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Benín: el pulso de lo invisible (I de IV)

CRÓNICA: JOSÉ ANTONIO GURREA C. / LALUPA.MX

“Lo primero que llama la atención es la luz. Todo está inundado de luz. De claridad. De sol”: Ryszard Kapuscinski sobre África

“… no hay dos viajeros que interpreten a un pueblo y un paisaje del mismo modo”: Robert D. Kaplan

Ganvié.- Es Domingo de Ramos y la música, los cánticos, los bailes rítmicos el júbilo, en una palabra desbordan el templo de madera sobre pilotes que la Iglesia del Cristianismo Celeste tiene en esta ciudad construida por los Tofinu encima del lago Nokoué en el siglo XVII. Al cruzar el umbral el regocijo nos golpea. Hay en el ambiente un magnetismo que no se explica, pero que aviva los sentidos y se siente en todo el cuerpo. No se trata de una ceremonia religiosa contenida, como ocurre en otras latitudes. Aquí, en África Occidental, estamos inmersos en una atmósfera hipnotizante, donde más que rezar se canta y se danza con frenesí.

Foto: Ora TV

Un entusiasta sacerdote micrófono en mano y sutana blanca con detalles azules en el cuello y en el faldón, dirige los cánticos en el idioma fon. El mensaje es inequívocamente cristiano pero la influencia yoruba es clara y contundente. Es la máxima expresión del sincretismo religioso en Benín, cuna del vodún: Mi kpa susu nú Baba, ɖuɖejitɔ́, Mawu ví, gbɛnamɛtɔ́… mǐ nɔ sɛn we bo nɔ sɔ́ we sù ɖuɖeji sín hɔntogbo towe ɖò Aklunɔzángbe Palmier tɔn elɔ jí (“Oh, salve padre, vencedor, Hijo de Dios, dador de vida… te adoramos y glorificamos en tu entrada triunfal este Domingo de Ramos”).

Foto: Josep Blanch

—Mǐ kpa Mawu (“Alabado sea Dios”). Hosanna nú vǐ Davidi tɔn (“Hosanna al hijo de David”), responde el coro mayoritariamente integrado por mujeres siguiendo la estructura del canto yoruba tradicional, donde un líder lanza una frase y la congregación contesta.

Video: José Antonio Gurrea C.

Además de la sutana blanca, las mujeres se encuentran ataviadas por un gorro de tela blanca, redondo y ajustado a diferencia de los hombres, que deben ir con la cabeza descubierta y una capa azul con filos amarillos que les cruza el pecho. Quienes se encuentran la primera fila son las que marcan el paso del baile, y se aseguran de que el “retumbe” de los cánticos sea armonioso.

Las sutanas blancas simbolizan la pureza, la igualdad ante Dios y la conexión con los ángeles. Fotos: José Antonio Gurrea C.

A medida que la misa avanza, el ritmo de los tambores y los cuerpos se vuelve más rápido y exaltado. Replicando los bailes ancestrales, los fieles se balancean hacia adelante y hacia atrás moviendo ritmicamente las manos a la vez que contraen el cuerpo y golpean descalzos los maltrechos tablones de madera que hacen las veces de piso los concurrentes deben quitarse el calzado antes de ingresar, para no “contaminar” el suelo, lo que añade un componente de percusión corporal colectivo que hace que la estructura de madera del templo se cimbre, cruja y parezca balancearse al ritmo de la música y de la danza. Este efecto se multiplica porque el sonido no rebota contra el suelo, sino que vibra sobre la superficie del agua que rodea la iglesia.

Cuando se canta el Halleluyah, el estruendo alcanza su punto máximo. Los fieles parecen estar en trance Foto: Josep Blanch

Cuando se canta el Halleluyah, el estruendo alcanza su punto máximo. Los fieles parecen estar en trance. Es el momento en que se cree que el Espíritu Santo “desciende”. En este punto, el sonido es ensordecedor. La mezcla de decenas de voces cantando a coro “¡Hosanna!”. y los tambores de origen yoruba marcan un ritmo frenético. En la Iglesia del Cristianismo Celeste, donde el sincretismo es una coreografía vibrante, dejamos de ser simples observadores y, de pronto, sin previo aviso, también nos sumergimos en el extasis colectivo y nos volvemos partícipes de la danza grupal.

Los fieles no llegan caminando; se desplazan en canoas de madera vistiendo sus inmaculadas sutanas blancas. Foto: Josep Blanch

No han pasado ni veinticuatro horas de nuestra llegada, y Benín ya nos ha desarmado. No ha sido un aterrizaje suave. La experiencia en la Iglesia del Cristianismo Celeste ha sido una colisión sensorial. Se trata de un intenso fervor que va acorde con la historia de resistencia y libertad de esta ciudad lacustre con miles de casas coloridas construidas sobre pilotes de madera, además de escuelas, iglesias, mercados, un hospital y hasta un campo de futbol. Por décadas, los guerreros del reino de Dahomey acecharon a los Tofinu, a quienes secuestraban para venderlos como esclavos a los portugueses. Sin embargo, los raptores tenían pánico a tocar el agua, pues suponían que si lo hacian serían devorados por una serpiente mitológica. Los Tofinu aprovecharon estas supersticiones para establecer su ciudad sobre el lago Nokoué, en el siglo XVII, convirtiéndola en un refugio seguro contra la trata de esclavos. Así nació Ganvié, cuyo nombre significa “sobrevivimos”.

Fotos: José Antonio Gurrea C.

Los Tofinu fueron muy astutos, pues usaron a su favor la única debilidad de un enemigo (Dahomey) que, en tierra firme, era prácticamente invencible. Fue un duelo de estrategia contra fuerza bruta y mitología. La jugada maestra de los Tofinu los libró de la esclavitud y creó una cultura sui géneris, no sólo porque todas las actividades diarias se realizan en canoas, sino porque Ganvié no nació por comercio, pesca o migración del campo a la ciudad como otros pueblos fluviales.

Video: José Antonio Gurrea C.

La ceremonia de Domingo de Ramos ha terminado. Ha cesado la danza y ya no se escuchan los tambores ni los cánticos. Los fieles de sutana blanca salen del templo y abordan las canoas para dirigirse a sus casas de bambú y caña. El bullicio cede ante el sonido rítmico de los remos cortando el agua. Partimos con la certeza de que Ganvié es mucho más que la “Venecia africana” del folleto turístico. En esta ciudad flotante de alrededor de treinta mil habitantes, la resiliencia y el ingenio siguen siendo como hace más de trescientos años las virtudes que sostienen la dignidad de un pueblo que hizo del lago un santuario para no perder la libertad y la vida, que ha conservado sus usos y costumbres como un escudo contra la aculturación y que ha gestionado de manera sostenible los recursos acuáticos, haciendo de la pesca a través del uso de métodos tradicionales su forma de vida.

Fotos: Toni Espadas

Vodún: una espiritualidad que no se esconde

El sol cae a plomo sobre Ouidah, la cuna del vodún mundial. Desde aquí, a través de la trata de esclavos, esa religión llegó a América y se extendió a países como Haití, Brasil y Cuba, donde adquirió sus propias particularidades, y se comenzó a conocer con nombres como vudú o santería. Ubicada en la costa del Golfo de Guinea, en esta ciudad el aire vespertino de abril se siente marcadamente húmedo, marítimo. No hay viento por lo que hay pesadez y bochorno en el ambiente. Sin embargo, nadie se mueve. No es una tarde cualquiera y entre los asistentes hay mucha expectación por la ceremonia que va a comenzar. De pronto, el silencio se rompe. Los jóvenes, con los rostros brillantes por el sudor y los músculos tensos, se apoderan de los tambores, y dan inicio a un ritmo frenético, a un galope constante que se siente más en el pecho que en los oídos.

Las mujeres de la aldea se unen a los jóvenes percusionistas. Vestidas con telas multicolores, sus palmas cortan el aire con una precisión hipnótica. Sus cantos ancestrales son una marea de potentes voces con las cuales invocan a los espíritus y honran a las divinidades de su religión, los orishas o lwas. Bailan con los pies descalzos, golpeando la arena, haciendo que la tierra se eleve en pequeñas nubes.

Video: José Antonio Gurrea C.

Entonces, aparecen ellos: los Zangbeto. Grandes conos de rafia, heno y paja teñida de colores brillantes que emergen como montañas vivientes. Comienzan a girar. Al principio es un movimiento lento, casi torpe, pero pronto el ritmo de los tambores los posee y se convierten en remolinos violentos que levantan una tormenta de arena. Para los no iniciados, lo que aparece en el centro de la plaza parece un montículo de heno viviente; para los locales, es un espíritu protector que vela por el orden público y la seguridad de la comunidad, cazando espíritus malignos y castigando a los delincuentes.  

Al son de los tambores, las estructuras cónicas brillan bajo el sol: el azul, el amarillo, el negro, el rosa y el dorado de la arena marina se mezclan en una danza cromática. En la cúspide del cono, uno de los Zangbetos muestra una pequeña figura tallada en madera —un elefante que simboliza la fuerza, la sabiduría y la memoria ancestral— que parece observar a la multitud desde su trono de paja.

Foto: Josep Blanch

A medida que los tambores aceleran el pulso, los Zangbetos se convierten en torbellinos que a momentos parece que van a arrollar a una multitud que no pierde detalle de la singular danza. Giran con tal violencia que las fibras de palma se elevan, generando un siseo rítmico que suena como una lluvia torrencial golpeando el suelo. Los Gbetovi, sus guardianes iniciados, siguen de cerca sus trayectorias, ingieren un buche de sodabi —el aguardiente beninés que se obtiene a través de la destilación del vino de palma fermentado—, y lo rocían al aire “alimentando” la energía de las estructuras que, a pesar de sus casi cincuenta kilos de peso, parecen flotar con una ligereza sobrenatural.

Foto: Toni Espadas

De pronto, los Zangbetos se detienen en seco. Un silencio total cae sobre la plaza de Ouidah. Con un gesto ensayado, los guardianes se acercan a uno de los pesados armazones y, ante el asombro colectivo, lo levantan. Debajo no hay rastro de un cuerpo humano o de un mecanismo que haga girar al armatoste. En el suelo, donde hace un segundo latía un gigante de colores, la paja yace inerte y sólo queda un pequeño muñeco con una especie de alas y un falo erecto que se hallaba en el interior. La multitud estalla en un grito de júbilo, y los tambores reinicían su ritmo.

Aunque los devotos del vodún aseguran que es un espíritu el que hace girar el gran cono de rafia, la antropología ofrece una lectura más terrenal. Investigadores como Andrew Apter, al estudiar la hermenéutica del ritual —The Hermeneutics of Power in Yoruba Society—, sugieren que el Zangbeto es una obra maestra de ingeniería vernácula: el traje posee una estructura interna de varas de madera o bambú extremadamente ligeras. Al girar a gran velocidad, la fuerza centrífuga expande la paja y le otorga una estabilidad casi hipnótica. Según esta visión técnica, un iniciado de baja estatura se acuclilla en el centro, manipulando el cono desde abajo sin rozar sus paredes. Incluso el asombroso momento en que los guardianes vuelcan el traje para mostrar que está vacío tiene una explicación en la destreza física: el operador se contorsiona con tal velocidad o utiliza distractores visuales que el ojo humano, seducido por el ritmo de los tambores, simplemente no logra registrar su presencia. Para el escéptico se trata de un truco brillante; para el creyente, la prueba irrefutable del poder de lo invisible.

Foto: Toni Espadas

En los hechos, sin embargo, poco importa si detrás de un Zangbeto hay un espíritu o sólo una persona de talla baja. En Benín el vodún, declarada religión oficial, es parte del ADN cultural y lo permea todo: la justicia, la medicina, el arte y la política. De hecho, existe un dicho popular que señala que en este país se es cristiano o musulmán de día, pero vodún de noche”. Esto significa que muchas personas que se identifican como cristianos (48-52%) o musulmanes (27%) continúan acudiendo a sacerdotes de Vodún para protección, rituales familiares o salud, incluso antes de acudir a un médico o a un hospital.

Fotos: José Antonio Gurrea C.

Se trata de una espiritualidad que no se esconde. Al caminar por comunidades como Abomey-Calavi o Ouidah, el vodún sale al encuentro en cada esquina. Abundan los altares domésticos que custodian entradas y los árboles sagrados envueltos en telas blancas que parecen vigilar al transeúnte. En los mercados, el misticismo se vuelve tangible y crudo. Los puestos ofrecen fetiches de madera o arcilla listos para albergar energías protectoras junto a una botica muy singular: raíces, cráneos de mono, pieles de rata y armadillo, así como esqueletos secos de serpiente destinados a la sanación. Sin embargo, para el practicante, estas partes de animal no son “cadáveres”, sino “contenedores” de poder natural.

Foto: José Antonio Gurrea C.

Bajo esta lógica, el cráneo de un depredador no es un resto óseo, sino una herramienta que se muele y se mezcla con raíces para transmitir la fuerza del animal a quien consuma el preparado. Un cráneo de perro en la entrada de una casa no es un despojo, sino un guardián que sigue “vigilando” el umbral. En el universo vodún, la energía no se destruye con la muerte, sólo se redistribuye para seguir sirviendo a los vivos.

Fotos: José Antonio Gurrea C.

Entre el bullicio del mercado, la venta de cabras, gallinas y hasta gatos y perros vivos recuerda que la fe aquí todavía requiere de la sangre. Como explica la historiadora Suzanne Preston Blier en African Vodun: Art, Psychology, And Power, para el creyente el sacrificio no es un acto de crueldad, sino una comunicación necesaria. Se cree que la sangre apacigua a los espíritus de los ancestros —que conviven con los nuestros— y abre un canal para la gratitud o para pedir un deseo. En ocasiones, el animal se convierte en un escudo: actúa como un sustituto que absorbe la energía negativa destinada a un humano, muriendo en su lugar para evitar una tragedia. Una vez sellado el pacto espiritual, el círculo se cierra y la carne se comparte en una comida comunitaria, cumpliendo así una última función alimenticia sagrada. En las ceremonias de Benín, cada especie tiene su propio “lenguaje” y el animal elegido es la llave específica para la deidad que se busca invocar.

Fotos: José Antonio Gurrea C.

Esta conexión tan directa con la vida y la muerte animal es lo que más desconcierta e impacta a los visitantes. Sin embargo, para un beninés es simplemente aceptar que la muerte forma parte del ciclo de la vida y que la naturaleza entera está al servicio del “equilibrio espiritual”. Es una cosmovisión religiosa que puede perturbarnos y sacarnos de balance. Pero, ojo: no perdamos de vista que el vodún es una fe muy antigua y compleja. Nada tiene que ver con el “vudú” de caricatura que nos vendió Hollywood, ese producto de marketing, basado en el miedo al “otro”, que habla de muñecos con alfileres, magia negra, ocultismo y zombies.

Foto. Josep Blanch

LEE MAÑANA LA SEGUNDA ENTREGA DE ESTA CRÓNICA SOBRE BENÍN, DONDE LALUPA.MX RECORRE ESTE PAÍS DE SUR A NORTE PARA SUMERGIRSE EN LA FASCINANTE DIVERSIDAD DE SUS ETNIAS.

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Last modified: 25 mayo, 2026
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