Estado sujetador y coercitivo; pero, hay que decirlo, igual de dependiente financieramente del Estado: la intención, sí, era buena, no así sus resultados.

      Antes de que finalizara ese 1976 salía a la venta la revista Proceso con una vitalidad desconocida en su director Julio Scherer García, quien en 1968, al igual que los otros directores de periódicos, se vio intimidado por la saña del presidente Gustavo Díaz Ordaz y se guardó, para sí (con tal, por supuesto de no quedarse fuera del presupuesto oficial), la veracidad informativa en los brutales acontecimientos del 2 de octubre en Tlatelolco.

Julio Scherer García.

      Sin embargo, es el 14 de noviembre de 1977, cuando salió al mercado el periódico unomásuno, dirigido por Manuel Becerra Acosta (exsubdirector de Excélsior), que históricamente nace en un diario, desde su fundación, formando parte del todo periodístico, una sección cultural que tenía en su nómina una lista de trabajadores dedicados al periodismo cultural, entonces inexistente en una planta laboral establecida, pues, como ya se dijo, ni en El Día ni en El Nacional, a pesar de poseer ya en sus páginas una sección cotidiana de cultura, sus periodistas eran retribuidos económicamente, salvo los respectivos editores.

      Llegará, pues, el próximo año a su medio siglo de vida la función diaria del periodismo cultural, mas su aceptación oficial —es decir que el periodismo cultural fuera aceptado como género periodístico por la Secretaría de Educación Pública— no se dio sino hasta el año 2004, de manera que, a las claras, es, la prensa culural, la última asignación que el Estado nacional ha aceptado dentro de su estructura educativa.

      Hay que recordar, asimismo, que los suplementos, las más de las veces, cuentan en su planta de colaboradores no a periodistas sino a académicos, ensayistas o literatos, que incluso desprecian el ejercicio periodístico como tal, de ahí que se hayan encargado de deslindar, de separar (la escritura periodística de la literaria) las funciones escriturales. Dicen, como aseveraba Novo, que la una, la literatura, es la maternidad de las letras mientras que el otro, el periodismo, ejerce la prostitución de las letras.

Huberto Batis con edición del unomásuno.

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Por eso, en México se habla del escaso profesionalismo de la prensa. Porque los que la teorizan, no siendo periodistas (sino literatos o comunicólogos de cubículos), la minimizan o la ponderan en demasía, despreciando a los reales hacedores del periodismo. Una vez, el día exacto de la muerte de la actriz duranguense Dolores del Río (el lunes 11 de abril de 1983 en California a los 78 años de edad), yo necesitaba una opinión de un crítico de cine para redondear la información. Esa misma tarde, por una suerte del destino, vi entrar a la redacción cultural del unomásuno a Emilio García Riera, el connotado autor de la Historia documental del cine en México, quien iba a dejar su colaboración semanal. Fue grato verlo. De inmediato le informé sobre el deceso de la actriz. Fue como no haberle dicho nada. Le pedí que me escribiera unas cuantas líneas para publicarlas mañana mismo. Se rió sin convicción de mi pedido, mal actor que era, y dijo que haría un ensayo sobre Dolores del Río en su casa y me lo enviaba, pero que le diera un mínimo de dos meses. Lo mandé directamente hacia el lugar de donde vino.

      Así están acostumbrados a escribir los “periodistas” de los suplementos. Por eso, la respuesta acerca de la profesión que diera otro director de un diario chiapaneco, aunque involuntariamente humorística, tiene mucho de verdad: cuando le preguntaron si su diario ya adquiría visos de profesionalización, el orgulloso director declaró, ufano, que así era, ciertamente, cómo no, pues ya su hijo el mayor se acababa de recibir de arquitecto y el que le seguía pronto sería licenciado.

Emilio García Riera.

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Pero también hay quienes se dedican a escribir lo que miran y oyen, respaldados nada más por su propio criterio, sin esperar otra cosa que la propia satisfacción del saber revelado. Un puñado de hombres y mujeres que se plantea los asuntos desde perspectivas cuestionadoras no complacientes, documentando no sólo las representaciones simbólicas sino hurgando lo que hay detrás de ellas, averiguando si los modelos que se exhiben en los aparadores no son sólo de ornato visual. Está, por ejemplo, la periodista que nos revela que tras los ojos ciegos de un fotógrafo se captan imágenes de sutil belleza, o el desnudo artístico que logra cierto autor de un escritor en una inteligente entrevista, o la crónica de un acto al que nadie presta atención, o la placentera plática con un artesano cuyo trazo supera, con creces aunque él no lo supiera, el de aquel afamado artista plástico que no cesa de alimentar sus relaciones públicas con los gobernantes del país.

      La prensa cultural debiera ser el corazón de un medio, donde la sensibilidad corra aún por las venas de sus páginas (digitales o no), donde las mentiras y los oprobios de la política no tengan ya cabida, donde el reencuentro del humanismo tenga lugar entre diálogos y visiones de lucidez.

      Se dice que cada país merece la prensa que tiene.

      Acaso por eso las secciones de espectáculos han dominado a los grandes medios de México. No en vano, varios políticos prefieren presentarse en programas de humor para exponer sus respectivas comicidades, ya que, tal como ha dicho el italiano Antonio Tabuchi, todo se ha transformado en espectáculo, incluyendo la guerra y la muerte.

La actual presidenta, Claudia Sheinbaum, en un video realizado durante su campaña con el youtuber Escorpión dorado.

      Por algo, Emilio Azcárraga Jean, el heredero de Televisa, felicitó calurosamente a sus locutores de noticias por la cobertura tan padre que hicieron de los damnificados por las torrenciales lluvias de octubre del año 1999.

      Y como dicen que la cultura ya se ha vuelto también un espectáculo, Carlos Monsiváis aceptaba platicar, presto y sin poner trabas, con Patricia Chapoy acerca de ese mártir de la droga que es, fue, el drogo Francisco Stanley el día mismo de su ejecución… la de Stanley (asesinado en junio de 1999), no la de Monsiváis, delante de las tenebrosas cámaras de Televisión Azteca.

      Y todo el mundo cultural aplaudía cualquier intervención del todólogo intelectual porque, ¡ay!, nada parecía tan maravilloso entonces como presentarse en la televisión.

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Last modified: 6 abril, 2026
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