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La ortografía española – Víctor Roura

En abril de 1844 la Real Academia Española publicó, en su novena edición, el Prontuario de ortografía para el uso de las escuelas públicas, orden categórica emitida por la reina Isabel II —¡que iniciaba su reinado efectivo, el 10 de noviembre de 1843, a los 13 años (declarada ya mayor de edad)!, imperio que duraría un cuarto de siglo, porque finalizaría en 1868, a sus 38 años de edad cuando se exilia, tras la denominada Revolución Glorios, en París, falleciendo en esa ciudad en 1904 a sus 73 años de edad.

      “Hasta ese momento —se aclara en el prólogo del libro Ortografía de la Lengua Española que editó Espasa en 2010 en Madrid— la Academia se había limitado a proponer normas y aconsejar empleos, bien es verdad que, con notable éxito, pues el propio Andrés Bello [1781-1865] declaraba que no sabía qué admirar más, si el espíritu de liberalidad con que la Academia ha patrocinado e introducido ella misma las reformas útiles, o la docilidad del público en adoptarlas”.

      La primera edición, no decretada para su utilización escolar, data de un siglo atrás, en 1741, cuyo título, por cierto, redactaba en su carátula la palabra “Ortographía”, corregida once años más tarde, en la segunda edición, ya como “Ortografía”, “proclamando desde la misma portada su opción por el criterio fonético con preferencia sobre el etimológico”. La idea y voluntad de mantener la unidad idiomática predominó “por encima de particularismos gráficos no admitidos por todos: poco a poco, las naciones americanas de nuestra lengua se mostraron conformes con la ortografía académica y la hicieron oficial en las diversas repúblicas. El proceso se cerró en Chile, donde más tiempo se había mantenido el cisma, con el decreto que firmó el presidente Ibáñez, el 20 de junio de 1927, donde se disponía que, a partir del 12 de octubre de aquel año, se adoptase la ortografía académica en todos los establecimientos de enseñanza pública y en la redacción de todos los documentos oficiales”.

      La evolución de la ortografía académica ha estado regulada por la utilización combinada y jerarquizada de tres criterios universales, se apunta en el prólogo de la edición ortográfica de la Real Academia: “La pronunciación, la etimología y el uso, que, como decía Horacio [65-8aC], es en cuestiones de lenguaje el árbitro definitivo. La Real Academia Española, como tal Corporación, se siente hoy orgullosa de que sus antecesores, durante el siglo transcurrido entre 1741, fecha de la primera edición de la Ortographía, y 1844, fecha del Real Decreto sancionador, tuviesen tan buen sentido, tan clara percepción de lo comúnmente aceptable, tal visión de futuro y tanto tino como para conseguir encauzar nuestra escritura en un sistema sin duda sencillo, evidentemente claro y tan adaptado a la lengua oral que ha venido a dotar a nuestra lengua castellana o española de una ortografía bastante simple y notoriamente envidiable, casi fonológica, que apenas si tiene parangón entre las grandes lenguas de cultura”.

      Pero, pues, seamos sinceros y digamos si, después de leer las reglas de la letra x, se nos hace “evidentemente claro” el sistema ortográfico español: esta letra, la antepenúltima del alfabeto, “representa sonidos diferentes según la posición que tenga en la palabra. En posición intervocálica o en final de palabra, representa el grupo consonántico ks (o gs en pronunciación relajada). Ejemplos: examen, exhibir, relax. (Pero también se representa con es en las palabras facsímil, facsimilar, facísmile, facsia, fucsina, macsura y telefacsímil.) En cambio, en posición inicial de palabra la pronunciación más frecuente es la de s, y en posición final de sílaba puede ser, en distintas regiones y según las consonantes que sigan, s o ks (o gs). Ejemplos: xilófono, excelente, excavar, exportar, exterior, exfoliante. La reducción a s de la pronunciación de ks suele originar dudas ortográficas. En la Edad Media, las representaba también el fonema fricativo palatal sordo de dixo, que a partir del siglo XVI evolucionaría hacia el fonema fricativo velar sordo de dijo. Algunos restos de esta grafía se encuentran en topónimos como México, Oaxaca, Texas y sus derivados (mexicano, oaxaqueño, texano…), y en algunos apellidos como Ximénez o Mexía. La pronunciación de esta x, en esas y otras palabras, es fricativa velar sorda, es decir suena como j; constituye, por tanto, un error ortológico articularla como ks”.

      La ortofonía de estas palabras que se pronuncian con j es porque la x se halla justo en el centro del término, con excepción, claro, de eximio o exacto o máximo,  entre otras, que no se leen ejimio ni ejacto ni májimo sino su fricalidad (éste es un neologismo improvisado debido al uso de la consonancia estrecha, misma que produce un roce en los órganos fonatorios dando como resultado esta expresión torácica, por decir lo menos) las hace —su fricalismo— emparientarse con la ks: eksimio, eksacto y máksimo. Siempre, por circunstancias fonomenológicas reinantes, no faltan las excepciones en las reglas, por supuesto.

      Por supuesto, la Real Academia se olvida de que también la x, en México, puede pronunciarse como sh (algunos dicen, incluso, que esta combinación es nula, y en todo caso lo apropiado sería pronunciarlo con tres letras: sch) en casos como Xola, que se pronuncia Shola (¿o Schola?), no Jola ni Sola ni Ksola ni Gsola. Por lo mismo, la Academia determina, para finiquitar prontamente el complicado asunto, que la x puede pronunciarse de modo “arcaizante” si su origen procede de los aztecas o los mayas.

    Y punto arreglado.

      Veamos las reglas “evidentemente claras” de las letras b y v: las palabras acabadas en bilidad, señalan los académicos, se escriben con b, como amabilidad, habilidad, posibilidad, a excepción de movilidad, civilidad y otros compuestos.

      Entonces, ¿en qué quedamos?

      Los adjetivos llanos terminados en ayo, ava, evo, eva, eve, ivo, iva como esclavo, octava, longevo, nueva, aleve, decisiva o activo se escriben con v, a excepción de suabo y mancebo.

      ¿Entonces?

      También se escriben con v las esdrújulas terminadas en ívoro e ívora, como carnívoro, herbívoro, frívolo e insectívoro, a excepción, claro está, de víbora.

      Y así, con excepciones aquí y acullá, hasta nunca acabar.

      Visto desde la fría técnica, pues, la ortografía para la Real Academia no es sino un trámite burocrático, que lo mismo cancela con cierta facilidad letras como la ch y la II para convertirlas, sencillamente, en simples dígrafos, como si la doble I (la antigua y maravillosa II) no tuviese un sonido propio (¿de dónde provienen, si no, las hermosas palabras lluvia, llovizna, llanura, llama o llanto?) o la ch —de retumbante y bella y oscura sonoridad, como si chubasco o chillido o chamán o chovinismo no tuviesen una vida propia. Pero, después de todo, con estas supresiones del alfabeto castellano, permitidas con ancha flexibilidad (flecsibilidad) por los académicos de cubículo, hemos ahorrado a los anglosajones la instalación de dos teclas más en su repertorio internacional de la electrónica.

      Y, bueno, hay que reconocer que en esta disposición ortográfica existen, efectivamente, novedades lingüísticas, tales como la pronunciación de guion o de gruñon: sin acentos ambos términos, pues la Real Academia Española decidió suprimir las tildes en la letra o, por lo que guion, y por lo tanto uno quiere pensar que también gruñon, ya no deben leerse de ese modo, es decir no acentuadas, sino guión (con acento en la o aunque la tilde no sea visible) ya que, según las reglas ortográficas, las palabras deben pronunciarse de manera correcta aunque no estén bien escritas (¿o se tratará de una dolorosa e imperdonable errata?). En las páginas 82, 83, 85, 88, 90 y 91 del aquel libro de Espasa, la palabra guion se repite, así sin acento, diecisiete veces, con lo cual se expone, y se impone, el uso del vocablo.

      ¡Ay de aquellos niños que, de ahora en adelante, acentúen la o en guion!

      La Real Academia Española, desde el año 2010 permite que la palabra “solo” (tanto en su uso adjetivo como adverbial, este último equivalente a “solamente”) no debe llevar acento gráfico, en ningún caso, al ser una palabra llana terminada en vocal, palabras ciertamente que no deben acentuarse,  mas fue tanta la rebatinga por esta situación que la RAE reculó en marzo de 2023 aduciendo que el acento en “solo” es optativa cuando “existe riesgo de ambigüedad a juicio del que escribe”. Empero, la “norma general de 2010 de no tildar la palabra se mantiene como regla principal” (no tildar, ¡qué maravilla!).

      Por eso, a nadie sorprende ya que en España se diga, en serio, a Spider Man tal como está escrito, no como en inglés debe pronunciarse: no Spaíder Man, sino así: Spider Man, no ai, sino solo —sin acento— la i latina, no en vano, aun sin saber de estas modificaciones en la solemne Academia de la Lengia, el humorista cubano preguntaba si el Juez de la Tremenda Corte se refería a la G griega o a la G latina).

      Y para que no quepa ninguna duda en respaldar este esoecífico idioma españolizado, la RAE ha aprobado que las ciudades norteamericanas como Missouri o Mississippi se escriban, faltaba más, Misuri y Misisipi (o Misisipí).

      El único idioma importante para la RAE es el español (el de España, claro), ninguno otro.

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Last modified: 11 mayo, 2026
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