Autoría de 11:31 pm #Destacada, Los Especiales de La Lupa

Soy mexicano: soy la euforia, soy el caos. Crónica de una victoria amarga

CRÓNICA: CARLOS P. JORDÁ / LALUPA.MX

Llevaba algún tiempo, años quizás, sin ver un partido de futbol completo. ¿Qué les digo? Soy mexicano; habitante de un país cuya liga no tiene ascenso; víctima de falsas ilusiones desde el 92 (aunque el primer mundial que vi con conciencia plena fue el del 2002); usuario recurrente de la frase “ganamos como nunca y perdimos como siempre”. Es una lástima, de verdad me gusta el fut, es el único deporte que he practicado de forma “seria”. Digamos que me encanta el futbol, pero que detesto el negocio del futbol. Y a la FIFA, por extensión y con más ganas.

Martes, 30 de junio de 2026. Querétaro. Sea como sea, este día pasará a la historia.

Llevé a mi madre al aeropuerto a las 4 de la mañana, no pude dormir más. El desayuno: un licuado de kefir con banana, proteína vegana, avena, nuez y dos tazas de café. Tres pitadas a la chora de ayer.

09:00 Carretera. Nulos sobresaltos en el camino.

Martes, 30 de junio de 2026. CDMX, Hipódromo Condesa. Almuerzo: un traguito de mezcal, avena en frío, un huevito estrellado, una tortilla, una chela.

15:00 Francia vs Suecia

El hipnotizante balompié. Somos tres sujetos, Iker, Roy y yo, esclavizados por la pantalla. Las charlas de analistas y DTs de sofá no se hacen esperar. Más cerveza, más mezcal. Esta pausa de hidratación que sólo sirve para recordarme que tengo celular. Iker saca unas botanitas. Alto anfitrión.

Hablamos del partido que más nos atañe; hay dudas, hay miedo. “Yo digo que nos va a ir bien, hasta que ya no”, dice Roy. Gol de Mbappe. ¡Cómo juega este cabrón! Y un shot de mezcal.

Medio tiempo… maldita sea, ya había dejado el tabaco.

Con una llamada telefónica, Euse y Chabe anuncian su llegada, yo les grito desde el balcón. Tenemos un pequeño problemita: cae el segundo gol de Francia y nos hemos enterado minuto y medio antes. Esto no puede pasar durante el partido de México.

Francia juega a otra cosa, no comprendo cómo es que muchos de mis amigos no lo han puesto campeón en sus quinielas. Me arrepiento de no haber participado en una, es innegable que le da otro sazón al mundial. El famoso FOMO.

3 a 0. Otro de Mbappe. Este cabrón no falla en uno contra uno.

Segunda pausa de hidratación y yo tengo que atender mensajes de trabajo. Es martes, joder. Ay, pero qué lindo es recibir comprobantes de transferencias, eso que ni qué. Roy cierra su computadora. Le pregunto si ya ha terminado de chambear; dice que más o menos con la mano, pero su cara dice que menos que más.

El partido está definido, Iker y Euse necesitan que anote un gol Suecia para su quiniela. Se antoja complicado. Chabe ya se pasó. Comenzamos a hacer reacomodos en la sala porque al parecer vendrán muchas personas. Eusebio apaga el sonido de la tele para escuchar la ciudad y el house del estéreo de Iker.

Termina el partido e Iker se dispone a prender el carbón. Entre los posibles planteamientos técnicos y las charlas de otras índoles, nadie se acomide. Entre los nervios y el comienzo de la bebedera, nadie tiene hambre.  Ojalá ganemos, ojalá ganemos, ojalá ganemos.

Me quedo platicando un rato con Chabe. Dice que una prima suya (o una amiga, una tía o algo así) estaba ayer en el mismo hotel donde se hospedó la selección de Ecuador, y que asegura que no se escuchaba absolutamente nada de la molesta serenata de los aficionados que querían sabotear la concentración rival. ¿Qué importa? La banda mexa no necesita razones ni certezas; sólo tiempo para echar desmadre.

17:00. La transmisión televisiva muestra el recorrido del camión de la selección nacional escoltado por la guardia nacional. Entre los comentaristas deportivos y exfutbolistas hay muchos aduladores. Hacía años que no veía a Javier Alarcón. “Mira nada más la emoción de la gente”, dice, pero alguien debería avisarle a su rostro que la palabra clave en su enunciado es “emoción”.

Roy me extiende uno de los dos vasos que transporta. Es vermut con agua y hielo. Tan rico tan rico que no me dura ni 10 minutos. ¿Otro? ¡Otro!

17:30. Salgo al balcón, ya se escuchan claxons festivos y cornetazos esporádicos. Se ha nublado por completo. Adoro esta gris ciudad en la que crecí, y sus tejados. A la distancia un relámpago ilumina el cielo. Comienza a llover.

El asador de Iker es diminuto, pero con la intensidad creciente de la precipitación pluvial no alcanza a resguardarse en el balcón. Hay que improvisar… ¿y cuántos mexicanos se necesitan para atender una parrilla?

La lluvia apacigua la ciudad; la calma es preocupante. Me ha entrado el bicho: ¿y si no? Otro vermut.

Eddy ha llegado al mismo tiempo que Eusebio y yo salíamos a la tienda. Nosotros no le tememos al agua (y por hoy tampoco la tomamos). Compramos vodka tamarindo y cigarros; hielos no hay. A nuestro regreso ya hay más gente en el departamento; mujeres, todas desconocidas para mí. Iker me pide ayuda en el asador que ha reacomodado en el cuarto de lavado. Casi me deja de encargado, por fortuna me he zafado de milagro. “¡Cierra la puerta que se mete el humo!”, me grita Iker al notar que he abandonado la misión. Perdí mi vermut, pero ya encontré otro que alguien más abandonó.

18:15. En la tele se anuncia que el partido será aplazado a causa de la tormenta eléctrica. Las normas oficiales de la puta FIFA dictan que debe pasar media hora después del último rayo para arrancar o reanudar el futbol. Por lo mismo del aguacero, y el caos vial que este trae consigo, el estadio está casi vacío. ¿Esta jugada de Tlaloc favorece o perjudica al tricolor? A mí me inquieta.

¡Maldita sea! Terminé en la parrilla de nuevo. Llega más gente desconocida. El departamento está de fiesta. La lluvia mengua, la lluvia vuelve. Gente se acerca a la parrilla y yo escapo de nuevo. Roy se sirve un vermut y me sirve uno a mí. Y se acabó esa botella. La parrilla comienza a recibir los chorizos que corté a la mitad, pero yo ya no tengo hambre. Iker ha optado por cambiar la sede de la reunión a un espacio más amplio y habilitar un proyector. Ya calientan los jugadores.

Me he sentado a ver la transmisión y apartar un buen lugar. El depa está repleto y huele a chorizo, espero no sea por mi culpa. Observo los rostros de los deportistas mexicanos, creo que conozco a dos o tres, pero los compadezco a todos: 11 cabrones sosteniendo la ilusión de más de 130 millones de personas.

Volví a la parrilla. Abandoné la parrilla. Creo que yo huelo a chorizo. Me siento inquieto. Alguien más abrió una nueva botella de vermut, pero la mayoría de mis amigos ya están en cubas de bacacho. No puedo dar ese salto si es que pretendo llegar a medio tiempo. La inquietud incrementa. Los choripanes están listos. No tengo hambre, pero me obligo a comer la mitad de uno. Luego un cigarro, y yo que ya había dejado el tabaco.

19:50. Llegó Jimmy justo a tiempo. Las luces del estadio son un espectáculo. Suena el himno nacional y Chabe es la única que se levanta para entonarlo. Hace unas semanas, cuando fue el partido contra Corea, me comentaba que era su canción favorita, incluso intentó interpretarla, pero en su borrachera parecía más que estaba cantando en japonés.

20:00. Arranca el partido. Los primeros cinco minutos son intensidad pura. ¡Eso carajo! Somos más de 130 millones que queremos verlos matarse en la cancha. Los notaba nerviosos, pero ahora los veo hambrientos.

Algo pasa en la señal que la imagen se congela. La euforia colectiva se potencializa. “Ecuador va a probar el chile nacional”, me canta Roy al oído, “anota eso”. Le hago caso. La señal regresa y tengo que hacer uso de mi peor caligrafía para no perderme una sola acción del encuentro.

“¿Qué escribís?”, pregunta una de las chicas desconocidas; sí, tenemos una argentina infiltrada. ¿Espía o aliada? Se llama Delfina, es agradable, sin embargo una amiga argenta hubiera colaborado con los choripanes, ¿no?

La intensidad no cesa, pero Ecuador ya ha contraatacado en un par de ocasiones. Iker dice que ahora sí urge la pausa de hidratación. No sé si lo menciona por su vaso vacío o por un reacomodo del equipo. Peeeeeroooo…

Minuto 21: ¡GOOOOOOOOOL! Todos saltan, todos gritan (Delfina no). Si no fuera por el respeto que tenemos los asistentes hacia la sede estoy seguro de que hubieran volado líquidos por doquier. Iker baja el volumen del partido para poner música estruendosa por un brevísimo instante en lo que continúa el festejo. De mano en mano pasamos una botella de vodka tamarindo. Bebemos todos (hasta Delfina).

Pausa de hidratación que no es desaprovechada por nadie. Iker pone música de nuevo: “vamos a la playa oh-oh-oh-oh-oh”. Vuelve el análisis de sofá. No alcanzo a distinguir un solo comentario en concreto. He perdido mi vermut de nuevo.

Minuto 30: ¡no ha habido ni tiempo de digerir el último shot de vodka tamarindo cuando cae el segundo gol! El departamento está patas arriba. Los perros ladran (¿qué carajo? Hay dos perros en el departamento, uno de ellos tira una cerveza sobre la alfombra). Soy la euforia colectiva. Soy el perro que ladra y el que lame la alfombra. Soy un aficionado en el estadio; soy un jugador de la selección; soy el dt; soy el Ángel de la Independencia.

Falta muchísimo partido pero siento un alivio dentro que ya no necesita mezcal, ni vermut, ni vodka. “No estoy feliz: estoy sacado de onda”, dice Roy con los ojos hinchados. Ni tengo pruebas, pero tampoco dudas: hasta los asistentes al estadio, con todo y los miles de pesos que pagaron para ver 90 minutos de partido en vivo, firmarían este resultado y se marcharían felices a su casa, o a Reforma, o a cualquier lugar a festejar el triunfo.

Medio tiempo. El recinto es una discoteca; gente grita por el balcón y dentro de la casa. Shot de esto, shot de aquello. Medio tiempo y esta crónica corre el riesgo de jamás ser leída por nadie. Gente con camiseta verde fuma en las calles. Faltan 45 minutos, no me la hagan. Por favor: ¡no me la hagan!

Da inicio la segunda mitad. acá en el depa no nos calmamos, allá en la cancha tampoco. ¡Eso carajo! Nada de echarse para atrás, nada de bajar el ritmo. Oficialmente este será el primer partido que veré completo en años…

Mentira, fui por una cerveza, disque con el afán de no tardar en servir un trago más elaborado, y me quedé hablando como 15 minutos con Jimmy y Cami (otra argentina). Vaya que se nota la relajación, el futbol pasó a segundo plano: hablamos de signos zodiacales, hombres de coco rapado y otras cosas que ya ni me acuerdo. Regreso a la sala para ver el final del partido. Ya pitalo profe. Ya pitalo profe. ¡YA PITALO PROFE!

El árbitro acciona el silbatazo final e inmediatamente Eusebio se adueña de la música. Suena Here we kum de Molotov a todo volumen. Iker y Chimi jugan a saltarse el uno al otro y a deslizarse por debajo de las piernas, del uno y del otro. El resto de las niñas que no conozco comentan lo intenso del juego. Las argentinas cuchichean entre ellas, ¿aliadas o espías? El proyector se apaga, el degenere se enciende. Esto apenas va a la mitad.

23:00. Tras una hora de bailes, cantos, gritos y más shots, comienza a correr el rumor: “vámonos al Ángel”. Me alisto poniéndome botas, una sudadera impermeable y una gabardina que recién encontré en el clóset de mi difunto padre. Ya no llueve, y de hecho la mayoría de mis amigos están confiados en que no lloverá más, sin embargo, yo de lo que me protejo es de las precipitaciones en presentación de espuma, cervezas voladoras y aguas de riñón. Los mexicanos tenemos extrañas, a veces perversas, formas de festejar.

Me siento un tanto desconcertado. Llevo una cerveza en la mano y otra dentro de uno de los bolsillo de la gabardina, además Roy carga más de tres botellas dentro de su mochila. Nunca había bebido con tan poco pudor en la vía pública dentro de mi país. Igual, durante los primeros minutos de caminata, las calles de la ciudad me remiten más a alguno de los escenarios apocalípticos que alguna vez imaginé, que a un festejo.

Debe ser el caos: el hecho de que no haya uniformidad en absolutamente nada. Diría Luis Miguel: “gentes vienes, gentes van”; algunos autos emiten con el claxon la clásica tonada de la victoria en México, otros explotan en desesperación por querer alejarse de la zona lo antes posible; trompetas con el son ya mencionado, trompetas intentando alargar una nota lo máximo posible (como un llamado de guerra); gente con la verde, gente con la blanca, gente con la negra, gente con impermeable de plástico, gente con la gabardina de su padre; cánticos con el “México, México”, cánticos del Cielito Lindo.   

Iker intentando contagiar la porra que inventó:

Ecuadoooooooooor

agarra el trapeadoooor

que te toca limpiaaaar

el cagadero tricoloooooor.

Y luego:

Harry Kaaaaane

No estás tan mameeeeeeeey

Nos unimos Roy y yo. Algunos transeúntes ríen… creo que con nosotros. Seguimos a Eddy. No es poca la gente que avanza en sentido contrario al nuestro. Mientras más nos acercamos a Reforma, más aglomeraciones de gente se perciben. Pasamos por una gasolinera con una fila enorme para entrar al baño (de mujeres). Cada vez hay más islas de personas que no avanzan, cada vez hay más puestos de comida y a cada paso tenemos que serpentear más para abrirnos camino. Empieza a notarse una inofensiva presencia policiaca.

Ya en las inmediaciones del Ángel, comenzamos a nadar entre la marea de humanidad. Las cuadrillas avanzan en fila, la nuestra también. Yo vengo detrás de Chabe que viene detrás de Eusebio (es gigante), que viene detrás de Iker; detrás mío viene Roy, luego Chimi, luego una de las chicas que no conozco y hasta el final Eddy. Las banderas comienzan a amenazar el bienestar ocular.

Cada tanto se escucha el coro: “quiere volar, quiere volar”. Yo solamente alcanzo a ver un par de piernas pataleando en el aire. Atravesamos las jardineras de Reforma, es un lodazal. “Yiiiiiisuuuus, Yiiiiisuuuuus”, escucho a mi espaldas. Volteo para atestiguar como Roy está siendo víctima de un ataque de espuma. La mitad de su cabeza está repleta. No puedo despistar mi andar tanto tiempo, así que regreso la mirada al frente. “Yiiiisuuuuus, Yiiiisuuuuus”, cantan de nuevo. Roy se está limpiando la cara y se le nota EN-CA-BRO-NADO. Le susurra algo a Chimi y, de pronto, ya está Roy vaciándole una lata de espuma completa a las personas que caminan a su lado.

—Roy es un sujeto de piel blanca, ojos verdes, cabello largo rubio y una barba muy abultada, parece más de Escandinavia que de Medio Oriente, pero bueno, hoy día todos buscan a su mesías—

Tercera (o cuarta o quinta) máxima mexicana: el que se lleva se aguanta. “ Ya me iban a meter unos vergazos”, me cuenta Roy, “porque me llenaron de espuma, como si fuera un pendejo, pero ¿qué crees papito? ¡Yo también traigo espuma! ¡Hueeevooos! Los empiezo a bañar de espuma y no mames, nunca me habían visto con ese odio. Sí me dio miedo por un momento”. Le confieso que a mí también. “Sólo espero si haberle echado a los que me estaban echando a mí”, remata.

Alguien interpreta ¿Por qué me haces llorar? de Juanga, alguien con buen sonido. Y claro:hemos llegado al Ángel de la Independencia.

Miércoles, primero de julio de 2026. CDMX.

Son demasiados estímulos, no logro poner atención visual en los artistas del escenario. Sólo canto: “quiero seeeeer, el amooooor, de tu aaaalmaaa ahhh”. Jimmy reparte shots de tequila a quien pregunte la hora. Iker baila arriba de un desconocido fortachón de torso desnudo. Roy me tira la cerveza con la que salí de casa para darme una fresquecita. Aún tengo la de la gabardina. Ah chingao, el piso es un cagadero… en sentido figurado (¿?).

Afortunadamente nadie se está peleando, pero hay que andar alerta. Pa no molestar ni ser molestado. Karin —así se llama la única muchacha, aparte de Chabe, que nos acompañó al desmadre—, me pide que le tome una foto con los mamados encuerados de a lado. No lo logro. ¿Qué les digo? No le sé al Iphone. Alguien más lo hace. “Dales un shot”, me exhorta Jimmy poniendo la botella en mis manos. Así lo hago; después a ella, después a él, a esta, a la otra, a aquel. Me dan un shot a mí. Upsi, uno se movió y le cayó en un ojo.

Tan pronto tengo la oportunidad, me desentiendo de la tarea de repartidor de tragos. Que role el pomo. Nos hemos estacionado, pero no hay manera de no estar en el paso. Casi todo el mundo se mueve en todas las direcciones posibles. Caminan, bailan, se tambalean, se caen. Eusebio y Chabe están perdidos en acción. Algo me dice que no los volveremos a ver hasta otro día.

Atrás de mí hay una parada de metrobus adoptada a platea preferencial; esos seis vatos tienen que esquivar una lata cada tanto. Yo soy un tipo con suerte, no he recibido un proyectil “festivo” desde aquella bomba de orines del 2013, durante mi primer concierto de Molotov en la Feria de Querétaro. De cualquier manera,  hay que andarse alertas.

Escucho una voz conocida desde el escenario, es Danger AK, un rapero al cual Roy y yo estimamos mucho. Nos volteamos a ver y  comentamos al unísono: “es el Danger”. Atrás está Zticma, un freestyler legendario. Los versos improvisados que se tiran prenden a la banda. Digo: prenden más a la banda. De cualquier manera no diría que entre todo el trajín las caras son absolutas de felicidad. También hay cansancio, hartazgo, instinto de supervivencia, y completa desconexión. Hay buenas amistades que arrastran a sus bultos de pellejo y hueso, y de momento no veo a nadie en el abandono del suelo.

Hora desconocida: Danger comienza a despedirse se la audiencia. Pide que nos cuidemos los unos a los otros (el verdadero Yisus), y hace la pregunta primordial: “¿Y si sí?”. La gente intenta enloquecer, pero se siente que ya fueron muchas horas de eso. Como sea, el slogan parece el combustible ideal para que cojamos fuerzas y emprendamos la torpe y apretada retirada. Parece que ahora sí somos la mayoría quienes vamos en una misma dirección: fuera de ahí.

Me pierdo del escuadrón… ya lo tenía presupuestado. Mas no será así del todo: veo a Eddy a la distancia, y, por su forma de torcer el cuello hacia todos lados, se nota que está igual de perdido que yo. “¿Vamos al Essex?”, sugiere, refiriéndose al club nocturno a donde habían ido Cami y Delfina. Pues vamos…

No me dejaron pasar, cosa que, también, ya tenía presupuestada. Jimmy dice que es mi propia energía la que hace que no me dejen entrar hasta tipo de sitios, aún llegando con personas que, ya sabe, “la mueven ahí”. Al cabo que ni quería, me dije. Y le dije a Eddy. Tipazo: se niega a entrar sin mí aunque le jure con el corazón en la mano que me da igual caminar solo a casa de Iker. La verdad es que ese tipo de aventuras siempre me ponen muy de buen humor.

Sigo a Eddy. Lo sigo. Platicamos. Lo sigo. Se tropieza con una banqueta erupcionada. Se levanta solo y rapidísimo. Platicamos más. Caminamos. Intenta tomar un taxi. Lo mandan al diablo. Tengo ganas de seguir cotorreando. Sigo A Eddy. Comienzo a cansarme. Comienzo a dudar que Eddy tenga certeza de que vayamos por buen camino. Saca su mapa en el celular. Saco mi mapa en el celular. Hemos llegado después de una hora. El camino de ida no se sintió tan lento.

Zapatos fuera. En el departamento de Iker estamos quienes fuimos al Ángel. Excepto Chabe y Euse, como estaba previsto. Todavía corren los brebajes y los humos, pero la luz y el volumen de la música han disminuido radicalmente. Todavía nos sobran las risas. Llega Delfina; llega Cami (creo que no son espías, pero ya no carburo bien). Se van y seguro que al tri no le van, obvio —siempre he admirado el patriotismo argentino, no tanto el fanatismo, en ningún lugar—. Me como la mitad del choripan que escondí.

Las risas se van despejando a la par que la gente se va despidiendo. Somos Roy y yo de nuevo; saltando entre la dirección técnica y el doctorado en sociología de sofá. Ya nos cantan los pajaritos y comienza a clarear. Tratamos de despejar el tiradero haciendo el menor ruido posible.

06:30 a dormir….

11:00. Me despierta Roy. Las malas noticias: no podemos quedarnos una noche más dado que la madre del anfitrión viene de visita. Las buenas noticias: hay quesadillas y RD Congo le va ganando a Inglaterra al medio tiempo.

12:00. Inglaterra dio la vuelta y me entero de que cuatro personas fallecieron durante los festejos de la noche anterior. Esta fecha pasará a la historia.

Miércoles, primero de julio de 2026. Hoy se cumplen cuatro años de la muerte de mi padre. Esta gris ciudad me pone nostálgico. Una voz en mi cabeza repite la frase: “somos pésimos ganadores”.

Ya antes, cuando fueron los festejos del partido contra Corea y contra Chequia, había externado el peligro que sería si, por un error de la mátrix, si en un colapso de las infinitas posibilidades, la selección mexicana de futbol fuera campeona del mundo. Lo decía medio en broma —más por lo imposible que me parecía, y me sigue pareciendo, que la selección gane el mundial— , y medio en verdad por todo lo que había visto en redes sociales. Golpes, robos, destrozos, tiraderos. Ahora, después de haberlo vivido en carne propia, simplemente me repito que somos pésimos ganadores.

No nos quiero desprestigiar como sociedad. Me resulta curioso que nunca he visto actos de mayor unión que cuando hemos sido azotados por desgracias como el terremoto del 2017. Ahí sí escuché cantar el cielito lindo al unísono en las calles. Ahí sí me percaté de una organización civil. Ahí el caos fue un acto de la naturaleza y la gente mexicana fue quien impuso el orden.

¿Será que somos pésimos ganadores y excelentes perdedores? ¿Qué podríamos hacer ese millón y cacho de personas que nos juntamos en Reforma a gozar del desmadre si nos organizáramos?

… ¿Qué carajo?    

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Last modified: 5 julio, 2026
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